Capítulo 7 #4
—¡Recibirá su merecido, «capitán» Broome! —le gritó el oficial, en feo tono triunfal—. ¡Veré cómo lo cuelgan por lo que ha hecho, maldición!
Justin controló el impulso de replicar. Con los puños bien apretados a sus costados, simuló no haber oído la burla, si bien su corazón cayó en picado.
¿Era cierto que Cockrell deseaba su muerte, así como la del contramaestre Holland?
¿Acaso carecían todos de conciencia, incluso quienes habían trabajado tan bien durante la tormenta?
, ¿aquellos que habían seguido sus órdenes mientras el oficial merodeaba en su camarote, bebía licor y faltaba a su guardia y a su trabajo al timón?
¿Acaso no eran capaces de ver en Cockrell un villano sin principios?
Justin ahogó un suspiro. A su lado, en la bancada de popa, el oficial de la infantería de marina hizo un gesto altivo hacia la cubierta del Dolphin:
—Al parecer, no era usted un capitán popular, señor Broome.
—No —concedió Justin, con los labios apretados—. No busco popularidad entre granujas. Esas acusaciones son una sarta de mentiras, señor, le doy mi palabra. Cuando ocurrió el ataque, yo estaba durmiendo en mi camarote.
—Será su palabra contra la de ellos —le recordó el alférez—, a menos que el contramaestre viva lo suficiente para testificar a su favor.
Justin miró hacia el barco, con los nervios a flor de piel.
Había sido la primera nave bajo su mando y de pronto, por culpa de la banda de canallas que Simeon Lord había contratado para tripularlo, la había perdido.
Cockrell tenía el control, podía llevarla adonde quisiera, él…
Golpeado por un repentino destello de perspicacia, se volvió hacia el oficial que tenía a su lado.
—¿Puedo hacerle una sugerencia, señor? —preguntó con estudiada contención.
—Si es válida, desde luego, señor Broome —El alférez le miró con curiosidad—. ¿Qué es lo que desea sugerir?
—Que ponga un guardia en mi barco, señor, mientras yo esté retenido en su cárcel —le dijo Justin.
—¿Y por qué debería hacer algo así? Es a usted a quien tenemos que vigilar, ¿no?
El tono del joven oficial era tan arrogante que Justin perdió los estribos.
—Porque, ¡maldita sea!—replicó con aspereza—, ¡es probable que esos villanos roben la goleta si no lo hace! Por el amor de Dios, hombre, ¡debe creerme! Usted…
—Informaré de su sugerencia a mi oficial al mando, el teniente Lord —prometió el alférez—, por si sirviera de algo.
Pero, dado que esos «villanos», como usted se ha complacido en llamarlos, tendrán que prestar declaración jurada en su proceso …
, bueno, con toda franqueza, señor Broome, no creo que abandonen el puerto hasta que usted haya recibido lo que ellos se complacen en llamar «su merecido». No creo que sea necesaria una guardia.
Justin se sumió en un lúgubre silencio que el joven oficial de marina no intentó romper hasta que la lancha llegó al muelle principal.
Entonces, este, con toda cortesía, le dijo: —Tenga la bondad de bajar a tierra, señor Broome.
Deme su palabra de honor y lo escoltaré hasta la cárcel.
A su contramaestre, mis hombres lo llevarán al hospital sin demora.
Subieron a Dutch Holland al muelle con tanto cuidado como pudieron, pero uno de los marinos se inclinó sobre el cuerpo y exclamó con pesar: —Creo que ha muerto, señor.
Al menos, no respira, y… —Puso la oreja en el pecho del contramaestre, escuchó un momento y luego sacudió la cabeza.
— No oigo ningún latido, señor Finch, señor.
El alférez Finch se encogió de hombros.
—Entonces, la acusación será de asesinato, me temo —dijo a Justin. Explicó a sus hombres cómo debían deshacerse del cadáver y se volvió hacia Justin—. Tenga la amabilidad de acompañarme, señor Broome. Me imagino que los médicos informarán de la causa de la muerte a su debido tiempo.
Sin protestar, Justin recorrió con él la familiar carretera hacia el pequeño pueblo.
Las emociones contradictorias lo desgarraban.
Dutch Holland había sido un buen hombre y un marino de primera clase.
Lamentaba su muerte y, en particular, la forma en que se había producido, por lo que habría padecido Dutch.
Y también por sí mismo. Frunció el ceño.
Se preguntaba cómo podría refutar las acusaciones de Cockrell ahora que Dutch estaba muerto y ya no podía señalar a sus agresores.
Pero quizá, si el oficial no estaba al tanto de que su víctima había muerto, se llevaría el Dolphin a alta mar antes de que el juez de Hobart empezara con sus preguntas incómodas.
O antes de que alguno de los tripulantes sucumbiera al nerviosismo y huyera…
Justin suspiró frustrado cuando su escolta se detuvo frente a la cárcel.
La habían ampliado y mejorado desde su última visita, pero, al igual que la mayoría de los destartalados edificios de madera de Hobart, era un lugar improvisado.
Solo se distinguía por su patio rodeado de vallas y por el alguacil armado que se paseaba a la entrada.
Las formalidades fueron rápidas y superficiales.
Justin se encontró pronto encerrado en una pequeña celda, de la que, para su alivio, era el único ocupante.
No le ofrecieron comida. Sin embargo, apenas había tenido tiempo de acostumbrarse a su nuevo entorno cuando el carcelero le anunció que tenía una sorpresiva visita.
A la luz de la única vela parpadeante que iluminaba la celda, el visitante se reveló como un hombre alto, rubio, de rostro agradable.
Tenía unos veintitrés años y vestía uniforme naval. Entró sonriendo y con la mano tendida.
—¿Justin Broome? Acabo de enterarme que estabas aquí.
Soy David Fortescue. Abigail O’Shea me ha hablado de ti en términos muy elogiosos, así que pensé que debía venir de inmediato y averiguar si puedo ayudarte de alguna forma.
—Agitó la mano como un conocedor alrededor de los lúgubres confines de la prisión y sonrió un tanto irónico.
— Ocupé esta celda hasta hace muy poco. Ahora estoy en libertad condicional y comparto barraca con Enoch Finch, a quien, según puedo deducir, ya conoces.
Justin lo miró perplejo. Sabía quién era su visitante, por supuesto: David Fortescue era el hombre con quien Abigail pretendía casarse.
Pero… Preguntó inseguro: —¿Quieres decir que estuviste detenido?
¿No eras uno de los oficiales del Porpoise ?
¿Cómo se han atrevido a arrestar a un oficial de un barco del rey?
El alto David Fortescue descendió hasta sentarse en un baúl de mar volcado que hacía las veces de mesa.
—El barco de Su Majestad, el Porpoise, fue considerado como un navío enemigo durante la última parte de su demasiado larga estancia aquí —explicó—.
El coronel Collins le negó los suministros, incluso el agua.
Es de suponer que actuaba siguiendo instrucciones de la administración rebelde de Sídney.
Todos y cada uno de nosotros fuimos amenazados con ser arrestados si poníamos un pie en tierra.
—¿Y tú lo hiciste? —preguntó Justin—, ¿y te arrestaron de inmediato?
—Desembarqué con tres marineros por orden del capitán Porteous —respondió Fortescue con voz entrecortada y resentida—.
Teníamos que rellenar el último de nuestros barriles de agua antes de zarpar hacia Sídney.
El barco estaba anclado en el canal de D’Entrecasteaux y, por lo general, nadie nos daba problemas cuando bajábamos a por agua.
Pero tuve la mala suerte de encontrarme con un grupo armado que nos estaba esperando en el abrevadero.
Debían de llevar allí toda la noche, porque no les vi ni un pelo hasta que, ¡maldita sea, nos cayeron encima!
—Se encogió de hombros. —El Porpoise zarpó y Porteous no hizo nada por rescatarnos.
Levó anclas, izó velas y se alejó. ¡Qué cerdo tan despreciable! , ¡que le lluevan las maldiciones!
—¿Él sabía que os habían secuestrado? —preguntó Justin, aún perplejo.
—Estaba en cubierta, observándonos con su catalejo, querido amigo —afirmó el teniente Fortescue—. Sí, yo sabía que el comodoro tenía muchísima prisa por volver a Sídney; y, aun así, no creo que él hubiera dado la orden de zarpar.
—¿Cómo te llevabas con él?
—¿Con el comodoro Bligh, quieres decir? Ah, muy bien —Fortescue rio sin diversión—.
Y con la señora Putland, por supuesto, que es la más valiente y noble de las mujeres.
Pero el Porpoise no era el barco de la felicidad, Broome.
Si te llevabas bien con Bligh, Porteous y Kent te despreciaban.
No creo haber pasado en la mar un año más miserable que este último.
Pero… —Miró a Justin y se disculpó.— ¡Maldita sea, estoy hablando de mis problemas, y no de los tuyos!
Finch ha dicho que tu gente te ha acusado de asesinar a tu contramaestre.
Por el amor de Dios, Broome, tú no lo has hecho, ¿verdad?
—No —le aseguró Justin.
A instancias de David Fortescue, describió los acontecimientos que condujeron a su detención. Pudo ver cómo los ojos azules de su visitante se entrecerraban al final de su breve relato.
—¡A mí me parece un montaje donde los hubiera! —exclamó indignado.
—Estoy bastante seguro de que eso ha sido.
—Pero ¿con qué objeto? El Dolphin pertenece a Simeon Lord, ¿no es así?