Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Samuel Marsden pensó que la entrevista no iba por el camino que él había previsto.

La amargura de Esther Abrahams, aunque no inesperada dadas las circunstancias, era más profunda de lo que él había imaginado; su angustia era mayor de lo que él había previsto, incluso sabiendo la peligrosa situación en que se encontraba George Johnston.

Pero esta era una mujer sensata, una mujer que tenía los pies en la tierra y que, sobre todo, estaba bien informada.

Él dedicó los diez minutos siguientes a intentar levantarle el ánimo.

Incluso se puso más cerca de ella en la mesa para coger, compasivo, una de sus manos.

La táctica tuvo éxito. Bajo la cuidadosa insistencia del capellán, Esther se volvió más optimista y despertaron sus deseos de hablar de aquellos asuntos sobre los que él deseaba ser informado. El nuevo gobernador, le dijo ella, era popular entre propios y extraños.

—Es un caballero cristiano, bueno y bien intencionado, señor Marsden, y parece decidido a recuperar la devoción de toda esta colonia.

La asistencia a la iglesia es de nuevo obligatoria para la tropa y los convictos, en tanto que la mayoría de los colonos y emancipados siguen el ejemplo de Su Excelencia y se han vuelto fieles regulares.

Y Saint Philip ya tiene tejado. —Esther sonrió.

— Se produce un eco que usted saboreará cuando venga a pronunciar sus sermones.

—¡Qué bien!

Los aplausos de Marsden le devolvieron la sonrisa a Esther. Él, consciente de lo retumbante de su voz y de su fuerte acento de Yorkshire, no se sintió ofendido por las implicaciones del comentario ni por el matiz de mofa que lo subrayaba.

—Su Excelencia está exigiendo otras reformas —prosiguió la anfitriona—.

Se respetará el día sagrado, bajo amenaza de arresto.

Además, hace poco, en una declaración pública, expresó su determinación de poner fin, y cito de memoria sus palabras, «a la escandalosa y perniciosa costumbre, adoptada en todo este territorio de una manera tan general y descarada, de que personas de distinto sexo cohabiten sin la sanción de los legales lazos del matrimonio».

Describió esos hábitos como «un escándalo ante la religión, la decencia y todo buen gobierno».

Qué lástima —añadió, con un destello de humor socarrón—, que George no hubiera estado aquí para escuchar esa franca declaración, ¿no es así?

, después de haber cohabitado conmigo durante más de veinte años sin los lazos matrimoniales.

A esa observación no había una respuesta posible que no oliera a condescendencia o censura.

Y, puesto que él había entregado a la Oficina Colonial una lista, compilada por él mismo, de las mujeres que cohabitaban con hombres sin la bendición de la Iglesia establecida, Marsden, prudente, dejó el comentario sin respuesta y cambió de tema enseguida.

Abrigaba la esperanza de que Esther no supiera que en su lista figuraba como concubina de Johnston.

—¿Cómo se están comportando las tropas? —preguntó.

—¿Las nuestras o las del gobernador? —Esther se encogió de hombros.

La pregunta le pareció divertida.— Las nuestras tienen cuidado de no ofender a nadie.

Muchos de los soldados rasos se oponen a abandonar la colonia, de modo que Su Excelencia se ha ofrecido a formar una compañía de veteranos con hasta trescientos de ellos.

Me imagino que serán más los que se ofrezcan voluntarios.

Y algunos de los oficiales, también; aunque, por orden de la Oficina Colonial, las tierras concedidas durante lo que ahora se denomina «la administración rebelde» van a volver a ser propiedad de la corona.

Es posible que nosotros perdamos las de Cabramatta, y, si George fuera declarado culpable…

—Hizo una brusca interrupción, volvió la cabeza hacia otro lado y continuó con moderación admirable—: El Septuagésimo Tercero es un regimiento de las Tierras Altas, bien disciplinado y con inclinaciones religiosas.

El comportamiento de sus soldados rasos ha sido ejemplar, aunque me temo que el de algunos de los oficiales más jóvenes ha sido algo menos que ejemplar.

Las pesadas cejas de Marsden se alzaron de sorpresa.

—¿Cómo es posible?

—No les agrada la política de Su Excelencia hacia los emancipados.

Es, por decir lo menos, liberal, ¡y yo, por mi parte, le doy gracias a Dios!

—Mirando a Samuel Marsden con una leve sonrisa burlona, Esther citó la proclama oficial del gobernador—: «Aquellos que se han ganado la libertad mediante la servidumbre, el indulto o la emancipación serán considerados, en todos los aspectos, en pie de igualdad con todos los demás en la colonia, de acuerdo con su posición y carácter…

». Son palabras de Su Excelencia, señor Marsden, y no las ha dicho en vano, se lo aseguro.

El coronel Macquarie y su señora invitan a emancipados a cenar en la Casa de Gobierno.

Incluso se habla de nombrar magistrados a los más respetables de entre ellos.

Samuel Marsden fue incapaz de ocultar la conmoción que esas palabras le habían provocado y sus mejillas floridas enrojecieron aún más de lo habitual.

Reprimió una exclamación entre consternada e incrédula, pero Esther Abrahams continuó sin inmutarse: —Uno de los jóvenes oficiales del Septuagésimo Tercero, el alférez MacNaughton, creo, abandonó la mesa de Su Excelencia muy enfadado, pues se negaba a compartir sus alimentos con emancipados.

Entre ellos estaban Simeon Lord y Thomas Reibie, así como el doctor Redfern.

Marsden consiguió hablar con voz entrecortada:

—¿Y cuál fue el resultado de estos actos del alférez?

—El joven caballero recibió una severa reprimenda del gobernador —le dijo Esther, muy satisfecha—.

Las cosas están cambiando aquí, señor Marsden.

Habrá observado, sin duda, que las carreteras han mejorado mucho.

El coronel Macquarie tiene a sus soldados trabajando en ellas, así como a cuadrillas de convictos, y planea construir una carretera de circunvalación desde Sídney hasta el Hawkesbury.

Ya está a mitad de camino a Parramatta. A usted le será difícil reconocer el municipio: se han arrancado las raíces y se van a construir casas de ladrillo.

Las chozas de madera van a ser derribadas para hacerles sitio.

También se habla de sacar a los animales domésticos de las calles principales.

Además, Su Excelencia ha reducido a solo veinte el número de casas autorizadas en The Rocks.

Marsden la dejó hablar. Tenía la mente en blanco.

Por supuesto, no podía sino aprobar la mayoría de las medidas del nuevo gobernador.

Eran medidas que él había defendido durante mucho tiempo; en particular, la observancia de los días y servicios religiosos obligatorios.

Por otra parte, The Rocks había albergado demasiadas casas de mala reputación y tiendas de bebidas alcohólicas bajo el laxo gobierno del Cuerpo del Ron.

En cualquier caso, los oficiales del ejército eran los propietarios de muchas de ellas, por más que sus sirvientes o mujeres ostentaran las licencias.

—Otro de los jóvenes caballeros inscribió su nombre en el libro de los malos del gobernador —relató Esther—, pero por una razón diferente.

La señora Macquarie tiene una joven doncella a la que está muy unida; se la trajo de Inglaterra.

La llaman Jessica India, aunque no sé por qué, porque es tan blanca como usted o yo, señor Marsden.

—¿Una convicta? —preguntó Marsden, sin mucho interés.

Esther negó con la cabeza. La llevaba cubierta con un impecable tocado.

—No, es hija de un sargento del Septuagésimo Tercero, según he oído, y, como ya le he dicho, la esposa del gobernador le tiene mucho aprecio.

Está muy interesada en preservar la inocencia de la chica, porque sus padres tuvieron que quedarse en Portsmouth.

—Su tono pasó a ser seco.— En el mundo real, eso más fácil de decir que de hacer, ¿verdad?

—Ay, es verdad —confirmó el capellán, con un suspiro pesado—. ¿Y debo presumir que el joven caballero tenía otras intenciones?

—En efecto, y fue sorprendido en flagrancia por el ayudante del gobernador, el capitán Antill. Se dice que el joven se enfrenta a un consejo de guerra, acusado de conducta impropia por parte de un oficial y caballero. La mayoría de la gente cree que será retirado y enviado a casa.

Samuel Marsden se quedó cavilando esa historia.

El nuevo gobernador, si había que creer lo que Esther Abrahams le estaba contando, era, sin duda, un caballero cristiano y, además, alguien dispuesto a ejercer su celo reformador en una colonia que lo necesitaba con urgencia.

Sin duda, agradecería el apoyo de la Iglesia, personificado este en su capellán mayor.

Y por Dios, que lo tendría. Al asumir el gobierno, el pobre capitán King había acariciado ideas similares, pero él tuvo que enfrentarse a la maligna influencia de Macarthur.

Por desgracia, se debilitó y permitió que las cosas se torcieran.

El comodoro Bligh también había intentado emprender una reforma, pero…

Marsden frunció el ceño y tiró de sus largos bigotes rojos.

—¿Ha dicho que el gobernador Bligh todavía está aquí, Esther?