Capítulo 8 #4
El próximo domingo predicaría en la recién techada iglesia de Saint Philip, siempre y cuando el nuevo gobernador y su señora estuvieran entre los fieles.
Con los labios fruncidos, pensó en el texto que debía elegir.
San Mateo, tal vez: «¡Ay del mundo por los tropiezos!
, porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!
». O San Pablo a los romanos: «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción…
». No, eso era demasiado oscuro, un arcano.
Necesitaba algo más vertical, desde donde pudiera lanzar su directa advertencia en forma de disertación.
Pablo a los gálatas: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará». Ah, eso serviría a su propósito de una manera admirable, decidió el capellán mayor de la colonia. Empezó a cabalgar a paso lento, componiendo su sermón a medida que avanzaba.
*
Se había preparado un almuerzo bufé en los jardines de la Casa de Gobierno, con hileras de mesas de caballete protegidas del sol por un toldo de lona.
El banquete —pan cortado en rebanadas gruesas, queso, embutidos y jarras de cerveza— no se parecía mucho a los que se solían servir a los invitados del gobernador, pero él mismo había elegido el menú.
Jessica, mientras corría de mesa en mesa con los cubiertos y las fuentes, decidió que la elección podría complacer a los invitados de aquel día.
Ese almuerzo era una especie de recompensa por la forma en que se habían llevado a cabo las reparaciones de la Casa de Gobierno, incluyendo los establos, caminos y paseos circundantes.
Los jardineros, lancheros y ladrilleros también estaban incluidos en la invitación del gobernador.
En suma, se esperaban unos cincuenta y ocho o sesenta trabajadores que, como había asegurado la señora Ovens, y Jessica sabía bien, estarían hambrientos, sin exceptuar a ninguno.
Las raciones de los convictos eran exiguas, en tanto que las horas de trabajo eran largas y arduas.
Pocos, si es que entre ellos había alguno, habían visto tanta abundancia desde su desembarco en la ciudad de Sídney.
Depositó la última pila de gruesas fuentes de barro sobre la mesa que la señora Ovens se disponía a presidir. Abstraída, la regordeta ama de llaves le dio las gracias.
—No has visto mis talladores, ¿verdad? —preguntó—, los de mango de asta de ciervo. Los he buscado por todas partes, pero no sé dónde los he puesto.
—Todavía están en la cocina, señora Ovens —le dijo Jessica—. Iré a buscarlos.
Volvió a la gran casa bordeando el amplio porche, donde estaban sentados su señora y el gobernador. Se dirigió a la cocina, que estaba situada en la parte trasera, sin poder reprimir un escalofrío.
Era pleno día, por supuesto, y no tenía nada que temer, pues el sol brillaba desde un cielo azul sin nubes.
Hormigueaba una pequeña pero ajetreada multitud de sirvientes, tanto dentro como fuera de la casa.
Pero aquella noche en que el alférez MacAlpine se había levantado borracho de la mesa del gobernador para ir a acosarla seguía siendo un recuerdo vívido y angustioso.
En sus sueños, el soldado de rostro enrojecido y la lascivia expuesta en sus ojos oscuros eran una pesadilla recurrente.
Y ella no había hecho nada para provocarlo; de hecho, hasta el momento en que lo descubrió en la oscuridad del jardín, no recordaba haberlo visto nunca.
El hombre se había alistado en el regimiento unas cuantas semanas antes de zarpar de la isla de Wight.
Hizo la travesía en el Barco Hindostan de Su Majestad mientras ella misma la hacía a bordo del Dromedary.
Jessica había ido con el gobernador, su personal y sus sirvientes, de modo que él no podía haberla reconocido.
Sin embargo, él sabía su nombre; la había llamado por él para hacerle peticiones que, incluso en el presente, hacían sonrojar sus mejillas.
Si no hubiera sido por la providencial llegada del capitán Antill…
Jessica volvió a estremecerse. Temía dar hilo a aquel pensamiento y llevarlo hasta su conclusión lógica.
En lugar de eso, su memoria reprodujo la odiosa y arrogante voz: «¡Jessica… ! ¡Jessica India, ven, te deseo!».
Cierto, lo había golpeado. Había pataleado y forcejeado como una loca, e incluso había conseguido zafarse de él y echar a correr, pero eso, al parecer, solo había servido para enardecer más al agresor.
Él la había perseguido y derribado, provocándole recuerdos de su padrastro en uno de aquellos arrebatos.
Y este era tan sordo a sus súplicas de que la dejara en paz como Duncan Campbell lo había sido siempre.
Debió de haber pegado alaridos, porque en ese momento apareció el capitán Antill a darle un rapapolvo al joven oficial mientras Jessica recuperaba el aliento.
Ella había huido a la cocina, conmocionada y asqueada, a echarse en los brazos maternales de la señora Ovens.
Temblaba al pensar en la reacción de su ama cuando se enterara de ese desgraciado incidente.
Temía, de verdad que lo temía, que la señora Macquarie la considerara culpable y decidiera prescindir de sus servicios.
Pero la señora Macquarie no hizo nada de eso, sino que la recibió amable y comprensiva.
Su ira no estaba dirigida contra otro que el alférez MacAlpine.
Y el gobernador compartía la opinión de su esposa con respecto a la conducta del soldado.
El honorable James Carlisle MacAlpine, hijo menor de un conde, fue suspendido de sus funciones.
Con toda probabilidad, sería enviado a casa en uno de los barcos del comodoro Bligh y trasladado a otro regimiento.
A pesar de todo, reflexionó Jessica con tristeza, las lenguas se habían movido.
Entre los que habían escuchado los rumores estaba, al parecer, el gaitero Fergus Mackinnon, porque no había hecho el menor intento por venir a verla; ni siquiera cuando fue invitado, hacía unos cuantos días, a tocar la gaita en una cena de la Casa de Gobierno.
Ella lo había reconocido, por supuesto, pero él había seguido de frente como si no la conociera, inexpresivo y sin sonreír.
Y aquel día estaba allí, con la guardia del regimiento y la escolta montada que acompañaría al gobernador Macquarie a Parramatta en cuanto los invitados convictos se hubieran saciado y partido.
Ella lo había visto marchar hacia el cuerpo de guardia, pero…
En la cocina oscura y de techos bajos, el cocinero recibió a Jessica con una pregunta amable: —¿Esto es lo que buscas?
—De buen humor y sonriendo, cogió los talladores y se los mostró.
— Suponía que la señora O no tardaría mucho en echarlos de menos…
Y se los habría hecho llegar si tuviera a alguien con quien enviárselos, pero todo el mundo está en el jardín esperando a codearse con sus viejos compañeros de las cuadrillas de encadenados.
—Su sonrisa se desvaneció.— Cosas del ron, ¿no es así?
, ¿Su Excelencia dando de almorzar a convictos?
—Sí, supongo que sí —confirmó Jessica un tanto insegura.
El cocinero de la Casa de Gobierno era un antiguo marino mercante.
Según se decía por ahí, se había apeado del barco en Sídney hacía varios años.
Ella intuía que la actitud de este hombre hacia los convictos era similar a la de la mayoría de los habitantes libres de la ciudad.
Incluso un desertor se consideraba por encima de ellos, por la única razón de no haber llegado entre cadenas.
Tomó los talladores sin ganas de dar voz a sus propios sentimientos y cuando estaba a punto de marcharse, él la llamó de nuevo.
—Hace unos minutos ha venido un joven a preguntar por ti.
—¿Un joven, señor Dawkins?
—Sí, un soldado —dijo el cocinero—, uno de los gaiteros de Su Excelencia.
Fergus Mackinnon, pensó Jessica. A pesar de sus anteriores recelos, su corazón se animó.
Tal vez, Fergus no había querido pasar de largo.
Estaba de servicio, y eso podía explicar que lo hubiera hecho.
La chica empezó a dar las gracias a su informante, pero cerró la boca cuando oyó un sonido de gaitas proveniente de la parte delantera de la casa.
—Ahora no podrá codearse contigo, ¿verdad?
—observó el cocinero con un tono un tanto burlón—.
Parece que los invitados están llegando puntuales, ¿no?
¡Dios, me pregunto si Su Excelencia sabe lo que está haciendo!
Porque esto va a causar revuelo, te lo aseguro: ¡convictos comiendo en el mismísimo césped de la Casa de Gobierno!
Podría estar alimentando a una turba de aborígenes con el grueso de la tierra y la gente diría que obedece órdenes de Su Majestad el rey para llegar a términos amistosos con ellos.
Pero los convictos… Estos son harina de otro costal.
Cuando la voz se corra, habrá sido poner el gato entre las palomas, ¡te lo aseguro!
—Su Excelencia solo los está recompensando por el duro trabajo que han hecho en las reparaciones de esta casa —los defendió Jessica—. Y han trabajado con denuedo, señor Dawkins. Cuando nos mudamos, ya lo sabe, algunas paredes estaban a punto de caerse.