Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Se dirigió a la cubierta, complacido de ver que, en su ausencia, la tripulación no había estado ociosa.

Sabía que los marineros de David Fortescue debían regresar al Porpoise, pero, hasta que su capitán no los llamara, él no tenía ganas de verlos partir.

Eran buenos hombres, y, gracias a sus esfuerzos, la cubierta de la goleta estaba tan impecable como la de cualquier barco del rey, con las escotas bien enrolladas y las percudidas velas secándose con la ligera brisa de la costa.

Cookie miró a su alrededor y asintió con aprobación.

—Dicen que el señor Lord le ha permitido quedarse esta goleta. He venido a firmar en caso de que usted me acepte, señor Broome.

—Me quedaría contigo —le aseguró Justin— si aún fuera el capitán del Dolphin, pero ya no lo soy.

—¿Quiere decir que el rumor es falso, que no se la han ofrecido? —Cookie parecía cabizbajo.

—Me la ofreció y me negué —contestó Justin en breves palabras.

Bajó entonces la voz e, inclinado sobre la barandilla, hizo a Cookie un breve relato de los sucesos que condujeron a Tobias Cockrell a querer robarle el mando—.

Me preguntaba por qué el señor Lord lo mantenía como oficial.

Cockrell era un forajido y Simeon Lord lo sabía demasiado bien.

Pero le era útil cuando había que hacer algún trabajo sucio, y a bordo del Dolphin tenían estibado un cargamento ilícito de ron antes de que yo tomara el mando.

—Se encogió de hombros.— Que esto quede entre tú y yo, Cookie, ¿has entendido?

—Sé cómo mantener la boca cerrada, señor Broome —afirmó Cookie.

—Bien, puesto que las cosas son así, te diré por qué dije que no a la oferta del señor Lord.

Estoy bastante seguro de que pretende usar el Dolphin para traficar ron.

Y… —Justin sonrió.— Este último cargamento nunca llegó a su destino.

Lo descubrí cuando Cockrell ya estaba muerto y he traído el lote completo de vuelta aquí.

Lord se enfadará mucho cuando descubra que eso aún está a bordo.

No pude descargarlo en Hobart porque no tenía ni idea de a quién estaba destinado.

El único que lo sabía era Cockrell. Nunca me lo dijo a mí.

—Así las cosas, el señor Lord no podrá culparte, ¿verdad? — argumentó Cookie.

—No. Pero no estará contento, de todos modos.

—Todavía puedes tomar el mando. Es, de verdad, un barco bueno.

—Sé que lo es —aceptó Justin—, y daría mucho por conservar el mando, Cookie, créeme.

—¿Y qué es un poco de tráfico de ron? —Cookie lo miró, perplejo.— Todos lo hacen, incluso el señor Campbell y su cuñado, el comisario. ¿Cómo se llama? Palmer, o eso he oído decir a menudo.

—No puedes creer todo lo que oyes —replicó Justin—. ¡Y yo no me lo creo! No, Cookie, nunca he comerciado con ron y no tengo intención de empezar ahora, ni siquiera para conservar el Dolphin.

—¿Qué vas a hacer, entonces? —preguntó Cookie, un poco malhumorado—. ¿Y qué hay de mí? Ya no tenemos el Flinders, ¿verdad?

—No —concedió Justin—, pero he llegado a un acuerdo con el señor Lord. Voy a construir otro pequeño buque mercante en su astillero. Será un poco más grande que el Flinders, con más espacio de carga.

Entró en detalles. Cookie Barnes escuchaba escéptico.

—Eso le llevará meses, señor Broome, y no podré ayudarlo. Soy un marinero, no un carpintero.

—El señor Lord podría contratarte para este barco, si lo deseas —sugirió Justin—. Va a necesitar una tripulación, y, si no tienes inconveniente en comerciar con ron, no tendrías nada mejor que hacer.

—Tengo que ganarme la vida, señor Broome —se defendió el hombrecillo.

—Sí, claro que sí —Justin le pasó un brazo por los hombros delgados y encorvados y sonrió, olvidada su momentánea animosidad.

Reflexionó en que Cookie había sido leal y lo había servido bien.

No tenía derecho a hacerlo esperar ni a pedirle que trabajara como peón de astillero hasta que el sucesor del Flinders estuviera construido.

La tarea, como Cookie había señalado, llevaría meses —Mañana hablaré de ti con el señor Lord.

—Muchas gracias, señor Broome —reconoció Cookie—. Volveré —añadió— y le pediré mi antiguo puesto cuando tenga su nuevo cúter construido y listo para zarpar… dentro de seis meses.

—Tal vez menos, si puedo conseguir un par de hombres hábiles para que me ayuden.

—Ah… sí, ¡si los hubiera! Los hombres cualificados son difíciles de encontrar en esta ciudad.

Bueno —Cookie se tocó su vieja y maltrecha gorra de marinero—, me voy, entonces.

¿Quiere que lleve la lancha de vuelta al astillero?

Saldré en una de las lanchas auxiliares, pero pasará un rato antes de que esté lista para recogerme, pues está abasteciendo de agua el Porpoise.

—Al recibir un gesto de asentimiento, sonrió.

— No necesita que haga recados en tierra, ¿verdad? Tengo tiempo libre.

—No, yo… —Justin dudó. Pensaba que sería mejor dejar que Cookie entregara las pertenencias de David Fortescue, en lugar de ir él mismo a casa de los Spence.

Abigail se sentiría obligada a recibirlo y, de pronto, se sintió reacio a entrometerse en su dolor.

— Sí, ahora que lo pienso, hay uno. Tengo un paquete bastante grande para la señora O’Shea.

Ella se aloja en casa del señor Jasper Spence, en la calle Mulgrave, ¿conoces la casa?

—Sí, la conozco. Es una gran casa de dos pisos en la esquina, ¿no? ¿Con un jardín que es como una pintura? Ahí vive el dueño del mercante Kelso, ¿verdad?, ¿el señor Spence?

—Así es —confirmó Justin—. Iré a por el paquete para que me hagas el favor de entregarlo.

Cuando Justin regresó, Cookie estaba junto a la pasarela.

—¿Espera visitas del Hindostan de Su Majestad, señor Broome?

, porque parece que la lancha de su capitán viene hacia aquí…

¡mire! —El hombrecillo señaló emocionado el bote que se acercaba, tripulado por seis marineros con camisetas a rayas e inmaculados pantalones de lona blanca.

Dos oficiales uniformados venían sentados en la popa.

— ¡Dios! —exclamó, y se hizo sombra con la mano para ver bien—.

Parece que el capitán viene en persona, ¿verdad?

El capitán Pasco, que fuera oficial de señales en la victoria de Lord Nelson en Trafalgar, o eso dicen.

Fue el que hizo aquella señal de «Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber» o algo así.

Maldita sea, señor Broome, ¿qué ha hecho usted para que el capitán Pasco venga a verlo?

—No lo sé —confesó Justin—. Ha de ir camino al Porpoise, Cookie. O…

—No, no —afirmó Cookie—, viene aquí, a su Dolphin. Será mejor que me marche. Cuídese, señor Broome.

Agarró el pesado paquete con firmeza, descendió al bote y se alejó unos minutos antes de que la lancha del Hindostan se arrimara a un costado.

Los marineros de David Fortescue, que habían visto y reconocido al comandante de la fragata, con admirable presencia de ánimo fueron a la baranda a formarse para recibirlo.

El joven contramaestre, según Justin pudo constatar, llegaba con el silbato de plata en los labios.

Ya en la cubierta del Dolphin, el capitán Pasco sonrió complacido con el estridente gorjeo del silbato. Se llevó los dedos al ala de su sombrero ladeado y dijo: —Dirige su barco al estilo de la marina, señor Broome. Es admirable.

—Son hombres de la marina, señor —confesó Justin—, y me los han prestado solo para el pasaje desde Hobart.

Explicó las circunstancias y Pasco asintió con la cabeza.

—Informaré al capitán Porteous para que envíe un barco a por ellos. Pero ahora, señor Broome, estoy ansioso por hablar con usted. ¿Podemos ir abajo?

—Desde luego, señor.

Justin, que aún no entendía el motivo de la visita, condujo al comandante del Hindostan a su camarote.

Se sintió aliviado cuando Pasco rechazó su oferta de hospitalidad.

El comandante era un hombre alto y delgado, de unos treinta y seis o treinta y siete años, rostro de huesos finos y un par de despiertos ojos azules.

Observó el camarote y sus muebles desgastados.

Dio la impresión de que no había dejado nada sin examinar.

—Está bastante cómodo, ¿no? —observó—. ¿Puedo sentarme?

—Por supuesto, señor.

Justin le ofreció uno de los sillones del capitán Mason y permaneció de pie hasta que su invitado le dijo con brusquedad: —Déjese de ceremonias, señor Broome, y siéntese.

Me gustaría hacerle unas preguntas. —Levantó una mano cuando Justin quiso empezar a hablar.

— No, no he venido por un relato de su último viaje.

El alférez Finch ha estado a bordo de mi barco casi todo el día y me ha dado la información que necesitaba sobre el incidente y, por supuesto, sobre la muerte del pobre joven David Fortescue.

Por lo que Finch me ha contado, parece que usted se ha comportado de forma bastante satisfactoria.

Ha demostrado valor e ingenio, buenas cualidades en un joven oficial de mar. Y usted es joven, ¿no?

—Tengo dieciocho años, señor —contestó Justin.

—¿Y el Dolphin es el primer barco bajo su mando? ¿Aparte, quiero decir, del cúter que tan lamentablemente perdió frente a los Heads el día de nuestra llegada?

—Sí, señor.

—Qué pérdida tan desafortunada —exclamó el capitán Pasco—.

Sin embargo, eso ha llamado la atención de Su Excelencia el gobernador de una forma muy favorable.

Y él está dispuesto a ayudar en todo lo que pueda para que usted avance en su carrera.

En su carrera como oficial marítimo, quiero decir.

Supongo que a usted le gustaría hacer una carrera en la mar.

—Ah, sí, señor —certificó Justin sin vacilar.

Esperaba sentado en el filo de la silla, nervioso, sin entender a qué venían estas preguntas del capitán Pasco y qué era lo que el hombre pretendía con ellas.

Pero contestaba con suficiente soltura cuando él lo interrogaba acerca de su experiencia en la mar.

Vio al hombre alzar una ceja mientras le explicaba su viaje en el Investigator, bajo el mando de Matthew Flinders.