Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 8 #5
82%

Capítulo 8 #5

—Para eso están los convictos: para trabajar duro —replicó Dawkins con acritud—.

Si no lo hicieran, les harían sangrar la espalda, así que ¿qué sentido tiene premiarlos?

—Resopló con desprecio.— Acuérdese de lo que le digo, señorita Maclaine: ese viejo y fervoroso predicador, el reverendo Marsden, nos dará un sermón el próximo domingo ¡y hará que el anterior parezca una cháchara de niños o una reunión de la Cofradía de Damas Piadosas!

Y puede hacerlo. El señor Samuel Marsden puede, sin importar quién tenga delante.

Lo he oído predicar contra el todopoderoso señor John Macarthur, con este sentado en la primera fila, tan grande como la vida.

La moza escapó antes de que el cocinero pudiera decir nada más.

Había visto al reverendo Marsden hacía unos días, cuando vino a presentar sus respetos al gobernador, y, por ninguna razón que ella pudiera explicar, le había parecido repugnante.

El gobernador, en cambio, le había dispensado una cordial acogida; y, por su parte, la señora Macquarie había opinado que era un buen hombre, aunque, tal vez, un poco tosco de voz y modales.

Jessica pensó que lo bueno era que el capellán no estaba allí aquel día para condenar o alabar la magnanimidad de Su Excelencia hacia los convictos.

Se deslizó por la entrada trasera de la carpa y, sin aliento, dada la rapidez con que se había movido, entregó los preciados talladores a la señora Ovens.

En ese momento, los primeros de entre la multitud hambrienta ya estaban siendo alineados por los supervisores.

Según Jessica podía notar, estos hombres, discretos y, en su mayor parte, silenciosos, no se diferenciaban en nada de los ciudadanos libres de Sídney.

Casi todos llevaban sus propias ropas. Unos pocos, en cambio, los recién llegados a la colonia, vestían de un modo un tanto singular: viejos uniformes del ejército, sin insignias ni botones, convertidos en trajes de presidiario.

Se mantuvo ocupada, ayudando a servir, pero tuvo tiempo de observar que era gente educada y agradecida.

Cada hombre aceptaba su bandeja con una inclinación de cabeza o alguna palabra de agradecimiento.

Joseph Big, el cochero del gobernador, encargado de los barriles de cerveza local, sonreía potente mientras repartía vasos rebosantes del espumoso líquido.

En el claro asombro de los convidados se hacía evidente que no habían esperado tanta generosidad.

A la entrada de la carpa, Su Excelencia recibía a la fila que iba llegando.

Se inclinaba, cortés, en respuesta a las gorras quitadas y charlaba a quienes reconocía como aplicados en las reparaciones de su residencia oficial.

Desde el jardín, Jessica podía oír el animado ulular de la gaita de Fergus Mackinnon, pero solo podía ver al joven de vez en cuando, cuando pasaba por delante de la entrada de la carpa.

Incluso desde ahí, la vista del gaitero le quedaba un poco obstruida tras la encorvada figura del gobernador y las más altas y corpulentas de sus dos ayudantes uniformados.

Al cabo de una hora, cuando la mayoría de los invitados habían sido servidos, la señora Ovens la envió a atender a la esposa del gobernador, que se había quedado observando los actos desde la veranda de la Casa de Gobierno.

—Ahora podré arreglármelas bien con las chicas que tengo —le dijo el ama de llaves.

La mujer estaba al corriente del interés de Jessica por el gaitero, así que sonrió y lo señaló con un gesto.

Juntas, lo vieron tocar las últimas y conmovedoras notas de Las verdes colinas del Tirol y dejar caer de sus labios la boquilla.

El joven soldado tenía el rostro enrojecido y brillante por la transpiración, de tanto que se estaba esforzando bajo el ardiente sol.

Entonces, la señora Ovens añadió en un susurro confidencial: —No dudo de que Su Excelencia aprobaría que ahora, al salir tú, le llevaras al pobre joven un tarro de cerveza.

Jessica sintió que el incómodo color de la vergüenza inundaba sus mejillas; pero Fergus Mackinnon había preguntado por ella, según le había dicho el cocinero.

Estaba casi segura de que él no le tomaría a mal que le llevara un refresco, y tampoco la consideraría una atrevida.

Por su aspecto, al gaitero le hacía mucha falta.

Tras haber recibido el esperado gesto de aprobación del gobernador, le llevó el tarro y se lo ofreció con timidez.

—La señora Ovens me ha dicho que querrías saciar tu sed, gaitero Mackinnon —le dijo.

—¡Ah, claro que sí! —asintió él, pero su tono era rígido y la mirada que le dirigió a Jessica carecía de calidez.

El ánimo de la moza decayó mientras lo veía meterse la gaita bajo un brazo y llevarse el tarro a los labios.

Era un comportamiento muy propio de un soldado de desfile, pensó, pero tal vez, bajo la mirada del gobernador y sus oficiales, era un gesto necesario.

Y lo mismo había ocurrido la noche de la cena del gobernador.

Su padrastro siempre actuaba de esa guisa cuando había oficiales presentes: sus modales eran impecables.

En cambio, en su propia casa, con su madre y ella como público, era difícil darse cuenta de que se trataba del mismo hombre. Él…

—Gracias —dijo Fergus Mackinnon, y le devolvió el tarro vacío.

Pero no volvió a coger la gaita, por lo que Jessica sugirió insegura: —El señor Dawkins me ha dicho que usted había ido a la cocina a preguntar por mí.

—Sí —admitió—, así es. Quería hablar con usted.

—Aquí estoy —le hizo ver.

—¡No podemos hablar aquí! —objetó él.

—Ahora vuelvo a la casa a atender a mi señora. ¿No podría acompañarme?

Él vaciló, con el ceño fruncido. El gobernador había entrado en la carpa con sus dos ayudantes, y no parecía haber ninguna razón para no acceder a la sugerencia.

Sin embargo, Fergus seguía dudando, así que Jessica, con la paciencia perdida, le lanzó un amargo desafío: —Usted me ha pedido que lo acompañara, gaitero Mackinnon, ¿verdad?

¿Teme ahora que lo vean conmigo?, ¿que Su Excelencia nos tenga en la mira?

El color de Fergus Mackinnon se intensificó y se extendió.

—Usted no ha entendido —protestó—. Le ruego que me permita explicárselo.

—Lo escucho —le respondió Jessica en voz baja.

Él la cogió del brazo y la condujo con nerviosa prisa a la parte trasera de la carpa, donde, fuera de la vista, salvo de las dependencias del servicio y la cocina, hizo un alto súbito, todavía con la cara muy roja y un hermetismo inexplicable.

Jessica se soltó de su agarre y se volvió para mirarlo. El labio inferior le temblaba un poco.

—Ahora —insistió—. Nadie nos verá, como no sea el señor Dawkins. Así que, por favor, deme su explicación, gaitero Mackinnon. Y no tenga ningún reparo por mis sentimientos. ¿Ha oído decir de mí algo que no le ha gustado?

—Sí —admitió el joven soldado. Arrastraba los pies con torpeza y evitaba la mirada de la moza—, de usted y de uno de nuestros oficiales.

—¿Y se ha creído todo lo que le han dicho?

Negó con la cabeza, aunque con un gesto carente de convicción.

—Conozco al alférez MacAlpine. Está en mi compañía, y no es un oficial al que pueda admirar. Pero esa no es la razón por la que quería hablar con usted, señorita.

—¿Cuál es esa razón? —preguntó Jessica, otra vez impaciente.

Tenía que admitir que era un hombre de hermosa figura, alto y bien proporcionado.

Hacía resaltar a la perfección su espléndido uniforme y, sin embargo…

Ahogó un indicio de pesar y desilusión al verlo de pronto con ojos nuevos, tal vez como su padrastro había sido cuando joven: mojigato y puritano, encorsetado bajo la estricta educación religiosa que había recibido, propenso a calificar a los demás según sus propios criterios intolerantes y a juzgar a todos y encontrarlos deficientes.

Al parecer, por la expresión de su rostro, así era como Fergus Mackinnon la estaba juzgando a ella.

No era el matón brutal y violento que había llegado a ser Duncan Campbell; de hecho, era gentil y amable, pero…

¿no parecía Duncan Campbell lo bastante amable cuando su madre se casó con él?

¿Y no la había acusado de libertinaje, cuando era demasiado pequeña incluso para comprender el significado de la palabra?

¿Y no había hecho eso con pruebas tan endebles como las que tenía Fergus Mackinnon?

Jessica levantó la cabeza y repitió su pregunta con voz aguda.

—Bueno, ¿cuáles son sus motivos?

Él seguía evitando su mirada. Había fijado la suya en las pulidas punteras de sus botas.

—Su Excelencia el coronel Macquarie va a elegir un gaitero personal de entre nuestras filas —dijo al fin—.

Y hay la posibilidad, una buena posibilidad, de que el elegido sea yo.

Sería un gran honor, como usted bien sabe.

Pero… —Levantó la vista de una forma repentina y desconcertante para encontrarse con los ojos de Jessica.

— El comandante de gaiteros ha dicho que no podría recomendarme si yo…

Quiero decir, si yo me estuviera haciendo acompañar de un miembro de la casa de Su Excelencia.

Y de alguien de quien se decían cosas, pensó Jessica.

Pero su breve amargura se desvaneció. Se había criado en el ejército y era muy consciente de la dura disciplina que se imponía a los soldados rasos, así como del comportamiento que se esperaba de cualquier soldado nombrado para un puesto de privilegio en la casa de un oficial.

El gaitero personal del gobernador ocuparía un puesto privilegiado; pero, si alguien creyera que se estaba aprovechando de ello, su nombramiento sería, sin duda, efímero.

—Entiendo —dijo ella, con delicadeza—. Si ese es su motivo, no tiene ninguna obligación conmigo.

Fergus Mackinnon sonrió aliviado.