Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

—¿Puedo sugerirle, quizás —le ofreció con timidez—, que usted y el comodoro Bligh cenen conmigo esta noche en lugar de hacerlo en la Casa de Gobierno?

Como le he dicho antes, seremos vecinos cercanos.

Yo también tengo una casa en la calle Pitt y me sentiría más que honrado de agasajarlos, a usted y a su padre, Su Excelencia.

—Vio que Mary fruncía el ceño, así que añadió, aún sonriendo—: No pretendo ofender a los Macquarie, mi querida señora Putland, créame; pero, como es probable que el coronel Foveaux esté presente en la Casa de Gobierno, se me ha ocurrido que…

, bueno, ¡que mi compañía y la de Henry Antill, su primo, podría ser preferible, dadas las circunstancias!

—Así sería —respondió Mary, sin vacilar—. ¡Claro que sí, así sería!

—Entonces le explicaré a Elizabeth Macquarie que tenían un compromiso previo —dijo O’Connell—. Ella lo entenderá, créame.

Le soltó el brazo cuando estaban cerca de la solitaria figura de la esposa del nuevo gobernador. Entonces Mary, tras un breve intercambio de cortesías, se dio cuenta de que, tal como él había vaticinado, la esbelta mujer de ojos azules y chal de tartán le había caído simpática al instante.

Elizabeth Macquarie le tendió la mano.

—Caminemos un poco —la invitó— mientras los militares continúan con sus ceremonias. Estoy segura de que podrán seguir con lo suyo sin nosotras.

Después de una digna reverencia, dio la espalda al grupo con el que había estado antes. Enseguida, se llevó a Mary lejos del muelle, con la sombrilla en la mano para protegerlas a ambas del rabioso sol.

Atravesaron las puertas de la Casa de Gobierno ante unos centinelas que se habían puesto en guardia de solo verlas acercarse.

Luego, con un apologético «permítame, si es tan amable», Elizabeth Macquarie la condujo a la sombreada veranda que Mary conocía tan bien.

Dio a una criada guapa y morena que las esperaba allí órdenes de que sirviera el té, y entonces se sentó con un suspiro de alivio.

Señaló a su invitada una silla frente a la suya.

El té llegó enseguida y, mientras se lo servían, Elizabeth Macquarie habló.

Su tono aún sonaba a disculpa: —He pensado que una charla podría servirnos a las dos para…

, bueno, para superar cualquier dificultad social que pudiera surgir.

Ahora bien, si usted prefiere que no hable de ello, señora Putland, por supuesto que no lo haré.

Mary movió la cabeza de un lado al otro.

Apreciaba la franqueza de su anfitriona, quien, por ello, le caía cada vez mejor.

Tras un breve silencio, prosiguió: —No conozco los porqués de la situación de su padre, debo confesarlo.

Solo he oído una parte, así que no estoy en condiciones de hacer comentarios, siquiera, y menos aún de juzgar.

En cualquier caso, es un asunto que mi marido y el comodoro Bligh deben resolver entre ellos, ¿no es así?

—Sí —convino Mary—, así es, señora Macquarie, sin duda.

Pero yo… —Se interrumpió, pues no se sentía segura de cuánto debía atreverse a decir, incluso a esta mujer bienintencionada y, a todas luces, comprensiva.

—El coronel O’Connell me acaba de decir que usted ha estado enferma hace poco.

No quiero molestarla si aún no se ha recuperado.

—No es nada. Estoy un poco débil, eso es todo…

¡Y no podría haber aguantado mucho más tiempo en el muelle, con este sol abrasándome!

—Elizabeth Macquarie tomó un sorbo de té y, sonriente, añadió—: Maurice O’Connell, que es el tacto personificado, me ha advertido que aquí hay ciertas personas con las que usted preferiría no tener roces sociales, incluidos algunos de nuestros invitados de esta noche.

—Sí, así es —respondió Mary sin rodeos.

—¿Así que usted y el comodoro no cenarán con nosotros? —quiso saber la señora Macquarie.

—No, es… El coronel O’Connell nos ha invitado y ya he aceptado. Me ha asegurado que usted lo entendería.

—¡Oh, sí, querida señora Putland, sí! Aunque…

—Mary sintió que Elizabeth Macquarie la miraba y apartó de inmediato los ojos.

No quería ofenderla, pero estaba decidida a no responder a la súplica de sus francos ojos azules.

— Mi marido espera una reconciliación, un acuerdo mutuo para enterrar el pasado.

Sé que está dispuesto a actuar como mediador, en caso de que exista alguna posibilidad.

¿Una reconciliación?, pensó Mary, prendida por la ira.

¿Una reconciliación entre su padre y los traidores que habían tramado su caída?

, ¿los hombres que se habían levantado en armas contra él y lo habían mantenido prisionero allí, en esa misma casa, durante más de un año, sometido a todo tipo de tormentos y humillaciones?

Cierto era que el mayor Johnston y el architraidor, John Macarthur, habían huido a Inglaterra, pero los dos autodenominados tenientes gobernadores, Paterson y Foveaux, seguían ahí.

Al parecer, estaban ocupados en congraciarse con el coronel Macquarie.

No cabía duda de que también pretendían envenenar su mente mintiendo sobre la administración de su padre.

¿No habían hecho lo mismo con el coronel Collins?

Miró a su alrededor, mientras volvían a inundarla los amargos recuerdos.

En la habitación que tenía a sus espaldas colgaban los retratos del rey y la reina.

Su padre los había velado para que no contemplaran a los miembros de la administración rebelde mientras él se veía obligado a negociar.

Y… Sintió un nudo en la garganta. En esa misma veranda en la que estaba tomando el té, el mayor Johnston y el capitán Abbott habían puesto sus violentas manos sobre el legítimo gobernador y lo habían arrastrado por la fuerza hasta la calle.

Ella había corrido tras ellos hasta la puerta del cuartel del Cuerpo, donde intentaban confinarlo.

Respiró hondo, temblorosa, y dijo con un tono rígido: —No hay posibilidad de reconciliación, señora Macquarie. Los oficiales del Cuerpo son traidores. Mi padre está decidido a hacerlos juzgar junto con su comandante, el señor Macarthur y los funcionarios civiles que apoyaron la rebelión.

—Ya veo —reconoció la señora Macquarie con evidente decepción—. ¿No existe la más mínima posibilidad de convencer a su padre para que cambie de opinión? ¿No podría usted persuadirlo?

—No hay ninguna posibilidad —respondió Mary, sin vacilar—.

Y ni siquiera intentaría persuadirlo. —Dejó la taza con una mano temblorosa.

— Lo siento. Quizá debería irme, señora Macquarie.

Suponía —añadió, dominada por la cólera— que usted y el coronel Macquarie conocían a la perfección las razones que llevaron a la Oficina Colonial a ordenar la restitución de mi padre como gobernador y su regreso aquí.

Pero, si todo lo que usted ha oído ha venido de la boca del coronel Foveaux, y si ha creído en lo que él le ha dicho, poco puedo expresar para convencerla de lo contrario.

Salvo, tal vez… —Se levantó, todavía indignada.

— Salvo que mi padre lo considera tan culpable de traición como aquellos que serán juzgados y condenados por lo que hicieron.

El coronel Foveaux apoyó esas acciones, señora Macquarie. Él…

—Por favor, siéntese, señora Putland —suplicó Elizabeth Macquarie—.

No hay ninguna razón por la que usted y yo no podamos ser amigas.

Con toda sinceridad, me encantaría contar con su amistad; he oído hablar mucho de usted y he estado deseando conocerla en persona desde el primer momento en que oí su nombre.

—Señaló la silla que Mary había dejado libre y cogió la tetera.

— Permítame servirle otra taza de té. Hablemos de otros asuntos y dejemos para los hombres lo que ellos se complacen en llamar política, ¿no?