Capítulo 6 #3
—Todo está preparado, Su Excelencia —anunció con impecable cortesía—. Si usted y la señora Putland desean desembarcar ahora mismo, Su Excelencia el coronel Macquarie y su esposa están deseando darles la bienvenida.
—¿Dónde, señor, nos vamos a alojar? —preguntó Bligh cuando estuvieron sentados en la barcaza.
Mary pensó con tristeza cuán acostumbrado estaba su padre a los desaires de la burocracia, de tantos que había sufrido en los últimos meses.
El coronel Collins, desde la flagelación de su hijo, se había vuelto aún más hostil de lo que había sido antes de la tonta escapada de borrachera del muchacho.
Había negado al Porpoise y su compañía las instalaciones del puerto, bastante primitivas, por cierto, bien lo sabía el cielo.
Además, había rechazado las peticiones de reparar con urgencia el casco agujereado del barco e incluso había llegado al extremo de ahorcar a un miserable colono que, en contravención a sus órdenes, había suministrado agua y carne fresca a los tripulantes.
Mary recordó que el coronel Collins no había cedido ni siquiera cuando, en un despacho que le llevó el carguero Albion, se enteró de que el secretario colonial había decidido redimir el honor de su padre devolviéndole el cargo de gobernador por un plazo de veinticuatro horas.
El Porpoise había tenido que abandonar el Derwent y hacerse a la mar en un estado tan lamentable que fue poco menos que un milagro que llegara a Sídney.
Había que dar gracias a las bondades del buen tiempo, algo inusual en esas mares.
Pero ya estaban allí. Por fin se iba a hacer justicia a su padre.
Por fin se repararía el daño y se pondría fin a la pesadilla de dos años que el comodoro se había visto obligado a soportar.
Quedaría del todo justificado el argumento de que no podía abandonar su puesto salvo bajo las órdenes del gobierno de Su Majestad.
Mary miró con orgullo a su padre. Luego se quedó esperando, con cierta ansiedad, la respuesta del coronel O’Connell a la pregunta que le acababa de formular.
Estaba claro que no podían esperar volver a la Casa de Gobierno.
El nuevo gobernador había llegado a la colonia el primero de enero.
Era diecisiete; él y su esposa ya estarían instalados allí.
No se les podría pedir que se trasladaran a otro lugar por solo veinticuatro horas.
Maurice O’Connell se encontró con la mirada aprensiva de Mary y le obsequió una sonrisa cálida, con clara admiración.
—Para alojar a Su Excelencia, tenemos preparada una casa en la calle Pitt —dijo—.
Señor, creo que la encontrará cómoda y adecuada a las necesidades de Su Excelencia, y eso es lo que espero.
También se ha preparado una guardia y se han contratado sirvientes.
Y, señor, Su Excelencia el coronel Macquarie consideraría un honor que usted y su hija cenaran con su esposa y él esta noche en la Casa de Gobierno.
Mary sabía, por su larga experiencia, que la señal de asentimiento de su padre no significaba ningún compromiso, pero el coronel O’Connell no pareció notar nada raro.
—Seremos vecinos cercanos —dijo con satisfacción—. Y, mi querida señora Putland, si hay algo que pueda hacer por usted, le aseguro que bastará con que me lo pida.
Sin ninguna razón que pudiera explicar, Mary se ruborizó bajo la mirada del militar.
Durante gran parte del último año había vivido a bordo del Porpoise, rodeada solo de hombres.
Se preguntaba por qué, en compañía de Maurice O’Connell, sentía una inclinación tan fuerte a comportarse, si no como una jovencita, sí como cabría esperar de una viuda de veintisiete años.
El aspecto del coronel era llamativo, por cierto, y tenía todo el encanto que hacía famosos a los irlandeses, junto con un ingenio rápido y un impresionante porte militar.
No se podía negar lo agradable que resultaba ser objeto del interés y la admiración de un oficial tan apuesto, así que ella, con sinceridad, le agradeció el ofrecimiento de servirla.
De hecho, reflexionó con amargura, la actitud de O’Connell contrastaba con la poco disimulada hostilidad del capitán Porteous, tanto hacia su padre como hacia ella, beligerancia que nunca había sido tan evidente como durante el corto viaje de regreso a Sídney.
Y allí estaba el teniente Kent, todavía bajo arresto oficial, a la espera de su consejo de guerra.
Ella estaba convencida de que, con él, el comandante del Porpoise había planeado y ejecutado el supuesto accidente que había dejado atrás, en Hobart, al pobre y joven teniente Fortescue el día en que el barco levó anclas.
Mary suspiró. David Fortescue era leal al comodoro; demasiado leal, quizá, desde el punto de vista del capitán.
John Porteous sabía, como todo el mundo, que al joven lo esperaba en Sídney una novia con la que tenía planes de casarse a su regreso: una chica llamada Abigail O’Shea, joven viuda, igual que ella, cuyo marido, oficial del Cuerpo de Nueva Gales del Sur, había muerto en trágicas circunstancias muy poco después de la boda.
La chica se había quedado con un hijo prematuro y una gran propiedad en el Hawkesbury.
David y el joven Rick Tempest, hermano este de la señora O’Shea, habían hablado a menudo de ella, pero en ese momento…
Mary se armó de valor cuando la barcaza estaba a punto de amarrar en el familiar muelle del gobierno.
Debía olvidarse del Porpoise y de aquel infeliz año ya transcurrido y dedicar toda su atención a su padre, para quien el día de hoy sería toda una prueba.
La más dura, quizá, a la que jamás se hubiera enfrentado, incluyendo las batallas navales.
Su temperamento, siempre impredecible, no había mejorado.
Según él mismo admitía, tenía la mecha muy corta, y cualquier agravio, deliberado o involuntario, podía provocarle un arrebato.
Él no le había pedido su apoyo; era demasiado orgulloso para hacerlo, pero…
Mary alargó una mano para tocar la de su padre y, en señal de reconocimiento, fue recompensada con una sonrisa tensa.
Parecía mayor, pensó ella con pesar, más corpulento y menos seguro de sí mismo.
Su uniforme, como las velas del barco que los había llevado hasta allí haciendo aguas, estaba raído y manchado de sal.
El trenzado dorado y las vueltas de los puños habían perdido el lustre.
La muchedumbre que lo esperaba notaría las diferencias, a pesar de la estudiada dignidad de su porte y de la apariencia de calma que había asumido para poder enfrentarse a todos de nuevo…
y para saludar a su sucesor en público y sin rencor.
La tripulación de la barcaza agitó los remos con elegancia. La banda del regimiento del nuevo gobernador tocó God Save the King con pífanos y tambores mientras la guardia de honor se ponía en posición de firmes y presentaba armas.
El gobernador Lachlan Macquarie estaba a la cabeza, con el sombrero de plumas en la mano, el ralo pelo rojizo alborotado por la brisa y el rostro cuadrado y algo austero envuelto en sonrisas.
William Bligh avanzó para aceptar la mano extendida, pero se detuvo de repente, como invadido por la sorpresa.
Mary, que lo seguía del brazo del coronel O’Connell, se detuvo al instante en busca de la causa de la evidente incomodidad de su padre.
No tuvo que ir muy lejos. Junto al gobernador Macquarie se encontraban los dos oficiales rebeldes que tan mal habían tratado a su padre: el coronel Paterson y el coronel Foveaux. Ambos parecían dispuestos a unirse a las expresiones de bienvenida.
Bligh se quedó con las manos en los costados. Hizo una rígida reverencia ante el hombre designado para sustituirlo y, sin mirar siquiera a Paterson y Foveaux, pasó junto a ellos para saludar, con gran afabilidad, al comandante del Hindostan, el capitán Pasco, así como a su esposa.
La sonrisa del coronel Macquarie se desvaneció.
—El hombre no ha cambiado un ápice, señor. —Mary alcanzó a oír la observación de Foveaux, pues el hombre la había hecho con la clara intención de que fuera audible; no solo para el gobernador, sino también para quienes los rodeaban.— ¡Qué maldito arrogante!
Se puso tensa y los dedos de Maurice O’Connell apretaron su brazo con suavidad.
Su ira momentánea se enfrió cuando vio a su padre recuperar la compostura y seguir el paso del capitán Antill, el ayudante del gobernador.
Las gaitas ulularon y ella lo vio avanzar, con la cabeza alta y el rostro impasible, para inspeccionar la guardia de honor de soldados con faldas escocesas del 73. º del rey.
—Henry Antill, según tengo entendido, es primo suyo, señora Putland, o eso ha dicho —comentó el coronel O’Connell después de inclinarse para hacerse oír—. Está ansioso por presentarle sus respetos. Mientras tanto, permítame presentarle a la señora Macquarie, que también está ansiosa por conocerla.
El gesto del coronel señalaba a una mujer alta y delgada, con un chal de seda de tartán sobre un vestido blanco de volantes.
Con mucho tacto, se había separado de entre las damas de los oficiales.
El grupo, se dio cuenta Mary, incluía a la señora Paterson y a la señora Foveaux, así que su corazón se llenó de gratitud hacia la desconocida señora Macquarie.
Le estaba evitando el bochorno que su padre sí había sufrido al enfrentarse a los maridos de esas señoras.
—Elizabeth Macquarie es una persona encantadora —le confesó su acompañante mientras la guiaba—.
Es inteligente y amable y posee un maravilloso sentido del humor.
Estoy seguro de que se llevarán bien, señora Putland.
Pero ha estado enferma, pobre, y, aunque sé que ella no querría que le dijera esto, se ha levantado de su lecho de enferma solo para recibirla.
—¡Oh, qué gentileza de su parte! —exclamó Mary, y, con una pregunta ansiosa, se volvió para mirar a su acompañante—. ¿Qué debo…? O sea, mi padre…
El coronel O’Connell sonrió para tranquilizarla.