Capítulo 9 #2
—¿Y ha traído con usted al prometido de mi hermana?
A decir verdad, era a él a quien esperaba ver cuando Mary Ryan nos ha informado de que había alguien en el estudio.
Esta descuidada muchacha había olvidado el nombre que debía anunciar; solo le ha dicho a Abby que era un caballero, un marino, y que pedía verla.
Y, como el pobre teniente Fortescue se quedó varado en Hobart después de que el Porpoise zarpara sin él, las dos creíamos que podría haber tomado pasaje con usted.
—N… no —balbuceó Justin—. No, señorita Lucy. Es decir, él…
Rojo de vergüenza, logró reprimir lo que estaba a punto de explicar.
Era a Abigail a quien debía decírselo, no a su hermana, pues esta era capaz de repetir sus palabras de un modo ofensivo.
Sus ojos se entrecerraron mientras estudiaba el rostro respingón e impertinente de Lucy Tempest. Incluso podría repetirlas con la deliberada intención de herir. Se contuvo y sacudió la cabeza.
—Tengo que ver a la señorita Abigail… A la señora O’Shea, quiero decir. Las noticias son para ella.
Lucy no se apocó.
—Ah, ¿entonces ha traído noticias del novio errante de Abby, señor Broome?
—Ah… Sí, tengo noticias, pero…
—¿Pero aún no ha vuelto a Sídney?
Justin se vio obligado a reconocer que eso era cierto.
Lucy juntó las manos con simulada consternación: —¡Oh, la querida, la pobre Abby se disgustará!
Ha ido a cambiarse, a alistarse para recibirlo, convencida de que por fin está aquí.
Será mejor que se lo diga, ¿no es así?, que usted es quien la ha venido a visitar y que no tiene por qué hacerse ilusiones.
Era tan evidente la malicia de la chica, que Justin se le acercó indignado.
Pero ella no le dio ninguna oportunidad de soltar su ira, pues se alejó de inmediato, a saltitos, y cerró la puerta a medias.
Justin la oyó llamar a su hermana y captó algunas palabras: «No es más que Justin Broome, Abby, pero trae noticias».
Entonces, incluso antes de que pudiera recuperar la compostura, Abigail entró en la habitación.
Parecía abatida, pero su saludo fue agradable, como siempre, y sin el atisbo de condescendencia que él recordaba de su último encuentro.
Abigail preguntó expectante: —Lucy me ha dicho que tiene noticias del teniente Fortescue, ¿es cierto?
Recibí una carta suya hace unas semanas y…
esperaba que hubiera vuelto con usted, Justin. ¿Sigue detenido en Hobart?
A Justin se le fueron de la cabeza todas las palabras que había ensayado con tanto esmero.
Fue lo bastante cauto, al principio, con el preámbulo que había planeado, pero ella lo vislumbró todo a través de las frases vacías y lo interrumpió con vehemencia: —Ay, Justin, ¿está enfermo?
¿Es eso lo que intenta decirme? ¿Por eso no ha vuelto?
—Sus ojos buscaron el rostro del joven, y entonces leyó la verdad.
Habló en un susurro entrecortado—: Ay, no puede estar muerto, estoy segura.
Él le contó todo con la mayor delicadeza posible, y ella lo escuchó.
Lo escuchó en silencio, con el rostro pálido y las manos delante, apretadas.
Las lágrimas corrían sin freno por sus mejillas.
No hizo preguntas hasta que él llegó al final de su relato.
Luego, tras un largo silencio en el que estuvo luchando por controlar sus emociones, según pudo intuir Justin, Abigail preguntó en voz baja: —¿Permaneció con David al… final?
—Sí, mientras estuvo consciente, yo estuve con él.
—¿Y le habló de mí?
—No habló de nadie más, señorita Abigail.
—Al recordar el legado que David Fortescue había confiado en él, Justin añadió—: Le ha dejado todas sus posesiones.
La mayoría siguen a bordo del Porpoise, pero yo tengo su espada, su Biblia y una carta que me dictó y en la que dice lo que él quería que usted conservara.
Yo… Es decir, si usted me da su consentimiento, podría ir mañana al Porpoise a por su cofre marino y entregárselo todo aquí.
Abigail, abstraída, le dio las gracias.
—¿Qué hay de su funeral, Justin?, ¿de su tumba?
—Fue enterrado en el cementerio militar de Hobart —le dijo él—. Hemos hecho los arreglos para que la tumba quede marcada con una lápida.
Sin embargo, para el teniente David Fortescue no hubo la elaborada pompa militar con que fue bordado el entierro del difunto gobernador, recordó él con amargura, ni banderas a media asta ni luto en la ciudad de Hobart.
Edward Lord, el comandante de los marines y, durante años, amigo y adjunto del coronel Collins, había organizado una ceremonia de verdad impresionante por el fallecimiento de su antiguo jefe.
Solo que, una vez terminada, había mostrado escasa preocupación por honrar al teniente abandonado del Porpoise, a quien, al parecer, seguía considerando como uno de los oficiales del comodoro Bligh y, por tanto, un enemigo.
David Fortescue se había ido a la tumba acompañado solo por la tripulación de su lancha, por el alférez Finch y sus cinco infantes de marina.
Para sorpresa de todos, se incorporó también el hijo del difunto coronel Collins, quien, durante un breve período, había servido como guardiamarina en el Porpoise.
Justin contuvo un suspiro. Decidió que lo mejor sería no decirle nada de eso a Abigail.
Ellos sí que habían rendido al prometido de la chica los honores militares correspondientes.
Los infantes de marina portaron el ataúd cubierto con la bandera del Reino Unido mientras la tripulación de la lancha lo esperaba de pie, con la cabeza inclinada en señal de dolor. Luego el ataúd descendió hasta su última morada y se dispararon salvas sobre la tumba.
Abigail inclinó la cabeza. Parecía satisfecha por el relato de la ceremonia.
—¿Y ese hombre que le disparó?, ¿que lo asesinó? —preguntó.
—Murió cuando asaltamos el Dolphin.
—¿Y los otros?, ¿su tripulación? ¿Qué va a ocurrir con ellos?
—Los he traído de vuelta —dijo Justin con el tono más rotundo—.
No hay autoridad para juzgar por cargos capitales en Hobart, señorita Abigail.
Serán juzgados aquí, con los testigos necesarios, es decir, los marineros de David y los infantes de marina que nos acompañaron.
Ellos servirán para sustanciar los cargos.
No hay duda de que los hombres serán condenados.
Antes de apoderarse del barco, asesinaron a mi contramaestre, que era un buen hombre.
—Tiene suerte de haber escapado con vida —dijo Abigail. Su voz era llana, carente de sentimiento, pero hizo a Justin enrojecer y sentirse acusado.
«Ve con ella —lo había instado David Fortescue—.
Ve con mi dulce Abigail, y, si ella quisiera tenerte en mi lugar, será con mi beneplácito…
» Pero ella no lo aceptaría aunque fuera el último hombre vivo sobre la tierra, se dijo a sí mismo.
Todo había ocurrido en su barco; había sido su tripulación la que había cometido el asesinato; el Dolphin había sido recuperado a costa de la vida de David Fortescue.
Para Abigail O’Shea, el precio había sido demasiado alto.
Se inclinó para recoger su gorra, que, sin ninguna explicación lógica, se le había escapado de las manos. Dijo con triste voz: —Señorita Abigail, me parte el corazón ser portador de unas noticias tan trágicas. Sé cómo debe sentirse, y yo…
—¿Lo sabe? —desafió ella, con un deje en la voz—. ¿Cómo puede saber lo que siento?
Justin dejó pasar la provocación. El suyo había sido un comentario irreflexivo y se maldijo en silencio por haberlo expresado.
—Créame, se lo ruego, que habría muerto de buena gana de haber podido evitarle a usted la pérdida de David, de haber podido preservar su vida. Era un caballero, señorita Abigail, bueno y muy valiente. Y… Perdóneme. Tal vez debería irme. Querrá estar sola.
Abigail inclinó la cabeza en un silencio forzado y él se dirigió hacia la puerta con pasos difíciles, consciente de que, una vez más, se había comportado con torpeza. No había sabido transmitirle sus profundos sentimientos por David Fortescue ni la pena que aún lo atormentaba.
Lucy Tempest lo esperaba en el vestíbulo. Él la habría evitado de haber sido posible, pero ella le tendió una mano para detenerlo.
—Lo he oído todo —le confió en un tenso susurro—. He oído todo lo que le ha contado a la pobre Abby, y lo siento mucho. Espero que no haya malinterpretado mis bromas, pero no tenía ni idea de que David Fortescue había muerto.
—No la he malinterpretado —respondió Justin con rigidez.
—Ah, supongo que sí; la mayoría de la gente lo hace, y se imaginan que estoy celosa de Abby. No lo estoy, es solo que ella juega a ser la hermana mayor e intenta que todo el tiempo me comporte de acuerdo con sus ideas un tanto restrictivas. A decir verdad, Justin, le tengo mucho cariño.
Justin se soltó de su agarre. Con intencionada brusquedad, le dijo: —Si tanto la quiere, me atrevo a sugerirle que haga un esfuerzo por consolarla. Está muy afligida por la noticia que he tenido que traerle. Y usted bien sabe lo que ha ocurrido, ya que nos ha estado escuchando.
—Iré a buscar a la señora Spence —dijo Lucy—. Abby no me hará caso, me temo.
Pero tenía la delicadeza de parecer abatida. Justin la dejó con una cortante inclinación de cabeza y salió a la calle.
Cuando regresó al Dolphin en un chinchorro prestado del astillero de Simeon Lord, Cookie Barnes lo estaba esperando.
Vivaz como siempre, a pesar de su palidez hospitalaria, el hombrecillo estaba al pie de la escalerilla.
Justin desembarcó y Cookie, con destreza, cogió la boza del chinchorro.
Luego le tendió la mano en señal de amistosa recepción.
—Ha vuelto a aparecer su viejo servidor, señor Broome —lo saludó—. Oí que había vuelto.
—Me alegro de verte, amigo Cookie —respondió Justin, con auténtica calidez.