Capítulo 8 #3
—Sí, y no hay noticias de que esté por marcharse, que yo haya oído.
Los dos barcos del rey están retenidos aquí, a la espera de su decisión.
El Cuerpo también ha de regresar con él a Inglaterra, y no los envidio.
Bligh es un hombre vengativo. Se asegurará de hacerlos sufrir todas las humillaciones e incomodidades posibles durante la travesía.
—Esther extendió sus regordetas manos en un gesto que era mitad de lástima y mitad de resignación.
— En cuanto a eso, me siento agradecida de que George se hubiera ido de aquí cuando lo hizo.
Bligh se lo habría llevado a casa encadenado.
Pero… —Sonrió de repente, con ojos danzarines.
— Hay un feliz acontecimiento que había olvidado mencionarle: el coronel O’Connell, el hombre que está al mando del Septuagésimo Tercero, está cortejando con ardor a la señora Putland.
Todos pensamos que hacen buena pareja, y me alegro por ella.
Es una buena joven. Apenas se merece el padre que el buen Dios quiso darle.
A pesar de todo, por cierto, ella ha estado a su lado con absoluta lealtad en todas las pruebas y tribulaciones.
George la admiraba, ya sabe, me lo dijo más de una vez, y confieso que yo también.
Era un tributo generoso, pensó Samuel Marsden, viniendo de la amante del mayor…
, no, del teniente coronel, George Johnston.
Pero, sin duda, Mary Putland se lo merecía, así que asintió con la cabeza.
Sería un activo para la colonia si se quedara, y tal vez tendría más éxito que el alférez MacNaughton a la hora de contener el flujo de emancipados a la mesa del nuevo gobernador.
Aunque el padre de la señora Putland había obtenido la mayor parte de su apoyo entre los terratenientes y pequeños propietarios emancipados de los asentamientos del Hawkesbury, nunca, que el capellán supiera, había invitado a ninguno de ellos a cenar con él.
—¿Y el gobernador Macquarie aprueba esa alianza? —preguntó con curiosidad.
—La señora Macquarie, sí —respondió Esther sin vacilar—, y se dice que Su Excelencia la escucha.
Así que el gobernador estaba bajo la influencia de su esposa, se dijo Samuel Marsden.
—¿Qué clase de mujer es la esposa del gobernador? —preguntó.
—No he tenido ningún roce social con ella, por supuesto.
—Era una afirmación sin amarguras; una declaración de hechos, más que una expresión de pesar.
— Pero parece caerles muy bien a todos los que la conocen.
Me dicen que es amable y bien dispuesta.
Se trata de una dama escocesa de alcurnia y muy bien relacionada.
Por lo que he visto de ella, puedo decir que es atractiva, aunque no hermosa, y —la sonrisa de Esther era complaciente— ¡su gusto en sombreros deja mucho que desear!
Marsden se hizo eco de su sonrisa. Recordó que Esther Abrahams, antes de su condena y sentencia, había sido sombrerera.
De hecho, si podía confiar en su memoria, el delito de esta mujer había sido el robo de adornos para un sombrero.
La dejó seguir hablando, aunque ocupado, una vez más, en sus propios pensamientos.
Luego, consciente de que el tiempo pasaba y aún le quedaba mucho por averiguar, la interrumpió.
—¿Y los demás? —preguntó, pues se daba cuenta de que ella no los había mencionado—. ¿Los coroneles Paterson y Foveaux?
Esther lo fulminó con una mirada de extraño resentimiento.
—Puede descartar al coronel Paterson —dijo rotunda—. Se ha emborrachado tanto que va derecho a la sepultura. Apenas ha estado sobrio desde su regreso de la Tierra de Van Diemen.
—¿Y Foveaux?
—Joseph Foveaux es una persona sin principios —respondió Esther—.
Lo es todo para su gente y solo se preocupa de su progreso personal.
Ha engañado al nuevo gobernador haciéndolo creer que es un hombre honrado y digno de confianza.
Está todo el tiempo a su lado, aconsejándolo y asesorándolo.
Él y la inefable Nanny Sherwin, con la que dice haberse casado —lo dijo en un tono ácido—, están siempre en la Casa de Gobierno y los invitan a todas las cenas.
Nadie, al parecer, ha tenido el valor de decirle a Su Excelencia lo que Foveaux aprobó cuando recibió el mando de esta colonia, después de la renuncia de George.
Durante años pretendió ser amigo de George, pero ahora lo ha traicionado con toda su vileza, y también a John Macarthur. ¿Por qué…?
Estaba tan indignada que Marsden volvió a interrumpirla.
—Tanto Paterson como Foveaux han recibido órdenes de volver a Inglaterra con su regimiento, Esther —recordó en tono apaciguador—. No tienen más remedio que obedecer.
No añadió que había oído a lord Castlereagh hablar del tema en la cámara, al igual que en privado, y su tono había sido cualquier cosa menos apaciguador.
Cuando al secretario colonial le quedaba algo de tiempo entre batalla y batalla contra Bonaparte y los franceses, expresaba su firme decisión de doblegar a la colonia.
Todos los que habían participado en la reciente rebelión debían ser expulsados de Nueva Gales del Sur, incluido el gobernador Bligh.
Y quien se atreviere a desatender las instrucciones del noble lord lo estaría haciendo por su cuenta y riesgo.
Ni siquiera Macarthur, con toda su riqueza y sus influencias, iba a salir indemne.
En los gruesos labios de Samuel Marsden se dibujó una pequeña y fría sonrisa.
¿No se había esmerado él mismo por ello cuando la Oficina Colonial le pidió su opinión?
¿Acaso no había contado a Castlereagh y al subsecretario Cooke la verdad sobre Macarthur, en la confiada creencia de que, fuera cual fuera el resultado del juicio de George Johnston, se asegurarían de que el infame Jack Corpiño no regresara a sus vastas tierras y su opulenta vida en Nueva Gales del Sur?
Puede que no fuera suficiente castigo para el gusto de Esther Abrahams, eso tenía que admitirlo, pero, para el propio Macarthur, sería doloroso, sin duda.
Marsden se puso en pie, consultó su reloj de bolsillo y agradeció la hospitalidad.
Esther lo acompañó hasta la puerta y, mientras esperaban juntos a que llevaran de las cuadras el caballo del capellán, le dijo: —Supongo que irá a ver al gobernador.
Él la miró con las cejas levantadas, sorprendido por la pregunta.
—Por supuesto. Su Excelencia estará esperando que le rinda pleitesía.
—Cuando ya esté instalado, visite también a los señores Bent —sugirió Esther—.
Ellis Bent es el nuevo juez, un barrista de Lincoln’s Inn.
—Sin esperar la anticipada pregunta de Marsden, añadió con una sonrisa tensa—: Me imagino que el joven caballero le resultará simpático.
Y, en este momento, los Wentworth gozan del favor virreinal.
¿Habría algo de malicia en semejante observación?
, se preguntaba Samuel Mardsen. El doctor D’Arcy Wentworth había salido de las cloacas, si no como todo un presidiario.
Y se había casado con una presidiaria hacía unos veinte años, cuando prestaba sus servicios en la isla de Norfolk.
Su hijo mayor, William Charles, al igual que los hijos de John Macarthur, había sido enviado a Inglaterra para completar su educación, y…
Una vez más Esther Abrahams se anticipó a su pregunta no formulada.
—Se habla de un cargo oficial para el joven William Wentworth cuando esté de vuelta aquí —ofreció por su cuenta—: El de preboste, creo, ya que el pobre señor Gore tendrá que ir a Inglaterra como uno de los testigos de Bligh.
También se dice que el doctor Wentworth está intentando cerrar un contrato para construir un nuevo hospital, con Alexander Riley y Garnham Blaxcell como socios.
Y Simeon Lord les pisa los talones. —Era obvio que Esther esperaba de Mardsen alguna señal de desaprobación, pero este se limitó a gruñir.
Apareció un mozo de cuadra con el caballo.
Conseguido el objeto de su visita, el corpulento capellán se subió con torpeza al lomo del animal.
Luego, recuperado el aliento, volvió a dar las gracias.
Se sentía rígido y dolorido después de los largos meses en la mar, así que le pareció una buena idea volver al barco y descansar unas horas en su cómodo camarote.
Después iría a presentar sus respetos al nuevo gobernador.
Cumplidas sus expectativas, Esther lo había dejado también con cosas que pensar. Decidió que reflexionaría sobre todo aquello y que, al día siguiente, ya con las ideas claras, solicitaría la audiencia.
El buen coronel, hombre cristiano, debería contar con su apoyo, aunque también con su consejo sobre la mejor manera de tratar a los delincuentes emancipados.
Recibir en la Casa de Gobierno a los más ricos y cenar con ellos podría ser fructífero, pero, si Macquarie estaba pensando en elevar a algún emancipado a la magistratura, tendría que ser advertido de lo peligroso que eso podía ser…
y del efecto adverso que tendría en los miembros respetables de la comunidad.
Pero…
Samuel Mardsen clavó los talones en los ijares de su caballo y miró hacia la ciudad.
Era probable que una advertencia de ese tipo se hiciera con más tacto si tuviera la forma de un sermón, uno precedido de un texto apropiado.
Él siempre había destacado por la fuerza y elocuencia de sus panegíricos, y…
Era martes. Tenía una semana casi completa para instalarse, desembarcar a la familia y los enseres domésticos y disponer de la mercancía que había traído consigo.