Capítulo 7 #5
—Sí, lo compró hace poco. —De nuevo Justin entró en detalles.
— A Cockrell le molestaba que el señor Lord me hubiera dado el mando.
Es mayor que yo por varios años y tiene el título de navegante.
Puedo entender que esté resentido conmigo, pero, en nombre del cielo, ¡eso no justifica lo que ha hecho!
Dutch Holland era un tipo decente. —Al recordar el rostro magullado y sangrante de Dutch Holland, inhaló con fuerza.
— Solo puedo suponer —continuó rotundo— que la intención de Cockrell es quedarse con el barco.
Podría llevarlo de vuelta a Sídney, por supuesto, pero no creo que lo haga, porque Lord no le dará el mando.
De haber sido esa su intención, se lo habría dado a él en vez de a mí.
—Es una suposición razonable —convino David Fortescue, y sonrió de repente—. ¡Y pensar que, cuando te vi traer el Dolphin, pensé en pedirte que me dieras pasaje a Sídney!
Justin le miró con pesar.
—¿Podrían condenarme con pruebas aportadas por un hombre como Cockrell?
—Me temo sí, en caso de que Cockrell juegue bien sus infernales cartas. Pero, si se llevara tu barco… —El soldado se levantó, todavía sonriente, y puso una consoladora mano en el hombro de Justin.— Si robara tu barco, hasta ahí habrían llegado tus problemas, ¿verdad?
—Sí, tal vez.
David Fortescue fue hacia la puerta de la celda.
—Haré todo lo que pueda para ayudarte —prometió—, y también haré que te envíen comida.
Come y trata de dormir un poco… Volveré por la mañana para informarte de lo que esté ocurriendo.
Finch me mantendrá informado. Y me imagino que el juez vendrá mañana a tomar tu declaración.
—Gritó al carcelero y este, refunfuñando, acudió a abrir la puerta de la celda.
Justin vio cómo cambiaba de mano una moneda.
Pocos minutos después, el carcelero estaba de vuelta con un vaso lleno de ron en la mano. Le aseguró que le darían de comer en media hora.
A pesar de las nuevas atenciones, Justin pasó una noche inquieta e incómoda. Su ansiedad era demasiado aguda para permitirle dormir.
A la mañana siguiente, poco después del desayuno, el teniente Fortescue ya estaba de vuelta.
—Te traigo las mejores noticias posibles, mi joven amigo —anunció radiante—.
¡La tripulación hizo desaparecer tu barco durante la noche!
Pero hay algo mejor: el cocinero huyó y ha corroborado tu relato de lo que causó la prematura muerte del contramaestre.
Tus problemas han terminado, mi querido Broome: solo tendrás que completar unas pocas formalidades y quedarás libre, sin la menor mancha en tu expediente.
A Justin le dio un vuelco el corazón. Balbuceó sus agradecimientos, incapaz, al principio, de creer lo que había sucedido. Esa pesadilla había terminado, pero…
Se encontró con la mirada sonriente del teniente Fortescue y dijo con gravedad: —Fortescue, tengo que recuperar mi nave. Tengo que ir tras ellos.
La sonrisa de David Fortescue se desvaneció.
—Suponía que esta sería tu reacción —respondió, con la misma gravedad—. Tendrás que ir a ver al gobernador. Vamos a necesitar ayuda.
—¿Vamos? —repitió Justin. —No tienes ninguna obligación. Es algo muy bueno de tu parte, pero ya has hecho más de lo que tengo derecho a pedirte, y…
—Quiero un pasaje a Sídney en el Dolphin —le recordó Fortescue—. Con mil demonios, no tengo el menor deseo de seguir pudriéndome por más tiempo en este inhóspito lugar, y, además…, tengo a la joven más adorable esperándome en la ciudad de Sídney. Nos vamos a casar, ya sabes.
«Abigail», pensó Justin, con una punzada de celos.
Su hermosa e inalcanzable señorita Abigail…
Pero los resentimientos desaparecieron cuando David Fortescue prosiguió con entusiasmo: —Ya tenemos todo lo necesario para formar una partida de abordaje: mi barco y mis marineros.
El esquife lleva una vela de arrastre. Si el coronel Collins nos diera permiso para llevarnos a media docena de sus marinos, ese bribón, ¿cómo se llama?
, ¿Cockrell?, terminará ante la justicia y, con él, esa escoria que lo acompaña.
¿Qué me dices, maese Broome? ¿Me permites ganarme el pasaje?
—¿Qué puedo decir? —respondió Justin—. Solo puedo darte las gracias y decirte que sí, señor Fortescue.
—Bien —aprobó Fortescue—. Hablaré con el comandante de la marina y haré los arreglos para que veas a Su Señoría el teniente gobernador tan pronto como seas liberado.
No deberíamos estar a más de…, ¿cuánto?, diez o doce horas de esos canallas.
—Añadió con una sonrisa.— Nadie conoce este estuario mejor que yo.
No tendrán dónde esconderse. ¿Sabes usar un sable?
—Nunca lo he hecho —admitió Justin, también sonriente—. Puedo aprender, ¿no?
El último vestigio de su resentimiento se desvaneció.
Decidió que David Fortescue era un buen tipo, un hombre que bien podía convertirse en su amigo y que merecía una esposa del calibre de Abigail O’Shea.
En cualquier caso, era a él a quien Abigail había elegido y la elección le correspondía a ella, solo a ella.
Nadie, y menos él mismo, tenía derecho a cuestionarla.
Tres horas después o poco más, el esquife del Porpoise avanzaba a buen ritmo río abajo, con la vela de arrastre desplegada y el alférez Enoch Finch, voluntario sorpresa, al mando de cinco infantes de marina y un sargento, hombres que se habían unido al grupo de búsqueda con el permiso del coronel Collins.
—Viento del sudeste y virando —observó el teniente Fortescue. Desplazó la caña del timón hasta el extremo de la amura, lo que los llevó cerca de la orilla de la cala Front—. ¿Qué dices, Broome?, ¿echamos un vistazo a la bahía North?
Justin asintió con la cabeza.
—Cockrell anclará ahí para pasar la noche —dijo convencido—. Puede que lo alcancemos allí mismo.
*
La suerte los acompañó, junto con un fuerte viento de popa, una vez que salieron de la desembocadura del río.
Y, aunque una rápida inspección de la bahía North resultó infructuosa, avistaron su presa en el lado noreste de la bahía, justo cuando caía el crepúsculo.
Tenía las gavias desplegadas y no parecía darse prisa.
Fortescue lo estudió con el catalejo y anunció triunfante: —¡Se dirige a la isla Gull!
Al noreste hay un pequeño y bonito fondeadero de cuatro o cinco brazas que usan algunos cazadores de focas.
Hacia allí se dirige. Debe de haber recogido a algún hombre que conoce bien la zona, porque es el escondite más seguro que puedas encontrar.
Había sido, de verdad, una suerte haber encontrado el barco antes de que la oscuridad se lo tragara, pensó Justin. Miró hacia el cielo. Después de calcular que el anochecer llegaría en menos de media hora, se volvió hacia David Fortescue. Arqueó las cejas en una muda pregunta.
El teniente del Porpoise le sonrió con buen ánimo.
—Les daremos tiempo para que se tranquilicen, creo… Un par de horas, o quizá tres. Has dicho que eran bebedores, ¿no es así?
Justin asintió.
—La mayoría de ellos beben si se les da la oportunidad. Y, si se sienten bien escondidos, no veo a Tobias Cockrell renunciando a su copa nocturna.
—Bien —aprobó Fortescue. Volvió a llevarse el telescopio al ojo—. Hay otro pequeño islote frente al fondeadero. Lo llaman Southmouth. Podríamos tumbarnos allí mientras esperamos, y luego remar.
—¿Irnos sobre su popa con los remos silenciados?
—sugirió con entusiasmo el joven Finch. —Se aferró a la empuñadura de su espada, con los ojos brillantes de expectación.
— He servido en la Marina Real durante más de dos años y lo único que siempre he anhelado es participar es en un abordaje sorpresa.
¡Maldita sea, David, me alegro de que me hayas invitado a venir!
Me estaba desesperando de no ver nunca acción, después de todos los monótonos meses que he tenido que pasar en Hobart, vigilando a convictos despreciables y matando aborígenes.
—Dudó, y miró a Justin.— Supongo que Cockrell y su gente irán armados, ¿no?
—El Dolphin lleva media docena de mosquetes en el baúl —le dijo Justin—. Todavía tengo la llave, pero… —Se encogió de hombros.— No les será muy difícil abrirlo. Y Cockrell tiene una pistola.
—Entonces debemos suponer que están armados —fue la sobria observación de David Fortescue— y hacer nuestros planes en consecuencia.
—Dio una palmada amistosa en el hombro escarlata del alférez Finch y añadió en voz baja—: A pesar de tus ansias de ver acción, Enoch, confieso que espero que no hayan irrumpido en el baúl de las armas y que se entreguen sin derramamiento de sangre.
Pero estamos tratando con hombres que han participado en el asesinato de un compañero y que han cometido un acto de piratería al robar el Dolphin, así que…
—Suspiró.— Subiremos a bordo y los invitaremos a rendirse, pero, si deciden luchar, habrá sido su decisión, y entonces los forzaremos.
Tumbados a sotavento del pequeño islote que habían elegido, comieron de sus provisiones y acordaron el plan de acción.
Justin, que reclamaba sus privilegios como capitán del Dolphin, y debido a que conocía a la tripulación, debía encabezar el grupo de abordaje e instar a Cockrell a entregar el botín.
David Fortescue iría detrás, con Finch y sus infantes de marina en la retaguardia.
—No abráis fuego a menos que ellos lo hagan —les advirtió Fortescue—. Lo digo y lo repito: no queremos sangre, a menos que sea inevitable.