Capítulo 7
Justin se hizo a la mar con su nuevo barco bajo un despejado cielo azul. Aprovechó una ligera brisa del oeste y dejó atrás el puerto Jackson. Cuando el viento se intensificó, viró hacia el suroeste mientras capeaba South Head.
A pesar de los muchos años de servicio del Dolphin y del hecho de que su reparación en los astilleros de Simeon Lord no había sido tan completa como Justin hubiera deseado, era un barco precioso de manejar.
Él ya lo quería con hondo amor cuando, a popa, los imponentes acantilados de la bocana empezaron a desvanecerse entre la bruma que provocaba el calor.
La tripulación no le gustaba tanto. Con la excepción del contramaestre, que era un hombre de voz tranquila y pelo canoso conocido como Dutch Holland, se trataba de convictos cuyas sentencias habían expirado y a quienes Lord había enrolado en Sídney, o bien, de desertores de otros barcos, que se presentaban bajo cualquier nombre menos el propio.
El oficial, Tobias Cockrell, había servido en la Marina Real hasta su deserción en Calcuta para, como él mismo había expresado con cinismo, mejorar transfiriéndose a un buque indianés.
En su primer viaje había ascendido de marinero certificado a cuarto oficial.
Justin tenía que reconocer que era un marinero de primera, con quince años de diversas experiencias a sus espaldas.
Hombre ronco, de cejas negras y taciturno, desde el principio había dejado claro que estaba resentido por el nombramiento de Justin como capitán del Dolphin.
Manifestaba su animosidad en forma de rudeza y una arbitraria negativa a obedecer órdenes.
La tripulación estaba con él. El hombre ya había tenido el barco bajo su mando y, en ese tiempo, ellos le habían brindado toda la lealtad necesaria.
Pronto, empero, se hizo evidente que no le guardaban respeto.
Justin sospechaba que algo ocurrido durante la travesía desde Otaheite había despertado esa difidencia.
Era consciente de que, por desgracia, su propia juventud lo traicionaba, tanto a los ojos de los marinos como a los de Cockrell.
Era un muchacho imberbe y, por algún capricho inexplicable del propietario del Dolphin, lo habían puesto al mando de gente que le doblaba la edad.
Solo poseía una ventaja, en la opinión de ellos, y era su larga familiaridad con las aguas costeras, que, para Tobias Cockrell en particular, eran casi desconocidas.
El oficial solo había entrado una vez en el puerto Jackson y nunca había salido de ahí con un barco.
Mientras navegaban cerca de la isla Pinchgut, a la espera de que amainara la brisa, había demostrado su ignorancia al gritar una retahíla de órdenes contradictorias y al maldecir airado cuando veía que no podían ser obedecidas.
Justin estaba al acecho de su oportunidad.
Tomó el timón para aprovechar la brisa y la corriente con la habilidad de una larga práctica y consiguió poner el barco en marcha y…
Sonrió para sus adentros. Dutch Holland había sido, tal vez, el único lo bastante marino como para darse cuenta de que las bravatas de Cockrell podían haberlos hecho perder varias horas.
Como resultado de una de esas inoportunas órdenes, también se habrían perdido la mejor de sus anclas y la mayor parte de la cadena.
El contramaestre se acercó y se ofreció a relevarlo del timón. La sonrisa de Justin se hizo más amplia.
—Gracias, señor Holland —reconoció—, pero, en realidad, este no es su trabajo, ¿verdad?
—Ni del patrón del barco tampoco, señor Broome…, según el compañero, quiero decir.
Justin se encontró con la mirada oscura e inescrutable de Holland, pero se hizo el desentendido de lo que implicaban las palabras.
—¿Tenemos algún timonel competente a bordo?
El contramaestre negó con la cabeza.
—Lucas y Fane son bastante eficientes con buen tiempo, señor, pero no confiaría en ninguno de ellos si la cosa se pusiera fea.
—Como me temo que va a ocurrir. —Justin señaló el cielo del sur, gris y lleno de nubes descendentes.
—Sí, he notado que el barómetro descendía antes de que leváramos anclas —confirmó el contramaestre—.
Pero el viejo Dolphin es un barco de mal tiempo.
He hecho algunas malas travesías aquí bajo las órdenes del capitán Mason.
—Entró en detalles de sus recuerdos e incluyó breves pero gráficas descripciones de un tifón en la mar de China y un vendaval entre los arrecifes de coral de Tonga Tabu.
Su rostro arrugado era, por fin, expresivo mientras hablaba del antiguo capitán de la goleta con algo parecido al temor.
— El viejo Taffy Mason la conocía como la palma de su mano y siempre le sacaba lo mejor.
Perdió algunos mástiles y raspó el fondo en el coral una o dos veces.
Nunca usó un piloto en las islas, porque creía que sabía más que cualquiera de ellos.
Y casi siempre era verdad. —La sonrisa de Holland era irónica.
— Amaba el Dolphin, señor Broome, como si fuera suyo.
Y lo fue durante doce años… Antes había estado aquí como oficial, solo que en aquellos días se llamaba el Dragon.
Ha sido el Dolphin durante quince años y fue el Dragon por otros nueve o diez.
Así que el barco era aún más viejo de lo que le habían hecho creer, pensó Justin, y eso explicaba algunos de los defectos que encontró durante el carenado. Pero el señor Lord había rechazado sus anotaciones…
—¿Por qué renunció el capitán Mason? —preguntó con curiosidad.
Era como si Dutch Holland se hubiera puesto una máscara sobre el rostro escarpado y curtido por la intemperie.
—Tenía sus razones —dijo con recelo.
—¿Era el señor Cockrell una de ellas? —Justin sugirió.
—Es posible. Pero Taffy Mason no era joven, y tenía mujer e hijos en Tonga. Juzgó que era el momento de retirarse e ir a vivir con ellos, supongo.
—¿Eso fue todo, señor Holland?
—Bueno…. —El contramaestre apretó sus fuertes dedos marrones contra los radios de la rueda.
— Tal vez no, señor Broome. No le gustaba mucho el nuevo propietario.
Hizo dos viajes para él y eso le bastó. Su tipo de comercio…
, verá, su modo de hacer las cosas era diferente.
—Vaciló y luego, animado por el silencio de Justin, preguntó en voz baja—: ¿Qué lo hizo firmar como capitán?
—Una oferta que no pude rechazar.
—Esto está reemplazando el cúter que ha perdido, ¿verdad? —Era una suposición astuta. Justin asintió.— Me lo imaginaba —observó Holland—. La oferta debía ser muy buena para que usted se hiciera cargo del Dolphin, porque habrá mucho trabajo. Pero supongo que ya lo sabía.
—Sí, lo sé —admitió Justin, y pensó de nuevo en Tobias Cockrell y en la hosca y rufianesca tripulación que el señor Lord le había encomendado.
También estaban los alquileres interrumpidos y las prisas, con Lord quejándose del gasto y reiterando su deseo de que la goleta se hiciera ya a la mar y empezara a ganarse el sustento.
—Trato de no meterme en líos —dijo Holland.
Se pasó de un lado a otro de la boca el bulto de tabaco que estaba mascando y escupió con pericia hacia los imbornales de sotavento—.
Pero cuente conmigo si necesita que le eche una mano, señor Broome.
No me gustaría ver a un buen joven como usted perder la compostura, ya me entiende.
—Gracias, señor Holland —contestó Justin con sinceridad.
Daba por sentado que el contramaestre se refería a cualquier futura amenaza a su autoridad que Cockrell decidiera ofrecer.
Podía sentir que el viento estaba refrescando y que los bancos de nubes del sur prometían lluvia; fuerte, tal vez, si bajaban más, pero el barco navegaba libre y avanzaba a buen ritmo.
Era evidente que Dutch Holland podía manejarlo en ese momento.
—Tengo trabajo que hacer en mis cartas —añadió.
No por primera vez aquel día, deseaba que Cookie Barnes hubiera estado lo bastante en forma como para apuntarse con él.
Pero el hombrecillo no se había recuperado de la larga inmersión en el oleaje de South Head.
Aunque ya había salido del hospital, apenas podía andar.
Una clavícula rota, sumada a graves contusiones y laceraciones, lo habían dejado casi tullido.
—Lucas está de guardia abajo —continuó Justin—, él podría relevarlo.
—Sí, sí —reconoció el contramaestre—, hasta que arrecie ese viento del oeste. Ha virado un poco mientras hablábamos. Aun así, no creo que tengamos mucho de qué preocuparnos antes de la mañana. El oficial se lo estará tomando con calma, ¿no es así, señor Broome?
Había puesto a Tobias Cockrell en la guardia central, recordó Justin, y frunció el ceño, pues la hosca reacción del oficial aún le escocía.
—Sí —afirmó—, yo le he dado órdenes de que lo hiciera.
—Echó un vistazo a la bitácora y, de ahí, a la tierra cubierta de niebla a sotavento.
En su derrota actual, el Dolphin se estaba alejando de esa costa…
Mejor así, pensó, por si los atacaba un vendaval del oeste.
— Vamos bien así —le dijo a Holland—. Llámeme si ve una borrasca.
En su descenso a la cubierta inferior, llenaron sus oídos ruidos de juerga y risas de borrachos.
Los sonidos, que procedían del camarote del oficial, aumentaron como si Tobias Cockrell hubiera percibido su presencia.
Enfadado de pronto, el marinero se detuvo ante la puerta de cortinas.
Justin vaciló por un momento, pero siguió adelante, decidido a que no tenía sentido provocar al hombre.
Era su guardia abajo. No estaría de servicio hasta la medianoche y, siempre que llegara sobrio al relevo en la cubierta, estaba en su derecho de tomarse una copa en su propio camarote.
Y más si, como era evidente, había decidido compartir su licor con alguno de los marineros que no estaban de servicio.