Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—El producto de una despreciable convicta, eso es.

—Cockrell estaba levantando la voz y la cortina se encorvó.

Eso hizo que Justin se detuviera una vez más, a tiempo para ver cómo el borde de la cortina volvía a su sitio.

No llegó a vislumbrar otra cosa que la mano que la había levantado—.

Es un maldito niño de la moneda. Así es como llaman a los de su clase en la colonia de Nueva Gales del Sur, ¡y no es un cumplido!

Fue grumete en el Investigator de Flinders, según me han dicho, y, con base en eso, el cerdo propietario le ha dado el mando de mi barco, ¡maldito sea!

Bueno, veremos qué clase de patrón resulta, ¡por Dios!

—No todos los convictos son malos —objetó uno de los hombres—. Carajo sea, señor Cockrell, a mí me cayeron siete años por sospecha de contrabando de unos barriles de brandy francés. Nunca pudieron probarlo, y, de todos modos, yo…

El compañero lo interrumpió.

—Es posible que encontremos un uso para tus talentos, Billy. —Rio con lo que parecía auténtica diversión.— Tal vez por eso te contrataron. Muy bien, muchachos, bebed, que tengo otra botella. Tráela de mi taquilla, Zac.

Justin ya no quiso oír nada más. Hirviendo de una furia apenas contenida, entró en su camarote de popa.

Era espacioso. El anterior capitán del Dolphin había dejado para su sucesor la mayor parte del mobiliario: un catre, dos sillones raídos pero cómodos, un armario para ropa planchada y una mesa de comedor con sillas.

Además, colocada delante de las ventanas de popa, había una mesa de cartografía.

Antes de subir a cubierta, Justin había extendido sus cartas sobre la mesa.

Junto a ellas había puesto una pluma, tinta e instrumentos de navegación listos para ser utilizados.

Sin embargo, al atravesar el camarote descubrió, con gran consternación, que el tintero se había volcado y que las cartas superiores estaban cubiertas de una mezcla de tinta roja y azul. Habían quedado casi indescifrables.

Era imposible que el tintero se hubiera volcado solo.

En la mesa había un hueco diseñado para mantenerlo en su sitio hasta en las condiciones meteorológicas más adversas.

Maldijo en voz alta mientras examinaba los daños.

Las dos cartas arruinadas habían sido el regalo de despedida de Matthew Flinders, cuando el explorador estaba a punto de emprender su último y malogrado viaje de regreso.

Aparte de que eran útiles, Justin las atesoraba con gran aprecio.

Esa destrucción malintencionada le dolía casi tanto como lo enfurecía.

Sin dejar de maldecir para sus adentros, intentó limpiar la tinta, aunque con malos resultados.

Tenía duplicados de las cartas de la zona, copias que él mismo había hecho, y estaban intactas.

Trazó el rumbo y puso al día el cuaderno de bitácora y su diario.

Poco a poco fue superando el sentimiento de indignación que lo embargaba.

No tenía pruebas y, por lo tanto, no podía acusar a nadie, aunque no dudaba de quién era el autor de ese ataque.

Decidió que esperaría su momento. Tarde o temprano, la malicia de Tobias Cockrell lo haría ir demasiado lejos.

Cuando eso ocurriera, que ese cerdo se fuera al demonio, porque él estaría listo para actuar.

El cocinero, un hombre de edad incierta, desaliñado y de ojos rasgados, respondió a su impaciente demanda de comida con un guiso aguado, muy condimentado y, por lo que a Justin se refería, incomible.

Una vez más, se encontró deseando que Cookie Barnes hubiera estado al mando de la cocina.

Por necesidad, tragó unos cuantos bocados, regados con un vaso de la sidra casera de su madre.

Aún tenía hambre cuando regresó a la cubierta.

La tormenta estalló justo antes de la medianoche.

Llegó anunciada por truenos, relámpagos y lluvias torrenciales.

Advertido con suficiente antelación por la caída del barómetro y un cambio del viento, Justin, prudente, recogió velas.

Sin las gavias y con un foque simple, el Dolphin se mantuvo pujante y manejable, a pesar del ominoso crujido de sus viejas maderas.

Las ráfagas del vendaval del poniente provocaban una mar de crestas blancas, iluminada por relámpagos casi continuos.

La lluvia azotaba la cubierta desprotegida, en tanto que los truenos retumbaban y resonaban en lo alto.

Al timón, Justin pronto estuvo empapado hasta los huesos.

Cada vez era más consciente del frío en el cuerpo y del dolor de sus miembros.

Con la cubierta agitándose y empinándose bajo sus pies, luchaba por mantener el barco estable contra las sacudidas del viento.

Pero, bajo las órdenes del contramaestre Holland, los hombres de la guardia trabajaban bien.

Obedecían cada mandato sin preguntar ni dudar; e incluso el cocinero, tambaleándose, subió a cubierta con una jarrita de cacao bien tapada, aderezada con una generosa cantidad de ron, y se la ofreció a Justin con una sonrisa congraciadora.

El oficial, sin embargo, no apareció. Puntual, la guardia de abajo salió a las ocho campanadas, envuelta en chubasqueros, pero Lucas, el timonel de relevo, estaba demasiado borracho para ser útil.

Entre maldiciones, Justin lo envió abajo con la rigurosa orden de que se presentara en cuanto estuviera sobrio.

No mandó llamar a Tobias Cockrell. Entonces Holland, sin que nadie se lo pidiera, ocupó el lugar del oficial en la cubierta.

—¿Asentará esto en la bitácora, señor Broome? —preguntó. Tuvo que hacer un megáfono con la boca para hacerse oír por encima del estruendoso rugido de la tormenta.

—¡Claro que sí! —Justin gritó furioso—, y no volverá a navegar conmigo. Lo desembarcaré en Hobart y ¡que se ponga a silbar en busca de otro trabajo!

Pasó la noche. La lluvia amainó, pero no el viento. Una masa de pesadas nubes oscuras ocultaba casi por completo el pálido resplandor acuoso del sol recién salido.

Justin permaneció al timón durante todo el día, pues no confiaba en nadie más que Holland para relevarlo.

La derrota que había trazado mantenía al Dolphin bien alejado de la costa; de ello se había asegurado antes de que estallara la tormenta.

Era muy consciente de los peligros que presentaba la desolada costa rocosa cuando el viento soplaba en esa dirección.

George Bass e incluso el experimentado Matthew Flinders habían estado a punto de sufrir un desastre cuando buscaban el estrecho que ahora llevaba el nombre de Bass.

Y él mismo, recordó, había estado a punto de perder el Flinders hacía tres años, después de haber salido de la bahía Storm en medio de un vendaval.

Bueno, el Flinders ya se había perdido, y bien perdido, pero eso no significaba que fuera a correr el riesgo de perder el Dolphin.

Simeon Lord no le había fijado ningún límite de tiempo ni había especificado la fecha en la que debía tomar puerto en Hobart, así que…

Si una travesía que, por lo general, duraba menos de una semana tenía que durar, por necesidad, el doble, él no tendría ninguna culpa que tragar.

Justin pasó el peso de una pierna a la otra.

Trataba de aliviar un poco sus cansados músculos, pero, al mirar la mar gris y agitada que rodeaba su barco, supo que no podía descansar.

Tobias Cockrell, el único navegante cualificado aparte de él, seguía en su camarote.

El oficial le había pedido a Fane que entregara un mensaje donde decía que se encontraba mal.

Era un texto insolente. Justin estaba convencido de que el oficial había decidido permanecer abajo con la intención de causarle tantas molestias como le fuera posible.

No cabía duda de que estaba bebiendo mucho.

Holland ya lo había informado de ello, mientras que Fane, interrogado, también lo había admitido.

El marinero le había ofrecido la poco convincente excusa de que el señor Cockrell tenía dolores y que solo el brandy podía mitigar su agonía.

No se lo podía despedir por ello, por supuesto; la enfermedad podía ser auténtica.

No había pruebas de que no lo fuera, pero…

Justin se acordó de las cartas de navegación dañadas y miró el cielo cada vez más oscuro.

Al llegar a Hobart, a Tobias Cockrell lo echaría de una patada en el culo.

Ya se lo había dicho a Dutch Holland: no volvería a navegar con ese hombre en ningún puesto, y menos como segundo del Dolphin, dijera lo que dijera el propietario de la goleta cuando estuvieran de vuelta en Sídney.

Se irguió con los pies bien plantados cuando el Dolphin se escoró de repente.

La goleta se sumergió de improviso en la depresión de una gran ola de cresta blanca.

Por un momento, la proa y la mayor parte del trinquete desaparecieron en las profundidades.

Justin hizo girar el timón y emergió de debajo de una cortina de rocío para subir con lentitud, casi a regañadientes, hasta la cresta.

Iba a ser una noche muy larga, pensó con cansancio, pero, a pesar de sus temores sobre el precario reacondicionamiento, el barco estaba en buenas condiciones y resistía.

Y, por Dios, la tormenta no podía durar para siempre.

De hecho, duró otras cuarenta y ocho horas.

Después, el viento viró hacia el sur y la mar fue amainando hasta quedar con un oleaje aceitoso.

El Dolphin se revolcaba como una ballena encallada, con las bombas de achique haciendo un ruido estrepitoso y las dos cubiertas inundadas.

Justin estaba tan agotado que apenas podía mantenerse en pie.

Cambió el rumbo, desplegó velas y, por fin, se dirigió a la bahía Storm y a la desembocadura del río Derwent.