Capítulo 8 #6
—No hay otra razón. Esa es la única, le doy mi palabra, señorita.
Yo esperaba que, si podía verla y contarle esto en persona, usted me entendería, pues no soy de los que incumplen sus obligaciones.
Yo… En cuanto al asunto del alférez MacAlpine, no presto oídos.
Es un joven de espíritu alegre y, cuando bebe demasiado, no se sabe lo que es capaz de hacer.
Ella se dijo a sí misma que no podía esperar nada más, y, aunque el gaitero le seguía pareciendo un poco flojo de convicción, quería creerle. Si Fergus conocía en algo a su padrastro, debía saber lo severo que era y lo estricta que había sido su educación.
Se hizo eco de la sonrisa insegura del joven, y, como no ganaba nada prolongando el breve encuentro, se excusó.
—Yo también tengo mis obligaciones, señor Mackinnon. Mi señora me espera para atenderla, así que, si me disculpa, iré a verla.
—Oh, sí —Fergus Mackinnon se apartó y ella huyó.
Al llegar a los escalones de la veranda, iba alisándose el delantal.
La señora Macquarie seguía allí sentada, con una bandeja de comida casi intacta.
Su blanca y lisa frente lucía un ceño pensativo.
La comida, Jessica notó, era la misma que se había servido a los convictos, salvo por el pan, que estaba cortado en rebanadas más finas.
Después de la reverencia de rigor, le dijo: —Señora, ¿desea que me lleve esto y le traiga algo que le guste más?
La esposa del gobernador negó con la cabeza.
—No, no te molestes, Jessica, no tengo hambre. —Señaló la carpa.— ¿Crees que los invitados de Su Excelencia lo están pasando bien?
—Oh, sí, señora, desde luego, estoy segura. —Las moscas revoloteaban hambrientas alrededor de la bandeja y Jessica cogió una servilleta para cubrirla. La preocupaba la falta de apetito de su ama—. Podría prepararle un té, señora, si le apetece. El señor Dawkins está en la cocina y…
—No, niña, gracias. No quiero nada, de verdad.
Ha de ser el calor. Es… tan despiadado. Y…
—La señora Macquarie se interrumpió, y, con una repentina agitación, chasqueó la lengua.
— ¡Ah, querida, creo que tenemos visitas!
Mira, hay un carruaje en la puerta y dos damas en él.
Es difícil acertar a un momento más inoportuno.
Ah… Jessica, ve rápido, por favor, a ver quiénes son.
Si es la señora Putland, la recibiré con mucho gusto, pero, si es cualquier otra persona, dile que no estoy en casa, ¿has entendido?
—Sí, señora —le aseguró Jessica.
Se apresuró a hacer el recado y, al llegar a la puerta, reconoció a la ocupante más joven del carruaje como la señora O’Shea, una joven simpática y encantadora que acudía con no poca frecuencia a la Casa de Gobierno.
Su compañera era mayor y menos familiar, una mujer morena y más guapa de lo común.
Cuando hablaba, se acentuaban su boca fina y petulante y su aire de superioridad.
Sin hacer caso a la reverencia de Jessica y su cortés saludo, hizo un gesto despectivo con la mano en dirección al jardín que tenía a un lado. En ese momento iban saliendo varios de los convictos. Preguntó con sequedad: —¿Quiénes son esos hombres?
—Son… obreros, señora. Han estado trabajando en las reparaciones de la casa. Ellos… —Jessica vaciló, insegura de cuánto más sería prudente decirle.— Han terminado los trabajos y…
La señora morena la interrumpió.
—¿Quiere decir que son convictos? ¿Acaso Su Excelencia el gobernador recibe en su jardín a delincuentes convictos?
—Sonaba sorprendida e incrédula, y sus delgadas y oscuras cejas se levantaban en señal de asombro.
— ¡Santo cielo, Abigail! —Se volvió hacia la chica sentada a su lado.
— ¿Adónde vamos con esto? Mi padre ya me había dicho que los Macquarie invitaban con frecuencia a emancipados a cenar con ellos, pero esto…
¡Esto es increíble! Puedo jurar que en el Hawkesbury somos más conscientes de las distinciones sociales de lo que parece serlo nuestro nuevo gobernador.
¡Y tú has estado tratando de convencerme de lo buen caballero que es!
Su tono era desdeñoso y ni siquiera intentaba bajar la voz. La encantadora Abigail O’Shea, de ojos azules, se encontró con la mirada avergonzada de Jessica y dijo suplicante: —¡Oh, calla, Henrietta, te lo ruego! ¿Quieres que te oiga Su Excelencia?
—Me importa un bledo —replicó la dama a la que la joven se había dirigido como Henrietta—.
Y, desde luego, no voy a visitar a la señora Macquarie mientras la Casa de Gobierno esté llena de convictos.
—A Jessica le dijo con frialdad—: Ten la amabilidad de informar a tu ama de que la señora Dawson y la señora O’Shea han venido por error, pues no sabíamos que Sus Excelencias tenían invitados.
Abigail, dile a Jonas que siga conduciendo.
La señora O’Shea se inclinó hacia delante de mala gana para dar la orden al cochero. A Jessica le dedicó una sonrisa de disculpa mientras el carruaje empezaba a alejarse de la puerta.
Jessica vaciló. En ese momento deseaba que la llamara la señora Ovens, o incluso el gobernador, pero ninguno de los dos lo hizo, así que regresó con pasos lentos a la veranda.
—Y esa, creo, era la esposa de Timothy Dawson, de la granja Upwey, en el Hawkesbury, ¿no?
—dijo la señora Macquarie antes de que Jessica abriera la boca—.
¿Y la que estaba con ella era la pequeña Abigail O’Shea?
Oh, no te inquietes, niña, ni te esfuerces en reconstruir el mensaje de modo que no me ofenda.
¡Puedo adivinar con qué desprecio crítico ha sido formulado!
—Soltó un suspiro de fatiga.— No lo entienden.
Ninguno de ellos entiende lo que Su Excelencia intenta hacer aquí.
En su ignorancia, imaginan que socavará los cimientos de su existencia privilegiada al tratar a los convictos como seres humanos.
Y nuestros jóvenes oficiales están empezando a pensar lo mismo, por desgracia…
Pero, eso sí, no dudan en invitar a sir Henry Browne Hayes a cenar en su comedor, mientras que se niegan a sentarse a mi mesa con hombres como el doctor Redfern y el señor Lord.
¿Ser baronet borra el estigma de emancipado?
Había sido un arrebato imprevisto y, para Jessica, fuera de lugar, pues su ama rara vez expresaba tales opiniones en su presencia. Así que, juiciosa, no replicó. La señora Macquarie, recuperada por un momento de su ataque de ira, le dedicó una sonrisa cansada.
—Ahora tomaré el té, Jessica, si no te importa…, y trae dos tazas. Estoy segura de que Su Excelencia me acompañará antes de partir a Parramatta.
—Muy bien, señora.
Jessica recogió la bandeja del almuerzo cubierta de tela y, cuando ya se dirigía a la casa, la señora Macquarie la llamó.
—Mira —señaló con la mano—. Tus ojos son más jóvenes que los míos. Ese barco, el que acaba de entrar en la cala… ¿no es el Dolphin, la goleta del señor Lord?
Jessica dejó la bandeja. Obediente, se cubrió el sol con una mano y siguió la dirección que señalaba el dedo de su ama.
—Sí, señora —confirmó—, creo que sí. Y puedo ver casacas rojas en la cubierta. Parecen infantes de marina.
—Por el capitán de un ballenero, el señor Lord tuvo noticias de que la tripulación había robado el Dolphin —dijo pensativa la señora Macquarie—.
Me sentía preocupada, porque el que estaba al mando del Dolphin era aquel joven tan valiente, el que salvó la vida de uno de nuestros marineros cuando cayó del mastelero del Dromedary.
¿Cómo se llamaba, Jessica, lo recuerdas? ¿No era Brown?
—Broome, señora —dijo Jessica—, Justin Broome.
Tuvo una rápida visión del joven y alto marinero de cabello rubio y rebelde que había luchado con tanta valentía para rescatar, de la mar embravecida de South Head, al gaviero del Dromedary.
Había perdido su propia embarcación, recordó.
Ella y la esposa de Ellis Bent habían contemplado, atónitas, cómo la frágil embarcación se hacía pedazos contra las rocas. Y entonces…
—Espero que el joven señor Broome esté a salvo y a bordo de su barco —prosiguió la señora Macquarie—, porque Su Excelencia ha hecho arreglos con el capitán Pasco para que, cuando zarpe a casa, sirva como guardiamarina en el Hindostan.
Considera que sería una recompensa adecuada por el heroísmo del joven.
Además, será una saludable lección para los escépticos, ¿no es así?
, si el hijo de padres emancipados se ganara un nombramiento e hiciera carrera en la Marina Real.
Así sería, pensó Jessica mientras caminaba a la cocina con la bandeja. Sería un honor aún mayor que el de haber sido nombrado gaitero personal de Su Excelencia el gobernador. Sin ninguna razón que pudiera explicar, de pronto se sintió eufórica.