Capítulo 9
Justin salió de la oficina de Simeon Lord, frente a la mar, con las alabanzas del propietario del Dolphin resonando aún en sus oídos.
Los elogios de Simeon Lord no se ganaban a la ligera; tampoco sus ofertas de empleo. Y, con todo, había dudado, para, al final, rechazar la oferta e inclinarse por el acuerdo original.
El acaudalado comerciante lo había mirado sorprendido antes de preguntarle, con un deje de fastidio en la voz: —¿Quieres volver a hacer fletes en el Hawkesbury cuando yo estoy dispuesto a darte el mando permanente del Dolphin ?
Piénsalo, muchacho, y no decidas ahora. Si usas mi astillero para construir tu propio barco, no podrá ser más grande que el Flinders. Eso lo teníamos acordado, ¿o no?
Y, por supuesto, así había sido, recordó Justin, aunque en su mente había planes más ambiciosos. La oferta de Lord se limitaba a sustituir el cúter perdido. No podía insistir más.
—¿Por qué? —había insistido Lord—. ¿Has perdido el coraje porque te he puesto un equipo difícil de manejar?
Justin permaneció en silencio, guardándose sus pensamientos.
Los hombres habían sido aún peores que eso, con la excepción del finado Dutch Holland, pobre, y, tal vez, también del cocinero, que se había asustado de su propia sombra.
Sin embargo, Justin sabía que no podía admitir que esa gente, y Tobias Cockrell, lo habían superado.
Después de todo, había traído de vuelta el Dolphin con el cargamento de pieles de foca y aceite de ballena de Simeon Lord intacto.
Y Cockrell estaba muerto. Los infantes de marina del alférez Finch se habían llevado al resto a la cárcel de Sídney, a la espera de hacerlos pasar por los juzgados de la colonia.
Y también había traído noticias de otras dos muertes, pero Lord no podía quejarse por ello. Y tampoco tenía derecho a recibir ninguna explicación. Eludida la pregunta, Justin le había respondido con una afirmación que, al menos, tenía el mérito de ser cierta.
—Quiero ser mi propio amo, señor Lord. Me conformaré con construir un nuevo cúter en su astillero.
Se había despedido con eso y con el deber de buscar a Abigail O’Shea tan pronto como le fuera posible para comunicarle la triste noticia de la muerte de David Fortescue. Le era indiferente que, al hacerlo, estuviera provocando la desaprobación del acaudalado señor Lord.
Mientras avanzaba por la calle atestada de gente, entre almacenes y puestos de mercado, iba ensayando las palabras que le diría a Abigail. Quería suavizar el golpe…, si es que había alguna forma de amortiguarlo.
Habían llevado a su prometido sano y salvo a la ciudad de Hobart.
Eso sí que lo habían logrado, al menos, reflexionó Justin con tristeza.
David Fortescue estaba consciente y no le daba importancia a su herida.
Parecía correr poco peligro. Había vuelto a expresar su deseo de que le dieran un pasaje de vuelta a Sídney en el Dolphin e incluso se había burlado de la cuestión.
A Justin le había rogado que pospusiera la partida hasta que él estuviera fuera del alcance de los médicos.
—Sean cuales sean las excusas que tengas que poner, espérame. No te entretendré demasiado. Una vez que me hayan sacado esta maldita bala, estaré en forma como un gazapo y podré aguantar mi turno al timón. Así que dame tu palabra, como un buen compañero, ¿quieres? Jura que no zarparás sin mí.
Y le había dado su palabra, por supuesto, recordó Justin.
Llevaron al herido a tierra en el esquife a los pocos minutos de haber fondeado.
Pero, en ese momento, los habitantes de Hobart estaban conmocionados, aturdidos por el repentino e inesperado fallecimiento del coronel Collins, el teniente gobernador.
Había muerto en su sillón; al parecer, de un fallo cardíaco.
Según los había informado con amargura un celador del hospital, los dos médicos de guardia estaban en la Casa de Gobierno.
—Y no volverán; no hasta que el teniente Lord lo ordene —había añadido el hombre—. Se están preparando para darle a Su Señoría el mejor funeral que Hobart haya visto. Los médicos tienen que acostarlo para que pueda yacer así, si me lo permiten.
Justin seguía en sus amargas reflexiones.
Había necesitado dos horas y todo su poder de persuasión para conseguir que el más joven de los dos médicos abandonara el cadáver del difunto vicegobernador, junto con los grandiosos planes para el funeral, el tiempo suficiente para darle al pobre David Fortescue el tratamiento que necesitaba.
El joven médico había acudido, por fin; había sondeado en busca de la bala y se había mostrado confiado en que su paciente viviría…
Incluso se había encogido de hombros ante la sugerencia de que el retraso en la extracción de la bala podría complicar la recuperación.
Dos días después, David había muerto. Justin sentía que los ojos se le llenaban de unas lágrimas poco viriles al recordar su última visita al prometido de Abigail O’Shea.
Consciente de que se moría, con las mejillas enrojecidas por la fiebre que lo estaba consumiendo, el joven habló con tristeza de su amor.
—Tenía tantos sueños, Justin, planes tan espléndidos…
Una vez que estuviera casado con Abigail, dejaría la marina y me convertiría en colono.
Íbamos a establecernos en la concesión de Tempest, con la plena aprobación de Rick Tempest, y cultivaríamos las tierras en beneficio de todos: del de Rick y de la pequeña Lucy, así como del de Abby y el mío.
Y yo habría sido un padre para ese pobre niño sordomudo.
Se lo había prometido, porque ella lo quiere mucho. Pero ahora…
David Fortescue se había enfrentado a la muerte con valentía, fortificado por la fe y sus oraciones. No había renegado a su destino. A sabiendas de lo que lo esperaba, ni por un instante se había acobardado.
—Ve con ella, Justin —le había suplicado, mientras sus fuerzas y su voz se debilitaban poco a poco—.
Ve con mi dulce Abigail y dile que su nombre estuvo en mis labios hasta el final.
Y… si ella quisiera tenerte en mi lugar, será con mi beneplácito, porque sé que tu preocupación por ella es casi tan honda como la mía.
No le había preguntado a su amigo cómo lo había sabido, recordó Justin.
Tal vez él le había revelado sus sentimientos sin quererlo, o quizás a los moribundos les era dado ver todas las cosas con una claridad que los vivos no poseían.
Pero… De nuevo se había comprometido y, con la ayuda de Dios, debía esforzarse por cumplir su palabra.
Contuvo un suspiro y siguió adelante, ajeno a los ruidos que lo rodeaban e indiferente a quienes pasaban a su lado.
Su atención solo se desvió para observar al Hindostan, el barco del rey, y la guardia de honor que se alineaba en su borda.
De la lancha que zarpaba del barco, reconoció en la bancada de popa al comodoro Bligh y, al mando, a Rick Tempest.
Diez minutos después llegó a la casa del señor Jasper Spence.
Decidió esperar en la puerta otros diez minutos, con la esperanza de que Rick acabara de desembarcar y viniera a visitar a sus hermanas.
Pero no había ni rastro de él. Al percatarse de que no podía aplazar más la visita ni caer en la tentación de no hacerla, se armó de valor.
Marchó decidido hacia la ornamentada puerta principal y tocó la campanilla. La llamada resonó por toda la casa.
Le abrió una criada. Cuando él le pidió que lo recibiera la señora O’Shea, lo hicieron pasar a una pequeña habitación llena de libros y lo invitaron a sentirse como en casa.
—La señora O’Shea y la señora Dawson han salido en el carruaje y no tardarán en volver —le explicó la muchacha, que lo miraba con curiosidad—. ¿A quién debo anunciar?
Justin le dijo su nombre y, con la gorra sujeta entre sus dos nerviosas manos, se sentó en una silla dorada que parecía demasiado frágil para soportar su peso. Más incómodo que nunca, empezó de nuevo a ensayar lo que debía decir a Abigail O’Shea.
«Lamento mucho ser portador de malas noticias, señorita Abigail…
» No, señora O’Shea, y debía conducirla con más cuidado a las noticias que le traía, para no conmocionarla de más.
Y, por supuesto, cualquier cosa que David Fortescue hubiera adivinado sobre lo que Justin sentía por la hermosa muchacha que ahora poseía Yarramundie, en este momento no podía decir nada de lo que sentía.
Sería prematuro y falto de tacto en extremo.
Además, cuando lo intentó, esa última vez que estuvo allí, ella lo rechazó y…
La puerta se abrió y Justin se puso en pie de un salto. En su precipitación, dejó caer la gorra. Tenía las manos húmedas de sudor.
—Señorita Abigail, he… —Sin embargo, al volverse, descubrió que no era Abigail O’Shea, sino una muchacha esbelta y morena de unos diecisiete o dieciocho años. Ella lo miraba con la misma curiosidad que la criada, además de que lucía una sonrisa divertida y un tanto burlona.
Justin la miró un momento sin reconocerla, pero luego, asombrado por el cambio que había experimentado, se dio cuenta de que era Lucy Tempest, la hermana de Abigail: una niña, una colegiala, convertida casi de la noche a la mañana en mujer, y una muy consciente de sus propios encantos.
Al darse cuenta de que la había reconocido, la sonrisa de Lucy se volvió más alegre.
—Vaya, buenas tardes, Justin, ¿o debería dirigirme a usted como capitán Broome? Usted es ahora el capitán del Dolphin, el barco del señor Lord, ¿no es así?
—Eso era, señorita Lucy —reconoció Justin.
—¿Y lo ha traído de vuelta, después de que se lo robaran?
Ah, no se haga el sorprendido, pues por toda la ciudad ha corrido la voz sobre su hazaña.
¡Es el héroe del momento! —La risa de la chica era contagiosa, a pesar de la mofa que se ocultaba en ella.
La moza le tendió las manos para felicitarlo.
— Dígame, ha venido de la Tierra de Van Diemen, ¿verdad? , ¿de Hobart?
—Sí, de ahí vengo, pero…
Ella lo interrumpió.