Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

Habría sido una grosería rechazar una súplica tan apabullante. Arrepentida al instante de haber perdido los estribos, Mary volvió a sentarse. Tendió la mano para que le llenaran la taza.

—Me gusta esta veranda —observó en tono agradable la esposa del nuevo gobernador—. Tiene una vista espléndida de la ensenada y el fondeadero. Y me gusta sentarme aquí a ver los barcos ir y venir. Mire, ahora zarpa uno del muelle del señor Lord. Es una goleta mercante, ¿verdad?

Mary se volvió para seguir la dirección de la mirada de su anfitriona.

—Sí —confirmó—, es la goleta Dolphin, señora Macquarie. Pertenece al señor Lord. A menudo he visto ese barco en el Derwent durante el último año.

Qué ironía, el Dolphin era uno de los comerciantes de ron de Simeon Lord, al que la administración rebelde de Foveaux permitía llevar cargamentos ilícitos sin permisos ni trabas.

El propio Lord era uno de sus partidarios, y el ron que enviaba al río Coal y a la Tierra de Van Diemen se lo compraba al sindicato del Cuerpo, con pingües beneficios para ambos.

Estaba a punto de mencionarlo, pero se apresuró a cambiar de opinión cuando Elizabeth Macquarie hizo un comentario inocente: —Mi marido está muy impresionado por el señor Lord.

Lo pone como ejemplo de lo que un hombre que llegó aquí como convicto puede conseguir después de haberse ganado la libertad.

Tiene la mejor casa de toda la ciudad de Sídney, ¿verdad?

Y el Dolphin no es el único barco que posee.

—Puso una mano sobre la de Mary, al otro lado de la mesa, y añadió entre sonrisas—: Lachlan está ansioso por acabar con la discriminación que impide a cualquier emancipado, por rico y trabajador que sea, recuperar un lugar en la sociedad; o de ejercer la autoridad.

Está pensando en recomendar que hombres del calibre del señor Lord sean nombrados magistrados civiles.

Asqueada de pronto, Mary permaneció en silencio. Era poco lo que podía escuchar mientras Elizabeth Macquarie seguía hablando.

El coronel Lachlan Macquarie tendría que aprender la lección que su padre tenía tan bien asimilada, reflexionó con infinita tristeza.

Se encontró rezando para que, en el aprendizaje, no sufriera las mismas consecuencias.

Tal vez era un buen hombre, amable y bienintencionado, como, sin duda, lo era su esposa.

Al menos, tendría un regimiento leal a sus espaldas para imponer su autoridad y proteger su vida.

Cuando el coronel O’Connell la llamó para acompañarla a la calle Pitt, diez minutos más tarde, se despidió de la señora Macquarie con una sensación de alivio.

Se separaron como amigas, demorándose en sus despedidas.

Luego, mientras Mary caminaba al lado de su anfitriona hacia la puerta y hacia una multitud que ya se dispersaba, Maurice O’Connell dijo con aprobación: —Le ha caído bien a Elizabeth, y es evidente que ella la ha dejado entrar en su corazón, señora Putland. Me alegro mucho.

Mary lo miró un poco insegura, consciente de la proximidad del hombre y de la cálida presión de sus dedos en su brazo.

No solo era guapo, decidió, era un hombre muy atractivo.

En su compañía, podía relajarse un poco, olvidar el freno que, con la mayoría de los demás, tenía que poner a su lengua.

Incluso podría reír de nuevo sin importarle lo que pensara la gente.

Ella le sonrió con los ojos brillantes. Se sinceró y dijo: —Sí, coronel O’Connell, me ha simpatizado mucho. No hemos podido evitar las contradicciones en ciertos asuntos, pero nuestra futura relación no tiene por qué resentirse.

—Ojalá pudiera decir lo mismo de Su Excelencia su padre y de Su Excelencia mi comandante —observó O’Connell, con un tono escéptico que la cogió por sorpresa.

La sonrisa de Mary se desvaneció al instante.

—¿No están de acuerdo? —preguntó consternada.

Él sacudió la cabeza.

—Por desgracia, no. Solo puedo compararlos con dos púgiles que se preparan para una pelea a puño limpio.

Foveaux no ha ayudado, desde luego, pero no creo que hubiera tenido ninguna intención de ayudar.

Incluso el pobre Paterson se las ha ingeniado para echar leña al fuego.

Quizá no ha sido adrede. Señora Putland…

—El alto y joven coronel hizo un alto y se quedó mirándola con gravedad.

— ¿Puedo proponerle que formemos una alianza, usted, Elizabeth Macquarie y yo, con el objeto de lograr la paz?

Mary abrió los ojos de puro asombro.

—¿Una alianza, señor? No lo entiendo.

Sin prestar atención a los centinelas, Maurice O’Connell le cogió ambas manos.

—Usted ejerce una influencia considerable sobre su padre, en tanto que Lachlan, aunque parezca que no, escucha a su esposa.

Si yo actuara como…, ¿cómo podríamos llamarlo?

, ¿oficial de enlace entre ustedes?, creo que sería posible asegurarnos de que se haga plena justicia a su padre sin ninguna pérdida de dignidad para mi querido superior. ¿Qué dice?

La vacilación de Mary fue breve.

—Digo que sí, coronel O’Connell —respondió encantada—, ¡y gracias!

Él levantó las manos de Mary, una después de la otra, se las llevó a los labios y dijo dócil: —¡Que nuestra alianza dé frutos, querida señora!