Capítulo 9 #4
—Ah, me han dicho que es usted un buen navegante, y no me extraña, con un mentor tan capaz y distinguido. ¿Lo instruyó también el capitán Flinders en cartografía?
Justin inclinó la cabeza y el comandante del Hindostan exhaló con un silbido silencioso.
Hizo una serie de preguntas sobre el último viaje del Investigator, sus oficiales y marinos, así como los científicos que habían servido en él.
Luego, con un repentino cambio de tono, dijo: —¿Se ha planteado alguna vez hacer carrera en la Marina Real?
—Lo he considerado, señor. Cuando estaba por irse de Sídney, el Capitán Flinders me ofreció llevarme con él. Pero yo… Bueno, señor, mis padres me necesitaban, así que yo…
—¿Así que no aceptó la oferta? —dijo Pasco—. Resultó ser una sabia decisión, ¿no? El pobre Flinders fue hecho prisionero por los franceses en Port Louis, en Île de France, cuando volvía a casa, creo. Pero eso ya lo sabe usted, me imagino.
—He oído hablar de ello, señor.
Con los recuerdos, a Justin se le hizo un nudo en la garganta.
Matthew Flinders se había embarcado en la pequeña balandra Cumberland, construida en la isla de Norfolk, después de que él y la mayor parte de la compañía del Investigator naufragaran en la Gran Barrera de Coral, hacía seis…
, no, siete años. Durante mucho tiempo no supo nada de él.
Entonces llegó la noticia de que el gobernador de Île de France, el general Decaen, lo había apresado.
Y también había incautado del Cumberland, cuando el barco hizo escala en Port Louis para aprovisionarse.
Flinders se suponía protegido por un salvoconducto que le había proporcionado un explorador francés, el capitán Baudin.
Desde entonces, no había noticias de que hubiera sido canjeado o liberado.
En respuesta a la tímida pregunta de Justin, el capitán Pasco se lo confirmó: —No, que yo sepa.
Se hicieron gestiones, pero me temo que el pobre diablo sigue pudriéndose en esa isla olvidada de Dios, cosa que también pudo haberle ocurrido a usted si se hubiera ido con él, ¿eh, señor Broome?
—Pasco lo miraba escrutador y Justin enrojeció—.
¿Por cierto, qué le ofreció el capitán Flinders?
—Un puesto de guardiamarina a bordo de su próximo mando, además de su patrocinio, señor. Él confiaba en que le darían el puesto al llegar a casa.
—Y así habría sido, sin duda, pobre. Un buen hombre y un navegante sin igual…
a quien esta colonia le debe mucho. Es una maldita lástima.
Pero volvamos al motivo de mi visita. Admito que se debe a que quería conocerlo y juzgarlo en persona.
—Los ojos azules del capitán Pasco parecían clavados en los suyos.
Justin le devolvía la mirada con asombro.
— ¿Qué me diría si yo le ofreciera un puesto en el Hindostan y mi patrocinio, con la promesa de que lo recomendaré a sus señorías para que le ofrezcan una comisión cuando haya aprobado su examen de navegación y marinería?
—He aprobado el examen, señor —logró expresar Justin, en tanto que contenía su asombro—. Me presenté ante una junta de capitanes en la ciudad de Hobart, señor.
Dio más detalles, en respuesta a la insistencia de Pasco, y volvió a ver cómo el hombre fruncía las cejas.
—¡Demonios! ¿A la edad de…?
—Catorce, señor. Tengo un certificado con la firma del capitán del Calcuta de Su Majestad. Había pensado entrar en la rama de maestranza, como mi padre, señor.
—¿Su padre estuvo en la marina? ¿Era capitán?
Justin asintió con orgullo.
—Fue el capitán de Flinders en el Investigator después de la pérdida del señor Thistle, ahogado en el golfo de Spencer.
Y se le dio el mando del Cumberland cuando estaba recién armado.
Después, el del Phillip, que se construyó aquí, señor, clasificado como balandra colonial de cuarenta toneladas.
Mi padre sirvió en la marina, señor, bajo el mando del capitán Fellow en la fragata Nymphe y…
—¿Cuando la fragata se enfrentó a los franceses frente a Start Point, en el noventa y tres? —preguntó el capitán Pasco, con reavivado interés.
—Sí, señor, pero… era un convicto cuando llegó aquí, igual que mi madre —lo obligó a confesar su probidad.
—Pero tu madre está casada con el capitán Hawley, ¿no es así? Me parece que eso es lo que Su Excelencia me ha dicho.
—Sí, señor. —El tono de Justin seguía siendo cauteloso—. Mi padre perdió la vida en las inundaciones del Hawkesbury, hace cuatro años.
—Ya veo. —Hubo un breve silencio y luego Pasco se puso en pie—.
He venido a hacerle la oferta a instancias del gobernador, señor Broome, pero ahora estoy listo y dispuesto a hacerla por mi cuenta.
Piénselo bien. Consulte a su madre y al capitán Hawley antes de tomar la decisión.
Es evidente que sus perspectivas aquí son buenas, y puede que no quiera hacer carrera en la marina de Su Majestad; pero si la hiciera, estaré más que encantado de tenerlo bajo mi mando en el Hindostan cuando zarpemos hacia Inglaterra.
Es probable que eso ocurra dentro de unas semanas.
—Sonrió y le tendió la mano.— A principios de mayo, se lo anticipo, cuando el comodoro Bligh esté satisfecho de haber acumulado todas las pruebas que necesita para presentar cargos contra los oficiales que lo depusieron.
Justin le dio las gracias. Todavía un poco confundido, lo acompañó hasta la pasarela.
Sabía que le acababan de ofrecer una oportunidad espléndida.
Desde la marcha del capitán Flinders, ni siquiera había soñado que algo así se repetiría.
La perspectiva de ingresar en la Marina Real era deslumbrante para un «chico de la moneda» como él. Exhaló con fuerza.
Si regresaba a Sídney con el mismo rango y estatus de que había disfrutado David Fortescue, Abigail O’Shea ya no podría mirarlo con recelo.
Tendría que consultar a su madre, por supuesto, como acababa de aconsejarle el capitán Pasco, pero, una vez que hubiera entregado a Simeon Lord el Dolphin y sus manifiestos de carga, nada le impediría hacer una visita, una visita largamente esperada, a la granja Long Wrekin.
De hecho, sería bueno volver a ver a su madre y hablar con ella. Con un poco de suerte, podría alcanzar al Fanny de Jed Burdock antes de que zarpara hacia el Hawkesbury.
Silbando alegre, Justin se dirigió a la escotilla de popa y se detuvo un momento para admirar el Hindostan.
Ahora lo veía con nuevos ojos. Era gallardo, pensó, con ese inconfundible mascarón de proa y la pintura negra y amarilla que se conocía como el «ajedrezado de Nelson».
Un magnífico navío del rey de cincuenta cañones; y lo mandaba un oficial que había servido en Trafalgar a las órdenes del más grande de los almirantes ingleses.
Dentro de unas semanas, con la ayudad de Dios, él mismo formaría parte de la compañía de ese barco.
Sin dejar de silbar, bajó a comprobar los manifiestos de carga del Dolphin.