Capítulo 7 #6
El acercamiento al Dolphin anclado se hizo con el menor ruido.
Los marineros, muy voluntariosos, tiraban de sus remos silenciados; la oscuridad era un manto eficaz que los ocultaba de cualquier vigía, salvo del más atento.
Para cuando salió la luna, el esquife del Porpoise estaba a tiro de pistola de la popa de la goleta; sin ser descubierto, por lo visto.
Los sonidos de cantos y risas soeces procedentes de la cubierta inferior sugerían que su tripulación estaba, como Justin había supuesto, celebrando embriagada lo que para ellos había sido una huida exitosa.
Los hombres de la lancha estaban tensos, a pesar de todo.
Agazapado en la proa, Justin sintió que se le revolvía el estómago cuando un hábil David Fortescue puso el esquife al costado.
Había, por encima de su cabeza, luces en la cabina de popa que proyectaban reflejos sobre el agua oscura, pero ninguna señal de que los hubieran descubierto.
Los infantes de marina guardaron los remos y Justin, después de inclinarse hacia delante, echó mano del bichero para pasar la pesada embarcación por debajo del casco del Dolphin y a lo largo de su costado de babor.
Después de lo que le pareció una demora interminable, pudo engancharse a las cadenas.
Entregó el bichero al sargento de marina y empezó a trepar a la cubierta, una mano después de la otra, en la oscuridad.
No fue sino al llegar que se dio cuenta, para su consternación, de que había olvidado traer el sable que le habían prestado.
Maldijo en voz baja, escandalizado por su propia estupidez; pero no había vuelta atrás, pues Fortescue le pisaba los talones.
Y… sí, ¡demonios! Había un hombre de guardia, aunque, por suerte, estaba en el lado opuesto de la cubierta.
En ese preciso instante, el vigía se dio cuenta de que el barco estaba siendo abordado.
—¿Quién demonios…? —exclamó la sombra—. ¿Qué…?
Al reconocer la voz como la de Fane, uno de los dos timoneles y compinche cercano del oficial, Justin se lanzó por la cubierta.
Tenía la esperanza de silenciarlo antes de que pudiera dar la alarma.
Pero el marinero lo eludió y pudo esquivarlo con un poderoso brazo.
Su grito resonó por todo el barco antes de que Justin, con esfuerzos redoblados, consiguiera derribarlo de una embestida con el hombro.
El joven capitán se arrodilló sobre la figura postrada. Recuperó el aliento y gritó la advertencia acordada.
—¡Cockrell, soy el capitán Broome! Estoy aquí con un grupo armado y te exijo, en nombre del rey, que entregues este barco. ¿Me oís todos? Subid a cubierta con las manos en alto, todos, o abriremos fuego.
No hubo respuesta, salvo algunos juramentos y el murmullo de voces procedentes de abajo.
Cuando el alférez Finch y sus marines terminaron de subir y se extendieron por toda la cubierta, con los mosquetes preparados, Justin repitió su llamada.
Un blanco borrón apareció sobre la brazola de la escotilla de popa.
El rostro giró a su alrededor, asustado y, en apariencia, dudando de lo que sus propios ojos le decían.
Entonces, cuando el hombre por fin cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, gritó con voz arrastrada: —¡Maldita sea, Toby, es Broome!
Y han venido soldados con él, docenas de cabrones.
—Se agachó de nuevo, pero cambió de idea.
— Juro por Dios que no lucharé contra los soldados. Digas lo que digas, me rindo.
Salió a cubierta con los brazos bien extendidos por encima de la cabeza.
A un gesto de Fortescue, uno de los infantes de marina lo agarró.
Abajo se estaba produciendo un altercado ruidoso y furioso.
Al reconocer la voz de Cockrell, Justin se puso en pie.
Empujó a su prisionero hacia la fila de soldados y se dirigió a la escotilla.
—Entrégate, Cockrell —ordenó con dureza—. No te servirá de nada resistirte. Mi grupo está armado. No tienes ninguna posibilidad de escapar.
Cockrell lo maldijo con furia apenas contenida. Abajo, la discusión continuaba, con el claro intento del oficial de persuadir a sus compañeros para que opusieran resistencia.
—Esos cerdos nos colgarán si nos llevan de vuelta a Hobart —lo oyó amenazar Justin—. ¡Apoyadme, escoria de mierda!
—Es a ti a quien colgarán, no a nosotros —replicó otra voz—. Y los soldados tienen mosquetes. Nosotros solo tenemos nuestras manos.
David Fortescue se unió a Justin en su punto de observación.
—Así que, después de todo, no han irrumpido en el arcón —observó satisfecho. Se inclinó hacia delante para gritar una brusca orden de que se entregaran.
Dos la obedecieron, seguidos, más a regañadientes, por la figura agazapada de un hombre pequeño y barbudo a quien Justin no reconoció.
—Es un convicto fugado —dijo Fortescue, y señaló las muñecas que el hombre llevaba por encima de su cabeza, llenas de cicatrices—. ¡Maldita sea, me pregunto cuántos más de estos desgraciados habrán subido de contrabando!
De la cabina de abajo llegaba el siniestro sonido de fuertes golpes y madera que se astillaba. Justin supo enseguida que estaban sacando los mosquetes del arcón. David Fortescue, que había llegado a la misma conclusión, se apartó y desenvainó su sable.
—Tendremos que apresurarnos —decidió—. ¡Señor Finch, deje a uno de sus compañeros vigilando a los prisioneros y venga con los demás!
Finch respondió con presteza. Lanzados tras él, los pies calzados de sus infantes de marina golpeaban el entarimado de la cubierta. Fortescue intentó liderar la carrera, pero Justin se le adelantó.
—Este es mi barco, señor, y se trata de mis hombres. Así que, si es tan amable…
Se adelantó al teniente del Porpoise sin esperar ninguna respuesta.
Bajó a toda prisa por la escalerilla y se dirigió al camarote del capitán.
A la tenue luz de la linterna suspendida de un bao por encima de las cabezas, distinguió a un grupo de diez o doce hombres arremolinados en torno al destrozado arcón.
Incluso ante la irrupción evidente, seguían sacando las armas destinadas a la defensa del barco.
Pero no habían tenido tiempo de preparar los mosquetes ni cargarlos.
Justin se lanzó en medio de todos, lanzando puñetazos a su alrededor.
De una certera patada en la culata, derribó el mosquete que uno de los hombres estaba levantando contra él.
La visión de las capas escarlatas de los marines, a espaldas de Justin, puso fin al breve intento de resistencia.
Los tripulantes dejaron caer los mosquetes inservibles y, uno a uno, fueron levantando los brazos en señal de rendición.
—¡No disparen! Por el amor de Dios, no disparen, ¡nos estamos rindiendo!
Era la voz de Cockrell, desprovista de su anterior son de bravata. El oficial avanzó un paso y, un instante más tarde de lo debido, Justin se dio cuenta de que no se estaba rindiendo y de que, a pesar de lo que había dicho, tenía una pistola en la mano, amartillada y apuntándole al pecho.
—Si me ahorcan —escupió con veneno—, ¡me aseguraré de llevarte al infierno conmigo, «capitán» Broome!
—¡Cuidado, Broome! —exclamó Fortescue—, ese cerdo está armado, ¡déjamelo!