Capítulo 7 #3
Avistaron el cabo Pillar al día siguiente, justo antes del anochecer.
Y al amanecer, luego de haber permanecido anclados en la bahía durante las horas de oscuridad, Justin ordenó volver a izar velas y, con una ligera brisa del suroeste, llevó su maltrecho navío río arriba hasta el fondeadero situado frente a la ciudad de Hobart.
Solo entonces se quitó las botas de mar, se despojó del chubasquero y subió con movimientos rígidos al catre que había sido del capitán Mason. Dejó al mando al contramaestre Holland, con instrucciones de aplazar el desembarco de la carga hasta la mañana siguiente.
—Para entonces ya habré recuperado el sueño perdido, Dutch —dijo—, y llevaremos el barco al puerto interior. Mientras tanto, será mejor que le pida a Cockrell nuestros manifiestos. Mañana a primera hora me ocuparé de que desembarque; siempre que se haya recuperado de su reciente malestar.
—¿Debo decirle eso? —preguntó Holland, con una sonrisa de malicia desvergonzada.
—Si usted así lo quiere. —Justin ahogó un bostezo.— No puedo mantener los ojos abiertos por más tiempo, así que déjeme dormir, ¿vale?
—Sí, sí, capitán Broome —reconoció el contramaestre.
Justin se dio cuenta, con un pequeño destello de placer, de que era la primera vez que un miembro de la tripulación del Dolphin se dirigía a él como «capitán».
«Señor Broome» había sido bastante respetuoso, pero…
Sus pesados párpados cayeron y se quedó dormido.
El despertar fue repentino. Al principio, mientras respondía perezosamente a una voz desconocida que lo llamaba por su nombre, pensó que debía de estar soñando, pues había dos infantes de marina de casaca escarlata montando guardia a la puerta de su camarote.
El hombre que estaba inclinado sobre él era un oficial del Cuerpo.
Hizo un esfuerzo por incorporarse.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó—, ¿qué quiere de mí?
—¿Usted se llama Broome? —preguntó el oficial—. ¿Es usted el capitán de este barco?
—Sí —confirmó Justin, todavía estupefacto por el súbito despertar. Repitió entonces su pregunta—. ¿Qué quiere de mí, señor? ¿Ha habido alguna irregularidad?
—De hecho, sí —le dijo el oficial de la marina con voz gélida—. Queda usted arrestado, señor Broome. Lo llevaré a tierra para que responda a cargos de naturaleza grave. Tenga la bondad de vestirse, por favor.
Justin se levantó a trompicones. Buscó la camisa y los calzones, pero estaba demasiado aturdido para recordar dónde los había puesto.
Solo encontró una bota de mar. El oficial recogió del suelo del camarote unas prendas húmedas y desechadas.
Con una expresión de desagrado en su joven y apuesto rostro, se las ofreció para que las inspeccionara. Las dejó caer de nuevo.
—Es de esperar que permanezca en la cárcel durante algún tiempo, señor Broome —observó—. Le aconsejo que vista ropa seca y una camisa limpia.
Justin siguió el consejo sin saber si estaba despierto o soñando. Estaba oscuro, se dio cuenta, pues uno de los infantes de marina llevaba una linterna, así que debía de haber dormido cinco o seis horas . Tal vez un poco más.
Mientras sus dedos entumecidos luchaban con los botones de su chaqueta azul, preguntó: —¿De qué se me acusa?
¿Puede decírmelo? Hemos llegado a puerto a primera hora de la mañana y no sé si he cometido algún delito; desde luego, ninguno que requiera que me internen en su cárcel, señor.
Maldita sea, no he descargado ningún cargamento. No…
El oficial de marina levantó una mano para hacerlo callar. Luego respondió con un tono más frío que aún: —En su momento, el ayudante del fiscal lo informará de los cargos que se le imputan. Mis órdenes son arrestarlo y escoltarlo a tierra. Si ha terminado de vestirse, acompáñeme a mi lancha.
Justin estuvo tentado de pronunciar palabras de indignación, pero se reprimió.
Nada ganaría, pensó con amargura, si intentaba discutir con el oficioso joven alférez.
El soldado tenía a otros dos hombres armados a sus espaldas y parecía convencido de que lo habían enviado a detener a un villano de la peor calaña, cuyo largo encarcelamiento en la cárcel de Hobart era una conclusión inevitable.
Lo más probable era que hubiera habido algún error por parte de los funcionarios del puerto; algo que, en cuanto el juez lo interrogara, él podría aclarar con bastante facilidad.
Quizás había infringido sin quererlo las normas de cuarentena, que siempre estaban siendo modificadas; o tal vez Tobias Cockrell no había presentado los manifiestos de carga cuando el contramaestre Holland fue a pedírselos.
Justin dobló una camisa limpia y la guardó en su bolsa de lona, junto con una muda de ropa interior y su navaja de afeitar. Hizo una rígida reverencia.
—Estoy a su servicio, señor —anunció, con toda la dignidad que pudo reunir—, pero confío en que usted me permitirá ceder el mando a mi contramaestre antes de que abandonemos el barco.
El oficial le dirigió una extraña mirada de sorpresa, pero no respondió a su petición.
Guiados por el marino que llevaba la linterna, con el camarada en la retaguardia y ambos con los mosquetes preparados, se dirigieron a la entrada del Dolphin.
Allí, Justin se encontró con una nueva sorpresa: tendido, medio cubierto por una manta empapada en sangre, estaba lo que, a primera vista, parecía ser el cadáver de Dutch Holland.
En la penumbra era difícil distinguir la naturaleza exacta de las heridas, pero la mirada horrorizada de Justin se fijó en una grave herida en la cabeza de la que aún rezumaba sangre.
Holland tenía la cara tan magullada e hinchada que apenas era reconocible.
Los ojos del contramaestre se abrieron de pronto y se quedaron mirándolo en lo que, por un momento, Justin interpretó como un reproche.
—¡Dios del cielo! —exclamó. Por instinto, se echó de rodillas junto al cuerpo tumbado—. ¡Está vivo! Mire, tiene los ojos abiertos.
—¿Le sorprende, señor Broome? —lo desafió el oficial de marina, con un tono áspero en la voz—. ¿Lo había dado por muerto?
—Me sorprende que usted no haya tenido a bien llamar a un médico para que viniera a atenderlo —respondió un Justin enfurecido—, o enviarlo a tierra al hospital. Por piedad, hombre, ¡podría morir aquí tirado! Necesita ayuda especializada.
—El médico de la autoridad portuaria ha declarado muerto al pobre hombre hace una hora —afirmó el alférez, menos seguro de sí mismo.
Miró a Justin con el ceño fruncido y evidente desconcierto, y luego se inclinó sobre Dutch Holland para escuchar con toda su atención—.
Todavía respira… Será mejor que lo llevemos a tierra en mi bote.
—Dio una orden a los otros dos hombres, quienes, sobresaltados, se colgaron los mosquetes y se prepararon para bajar al herido Holland al bote amarrado al costado.
—Tengan cuidado —suplicó Justin—. Déjenme echarles una mano. Usted…
Lo detuvo un brazo del alférez.
—¡No! —espetó este—. Apártese, señor Broome.
—¡Por el amor de Dios! —protestó Justin. Se volvió a mirar a su alrededor, pero la tripulación, en apariencia, había desaparecido. ¿Quién de ellos, era la amarga pregunta, había sido el autor de las heridas del pobre Dutch? O… Su boca se apretó. ¿Todos habrían tenido algo que ver?
El joven oficial de marina lo apartó a un lado.
—Está mostrando una extraña preocupación por este desafortunado —dijo acusador—; pero es un poco tarde para eso, señor Broome, ya que usted mismo lo golpeó hasta casi matarlo, ¿no es así?
—¿Que yo lo golpeé? —Justin apenas podía creer lo que sus propios oídos le estaban diciendo.
— ¿Usted cree que yo…? Por todos los cielos, ¿está loco?
Dutch Holland es el mejor hombre que tengo, el único en quien podía confiar de toda una banda de bribones.
—De repente, cayó sobre él la desagradable verdad.
Se abalanzó sobre el alférez, con fría furia en los ojos.
— ¿De eso se me acusa?, ¿de intentar matar a mi contramaestre?
El alférez se encaró con él. Su expresión era retraída y desdeñosa.
—Desde luego —afirmó, con convicción—. Hay una docena de testigos, incluido el oficial, el señor Cockrell, que están dispuestos a jurar que usted lo hizo.
Lo vieron, señor Broome. Cockrell fue quien avisó a la autoridad portuaria y esta llamó al médico.
Como resultado, ellos me enviaron a arrestarlo.
Y, ya que está tan ansioso por saber la naturaleza del cargo, tal vez sea asesinato, en caso de que muera su infeliz víctima.
Y, si no muriera, sería intento de asesinato.
—Señaló la lancha que los esperaba y a la que Dutch Holland ya había sido bajado.
— Así que, si es tan amable, suba al bote.
Ya hemos perdido bastante tiempo y estoy ansioso por alojarlo en la cárcel antes de que el carcelero jefe se vaya a cenar.
En un silencio rebelde, Justin hizo lo que le pedían.
Vio que en la borda de proa había un punzón manchado de sangre y que uno de los tripulantes lo estaba custodiando.
La ira le subió a la garganta y lo hizo sentir que se ahogaba.
Cockrell incluso les había entregado el arma para que la utilizaran como prueba en apoyo de sus sucias mentiras…
¡Hijo de puta! ¡El astuto canalla había pensado en todo!
Si aceptaban su versión, respaldada por otra docena de personas que estaban dispuestas a contar la misma historia, los magistrados de Hobart tendrían un caso fácil…
A menos que Dutch viviera lo suficiente para refutar las falsas acusaciones.
Por su aspecto, pobre diablo, parecía muy poco probable que sobreviviera al largo trayecto por el puerto exterior hasta la orilla, pero…
Justin se tensó cuando el proal soltó amarras y el barco empezó a alejarse.
Desde la cubierta del Dolphin lo miraban los rostros impúdicos de los tripulantes, borrones blancos en la creciente oscuridad.
Al frente de ellos, Tobias Cockrell se llevó un megáfono a los labios.