Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 7 #7
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Capítulo 7 #7

La pistola estalló en la mano de Cockrell y el estampido reverberó en el reducido espacio del camarote, pero la bala no dio en el blanco.

Justin tropezó con el pie extendido de David Fortescue y cayó a todo lo largo en el entarimado de cubierta.

Fortescue le cayó encima. Hubo un segundo disparo y un grito de agonía de Cockrell.

Luego, cuando Justin consiguió ponerse de rodillas, vio que manaba sangre del pecho de su compañero.

Dios mío, pensó, horrorizado, el teniente del Porpoise había recibido el disparo que iba dirigido a él.

Se inclinó sobre el cuerpo desplomado. Palpó con desesperación en busca de un latido y de inmediato retiró la mano, pegajosa de sangre.

—Estoy bien —jadeó Fortescue—. No… creo… estar malherido.

Estaba vivo, al menos. Justin hizo un gesto a Enoch Finch para que lo ayudara y juntos subieron al herido al catre.

—Saca a estos canallas de aquí, sargento —ordenó Finch, con la joven voz áspera por la conmoción—. Y esa carroña que ha disparado la pistola, está muerto, ¿no?

—Le ha dado entre ceja y ceja, señor Finch —respondió con voz sombría el sargento—. Está bien muerto.

Una vez despejado el camarote, Justin descolgó la linterna, la sostuvo sobre el catre y, bajo la vacilante luz, se puso a examinar el alcance de las heridas de David Fortescue.

Aunque no eran tan graves como había temido en un principio, pues la bala había penetrado muy por encima del corazón, la herida sangraba sin parar.

Fortescue, con todo y su estoicismo, parecía sentir un dolor considerable.

Justin habló en voz baja:

—Intentaré contener la hemorragia —dijo—, pero tenemos que llevarlo al médico lo antes posible.

—Dejó la linterna en el suelo. Detrás de él, el pobre Finch tenía arcadas, así que le habló con intencionada brusquedad: —Tráeme una camisa de ese armario de ahí.

¡Venga, compañero!, no hay tiempo que perder.

Finch tragó saliva y fue en busca de la camisa.

—David es un buen amigo mío —balbuceó—. Lo he defraudado, yo… Ay, demonios, Broome, ¡debería haber disparado antes! Pero le creí a ese bribón de Cockrell cuando nos suplicó que no disparáramos.

—Yo también —confirmó Justin con los labios apretados. Rompió la camisa en tiras y, con rapidez, hizo un vendaje—. Ayúdame a acomodarlo, ¿quieres?

Entre los dos se las ingeniaron para vendar la fea herida y detener el flujo de sangre, pero David Fortescue había caído inconsciente mucho antes de que terminaran.

—Está mal, ¿verdad? —sugirió Finch con tristeza.

—No si podemos llevarlo con el médico esta misma noche —dijo Justin—; pero el viento es malo y tomará todo nuestro tiempo volver al río.

—¿En este barco, quieres decir? —preguntó Finch. —¿No sería más rápido llevarlo en el esquife?

Justin pensó en la sugerencia con el cerebro acelerado, sopesando las posibilidades que se les abrían.

Sabía que el pobre Fortescue descansaría mejor en la comparativa comodidad del camarote del Dolphin y que un intento de bajarlo a la lancha, por mucho cuidado que pusieran en ello, podría provocar una nueva hemorragia.

Recordó que el viento había retrocedido casi hacia el sur mientras esperaban a sotavento de la isla de Southmouth.

Podía utilizar esa brisa para llegar hasta Point Record, en la curva norte de la bahía y, entonces, su antigua tripulación, los muy malditos, junto con los convictos fugados que habían subido a bordo de contrabando podrían tripular el esquife y el bote del Dolphin y remolcarlos.

Con un par de infantes de marina de Finch en cada bote, no darían problemas.

Llamaría de vuelta a los botes frente a la isla de Betsey y correrían a sotavento hasta la desembocadura del río.

Después, si el viento seguía igual, todo sería coser y cantar: el Dolphin se pondría en marcha.

Justin frunció el ceño. Visualizaba la carta y evaluaba la distancia que debían cubrir, tanto a vela como a remolque.

Los hombres tendrían que sudar los remos.

Sería un tirón de once o doce millas, a menos que el viento cambiara, cosa que no parecía probable.

Pero no le sobraba compasión para derrocharla con esos hombres, por más que todo hubiera sido una artimaña de Tobias Cockrell.

Podían sudar, y, con la vida de David Fortescue en juego, apenas se haría justicia.

Ya decidido, se volvió hacia Enoch Finch: —En este barco, señor Finch —dijo—, y, si Dios quiere, al amanecer tendremos al teniente Fortescue de vuelta en Hobart y en manos del médico.

Creo que lo mejor será que ambos vayamos armados —añadió.

El alférez Finch lo observó coger la pistola desechada de Cockrell, cargarla y meterla en el bolsillo de la chaqueta.

—No ibas armado cuando has abordado este barco, ¿verdad? —lo acusó.

—No —admitió Justin con pesar—. He dejado mi sable en la lancha. No estoy acostumbrado a llevar armas. O, tal vez, la verdad es que no soy combativo, señor Finch.

—Oh, sí que lo eres —le aseguró Finch con gravedad—. Lo que no entiendo es cómo he podido tomarte por un asesino. Después de todo, he sido yo quien le ha quitado la vida a un hombre esta noche, ¿no es así? Tarde, pero lo he matado.

—Le has ahorrado trabajo al verdugo —afirmó Justin con brusquedad. Se inclinó una vez más sobre el inconsciente Fortescue y, convencido de que respiraba mejor, señaló hacia la puerta encortinada—. Volvamos a la cubierta, señor Finch.

—A sus órdenes, capitán Broome —dijo el oficial de marina. Se apartó para permitir que Justin lo precediera.