Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 8
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Capítulo 8

En la parte de la espaciosa cubierta reservada a los pasajeros de pago, el reverendo Samuel Marsden, capellán mayor de la colonia, hombre de figura alta y algo corpulenta en su traje negro de clérigo, esperaba impaciente la llegada de la lancha que había ordenado para ir a tierra.

Se habían producido cambios notables a simple vista: más molinos de viento en el horizonte, varios edificios de ladrillo y piedra y un nuevo muelle en construcción. Los bien conocidos grupos de convictos encadenados se dirigían a su trabajo diario, tan hoscos y resentidos como siempre.

El capellán suspiró mientras volvían los recuerdos.

Hacía más de tres años que había abandonado Sídney, acompañado de su esposa y su familia, para pasar un tiempo en casa.

Aquel viaje a bordo del Buque de Su Majestad Buffalo lo había hecho junto al exgobernador King y su personal.

Pero estaba al corriente de los asuntos de la colonia, a pesar de la prolongada ausencia.

Se había mantenido en contacto frecuente con los tres exgobernadores, así como con el capitán King, hasta el momento de su muerte, dos años atrás.

También había nutrido sus relaciones epistolares con amigos y asociados en Sídney.

Pero tres años era mucho tiempo para estar fuera…

Samuel Marsden volvió a suspirar. El rey y el arzobispo de Canterbury le habían concedido audiencias, solo que los esfuerzos por recaudar dinero y apoyos para su labor misionera, tanto en Nueva Gales del Sur como entre los belicosos maoríes de Nueva Zelanda, no habían tenido el éxito que él esperaba.

Lo había decepcionado, en particular, la Sociedad para la Propagación del Evangelio, a pesar de las gestiones que en su nombre hiciera el señor William Wilberforce.

No obstante, regresaba con promesas de ayuda y algunos fondos caritativos a los que, si Dios quería, podría dar buen uso…

, siempre que el nuevo gobernador le diera vía libre.

Las espesas y rojizas cejas del capellán se juntaron en un ceño pensativo.

El nombramiento del coronel Lachlan Macquarie, en sustitución del depuesto comodoro Bligh, lo tenía desconcertado.

Él había esperado que ese nombramiento recayera en el sobrino del almirante Hunter, el capitán William Kent.

De hecho, había puesto todo de su parte para apoyar la candidatura de Kent.

Con todo, la sabia Oficina Colonial había decidido prescindir de los capitanes navales y, en su lugar, había elegido a un oficial del ejército.

Al enviarlo al frente de su propio regimiento, le otorgaba más poder que el que había ejercido cualquiera de sus predecesores.

Así debía ser, por supuesto: el gobernador de una colonia tan remota necesitaba tropas leales a sus espaldas.

Samuel Marsden no podía sino aplaudir la decisión de lord Castlereagh, ya que él mismo la había defendido durante mucho tiempo.

Pero el coronel Macquarie era un desconocido, había tenido que recordarse Marsden, y sería prudente, primero, visitar a alguien que estuviera en condiciones de informarlo.

Confiaba en que entonces podría presentarse en la Casa de Gobierno y…

—Su lancha está a un costado, reverencia —le informó un marinero que pasaba por allí.

La expresión de Marsden se relajó. El capellán se puso el sombrero con más firmeza sobre su calva coronilla y, con la agilidad de la larga práctica, bajó al bote que lo esperaba.

Al llegar a tierra firme, también lo esperaba un caballo.

Venía conduciéndolo un convicto, un viejo y enjuto mozo de cuadra que le dedicó media sonrisa de reconocimiento.

El viejo incluso puso las manos cuando el capellán le pidió ayuda para montar.

Por lo visto, la petición que él enviara por delante en el bote piloto había sido admitida y le estaban concediendo la discreción solicitada.

Era mejor que su visita a una emancipada, incluso a una tan respetable como Esther Abrahams, no fuera objeto de chismes ni especulaciones.

Recorrió a paso tranquilo las cuatro millas que lo separaban de la opulenta casa del mayor Johnston, en Annandale, y llegó justo cuando la dueña se sentaba a almorzar.

Ella lo saludó sorprendida, aunque también con agrado.

Tal como el capellán esperaba, lo invitó a sentarse a la mesa con ella.

En presencia de la criada que los estaba atendiendo, ella se limitó a hacer preguntas generales, y Marsden, a estudiarla con disimulo mientras las respondía.

Esther Abrahams era una mujer atractiva, con el pelo ya canoso y un poco más corpulenta que veintidós años antes, cuando la condenaron a siete años de destierro por un robo trivial.

A bordo del Prince of Wales, de la primera flota del gobernador Phillip, había llamado la atención de George Johnston, que entonces era teniente de marina.

Él la había hecho transferir a su barco, el Lady Penrhyn, después de lo cual ella se había convertido en su amante.

Samuel Marsden no había tenido ningún trato con Johnston, pero la relación del mayor con Esther había sido larga y feliz; y, aunque nunca se había casado con el excomandante del Cuerpo del Ron, sí que le había dado siete hijos, incluido un primogénito de quien él se sentía desmesuradamente orgulloso.

Con mucho tacto, mientras comía con fruición, Marsden preguntó por la familia y ella lo puso al corriente de lo que hacía cada uno.

Sin embargo, en cuanto la sirvienta se retiró, Esther Abrahams preguntó ansiosa: —Señor Marsden, ¿George ya había llegado a Inglaterra cuando usted se marchó?

El capellán negó con la cabeza. Para su propio caletre, como partidario convencido del gobernador depuesto, agradecía que ni Johnston ni John Macarthur hubieran aparecido en Londres antes de su partida.

Nadie mejor que él sabía las terribles consecuencias que podría traer el hecho de que Macarthur se enterara de que Mardsen había defendido la causa de Bligh.

La enemistad de John Macarthur, una vez contraída, era implacable y digna de ser muy temida.

Pero el desafortunado George Johnston se había convertido en un chivo expiatorio.

Era él, y no Macarthur, a quien juzgaría un consejo de guerra, y Samuel Marsden, a pesar de sus profundos sentimientos con respecto a la rebelión del Cuerpo del Ron y del trato dado al gobernador depuesto, aún podía sentir algo de compasión por George Johnston.

«Ese necio cabeza de nabo —lo habían apodado los copleros de Sídney—, el utensilio de Jack Corpiño, que irrumpió en el puesto de Bligh y a oponerse no se atrevió.

» Como oficial en servicio y titular de una comisión del rey, Johnston estaba sujeto a la ley marcial.

En cambio, Macarthur, por ser civil, no lo estaba.

Era una parodia de la justicia, pero… El capellán miró los atribulados ojos de la fiel amante de Johnston y buscó palabras de consuelo para ofrecerle.

—Me enteré de que él y John Macarthur habían llegado a Cork —dijo— y que el mayor tenía intenciones de ver a Su Gracia de Northumberland a la primera oportunidad. Con la influencia del duque en su favor, es posible que el consejo de guerra lo trate con indulgencia.

—Pero, aun así, lo juzgarán —argumentó Esther, con voz grave.

—Están obligados —confirmó Marsden.

El Comodoro Bligh insistiría en un juicio, lo sabía bien, y los cargos serían graves: Johnston sería acusado de motín y sedición, por lo que bien podría terminar ante el pelotón de fusilamiento.

Se rumoreaba que George Johnston era hijo ilegítimo del duque de Northumberland, un hombre con una enorme influencia, pero, aun así…

Bajó la vista hacia su plato vacío. De repente, no le apetecía encontrarse con la mirada escrutadora de Esther.

—El comodoro Bligh está aquí, ya lo sabe —observó con amargura—.

Por orden del gobierno de Su Majestad, será reincorporado durante veinticuatro horas.

Ha estado ocupado en buscar los testigos y documentos que llevará consigo a Inglaterra para el juicio.

El gobernador Macquarie tiene órdenes de concederle todas las facilidades, y eso es lo está haciendo…

Todas las cartas y documentos de los archivos del gobierno están a su disposición.

¡Y, además de eso, se le están concediendo honores, señor Marsden!

Lo acompaña una guardia militar del Septuagésimo Tercero y hay centinelas apostados ante la casa que ocupa en la calle Pitt.

Lo conducen con gaiteros a bordo de los barcos del rey mientras en el puerto se disparan salvas, ¡como si aún fuera el gobernador!

En cambio, a mi pobre George… —Se interrumpió y sus finos ojos oscuros se llenaron de lágrimas.

— A George lo han ascendido a teniente coronel, según me dice en una carta que me llegó de Río.

Pero… aún podrían sentenciarlo a muerte, ¿no es así?

, ¿si Bligh es capaz de probar los cargos en su contra?

Era como si ella hubiera leído sus pensamientos, se dijo Marsden con inquietud. Quiso salir con algún desvarío, pero Esther le hizo un gesto casi despectivo para que guardara silencio.

—Es a Macarthur a quien deberían colgar, no a George —afirmó ella—.

El tipo se llevó a sus dos hijos menores, a James y William, para que recibieran educación privada.

A Edward le han conseguido una comisión en el Trigésimo Noveno, mientras que John está estudiando derecho…

Pero mis hijos, los hijos de George, siguen aquí sin nadie que los prepare para una profesión ni les procure un ascenso militar.

Y si a su padre lo declararan culpable y lo condenaran, ¿qué sería de ellos?