Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La señora Macquarie soltó la taza de manera concluyente, pero no le pidió a Jessica que se marchara.

Pensativa, le dijo: —Siempre se ha creído que una mujer solo se siente realizada cuando tiene marido e hijos, y yo ya he esperado bastante para sentirme realizada, ¡bien lo sabe Dios!

Pero el matrimonio, si ha de ser con el marido adecuado, merece la espera, Jessica India… Recuérdalo, ¿eh?

Un poco desconcertada por aquel repentino cambio de tema, Jessica, obediente, inclinó la cabeza.

—Oh, sí, señora, lo recordaré —consiguió decir. Se preguntaba, intranquila, si su ama le había leído el pensamiento o había adivinado que tenía la mente ocupada en el joven soldado que la había invitado a hacerle compañía.

Habría sido el pensamiento, tal vez. Elizabeth Macquarie tenía la extraña costumbre de leer la mente de quienes la rodeaban. El ama de llaves, la señora Ovens, ya lo había observado y se lo había advertido, recordó Jessica.

—Es una dama de las Tierras Altas y una vidente, niña. Ten cuidado cuando estés con ella. Te hablará con toda libertad, pero también escuchará, a menudo, ¡cosas que ni siquiera has dicho en voz alta!

Sintiendo que el color le subía a las mejillas, Jessica se dio la vuelta para ocuparse de la habitación.

Reflexionaba, con consciente amargura, en que el segundo matrimonio de su madre con el sargento mayor Duncan Campbell era una advertencia más que suficiente para no contraer matrimonio a la ligera ni con prisas…

—Fue tu propio padre quien te puso el nombre de India, ¿verdad? —preguntó la señora Macquarie, de nuevo con su asombrosa percepción, como si pudiera ver hacia dónde viajaban los pensamientos de Jessica.

—Sí, señora.

—¿Y murió en combate?, ¿en el sitio de Seringapatam, me parece?

—Jessica asintió sin decir palabra, y la señora Macquarie continuó—: Verás, estoy aprendiendo algo de la historia del regimiento.

El capitán Antill me ha hablado de Seringapatam y hace poco mencionó que debía su vida al heroísmo de un cabo llamado Murdoch Maclaine; pero, hasta que él me lo dijo de manera directa, yo no había caído en la cuenta de que el cabo Maclaine era tu padre. Supongo que conoces la historia.

—Oh, sí, la conozco —confirmó Jessica con entusiasmo.

Su madre se la había contado muchas veces.

A ella y a Murdo les describía las escenas siempre con los ojos llenos de lágrimas: cómo su padre había llevado al herido capitán Antill a un lugar seguro y luego había regresado, al fragor de la salvaje batalla cuerpo a cuerpo, solo para encontrar la muerte a manos de uno de los espadachines con turbante de Tipoo Sultán.

Y repitió esa historia, con las breves y tristes palabras de su madre, pero se interrumpió a mitad de una frase.

Temía haber olvidado su condición y haberse dejado llevar.

Mientras la adiestraba la bondadosa señora Ovens, una mujer con muchos años en el servicio doméstico, le había reiterado a menudo que los buenos criados sabían mantener su lugar en presencia de sus superiores.

Pero, para su alivio, vio que su ama le sonreía; era evidente que no se había disgustado.

—Eso explica por qué el Capitán Antill siente tanta debilidad por ti, Jessica. Me preguntaba por qué.

—¿Debilidad…, señora? No creo que la tenga. Es decir, él…

—Te escondió, ¿no es así?, ¿cuando el barco estaba a punto de zarpar de Portsmouth y a tu madre y a tu padrastro los hicieron desembarcar?

Jessica no pudo ocultar su confusión. Se sonrojó más que antes, insegura de si negar o admitir la verdad. Al final, se refugió en un silencio aprensivo. Elizabeth Macquarie le tendió la mano y le palmeó la suya para tranquilizarla.

—Él mismo me lo ha dicho, niña, así que no te preocupes.

En cualquier caso, es agua pasada y no tienes nada que temer.

Incluso cuando tu padrastro se reincorpore al regimiento, mi deseo será que continúes a mi servicio.

Me has cuidado bien, Jessica India, sobre todo hace una semana, cuando yo…

, cuando te he exigido mucho, lo sé. Ahora…

—Soltó la mano de Jessica y señaló la bandeja.

— Llévatela, por favor, y ocúpate de que todo esté listo para mañana.

El tafetán verde, la ropa de cama recién lavada y un par de zapatos de tacón bajo. Dejo mi cama y, con ella, mi decepción.

—Muy bien, señora.

Jessica recogió la bandeja y se dirigió a la salida. Antes de llegar, vio que la puerta se abría y entraba el gobernador en persona. Se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Él se detuvo un momento, con el ceño fruncido, y se dirigió a su esposa con un inusual disgusto: —El barco del comodoro Bligh ha sido avistado frente a los Heads, querida.

Tiene viento a favor y se espera que llegue a puerto antes del anochecer…

y que desembarque mañana por la mañana. ¡Maldita sea, ha llegado antes de lo que esperaba y no estoy preparado!

Voy a enviar a Maurice O’Connell a recibirlo; sin embargo, contigo encerrada y la hija de Bligh con él, mis planes para su recepción podrían estropearse.

Joseph Foveaux ha dicho que su esposa está dispuesta a sustituirte, pero no puedo aceptar esa oferta, ¿verdad?

El comodoro tomaría eso como una afrenta personal.

Está la señora Paterson, supongo, o la señora Bent, pero…

—¡No! —La respuesta de Elizabeth Macquarie fue rápida y vehemente.

— Recibiré yo misma a la señora Putland y estaré a su lado todo el tiempo.

No te preocupes por mí, Lachlan. Ya tenía decidido abandonar mi cama mañana por la mañana.

La dejaré ahora, entonces. Estoy muy bien, te lo aseguro.

Jessica, tráeme mi bata y mis zapatillas, por favor.

Se quitó de encima la ropa de cama y, mientras Jessica la ayudaba a ponerse la bata, sonreía con los ojos azules brillantes de determinación.

Le había costado un poco ponerse en pie, pero añadió, en un tono que excluía cualquier objeción que pudiera hacerle su marido: —Hija, ten la amabilidad de informar a la señora Ovens de que esta noche cenaré con Su Excelencia.

Luego vuelve y ayúdame a vestirme. En cuanto a mañana…

Está claro que el tafetán verde no nos servirá.

Tendremos que pensarlo de nuevo e idear algo más apropiado.

—¿El vestido de tarlatana, señora, con el chal de tartán y la enagua? —sugirió Jessica, muy atrevida.

La señora Macquarie se estabilizó con cuidado y aplaudió encantada.

—Por supuesto, niña, ¿qué podría venir más acorde con la ocasión?

—Miró divertida el rostro solemne de su marido y, con un suave tono de burla, lo afrontó—: Queridísimo Lachlan, ¿a qué viene tanta desdicha?

Vendrá el comodoro Bligh, pero no podrá quedarse.

¡Tú eres el gobernador! Lo recibirás con el Septuagésimo Tercero a tus espaldas y tu esposa a tu lado, y tanto ellos como tú luciréis de tartán.

Y cuando todo haya terminado y se haya hecho lo necesario, lo apresuraremos a seguir su camino y nos dejará en paz.

Es a ti a quien quiere el pueblo, no a Bligh.

¡Solo piensa en los clamores con que te han dado la bienvenida!

—Sí, han sido amables —concedió el gobernador—. De hecho, creo que he sido bien recibido.

—Por supuesto que sí, querido —le aseguró su esposa—. Y cuando el Cuerpo del Ron también se haya ido, no habrá nada que se interponga en el camino de paz y prosperidad que bajo tu mando se ha trazado para esta colonia.

—Ruego a Dios que tengas razón —dijo el gobernador con voz grave—.

Estaré agradecido de tenerte conmigo mañana.

—Cogió la mano de su esposa y se la llevó a los labios.

— Eres una mujer valiente, Elizabeth, y aprecio tu lealtad.

Pero deberás cuidarte y no sobrecargar tus fuerzas; nunca me perdonaría que te hicieras daño.

Sin que se dieran cuenta, Jessica se escabulló para dejarlos juntos.

*

El 17 de enero de 1810, dos años después de que el comandante del Cuerpo de Nueva Gales del Sur lo hubiera depuesto por la fuerza de las armas, el gobernador Bligh regresó a Sídney.

Cuando el bergantín Porpoise entró en la ensenada, meciéndose bajo unas percudidas velas de proa y con el chirrido de las bombas de achique, los cañones de señales hicieron retumbar la misma salva tradicional que, apenas dos semanas antes, había recibido al gobernador Macquarie en su desembarco.

Se congregaron todos los buques fondeados, a los que se sumaba el mercante Marian, recién llegado con un cargamento de trigo de Bengala, y, mientras el Porpoise echaba el ancla, fue saludado con vítores.

Las tropas desfilaron en el muelle del gobierno, haciendo ondear sus estandartes.

Luego, el gobernador Macquarie, al son de las gaitas, tomó posición a la cabeza, acompañado de sus oficiales, y la guardia de honor se formó, con el sol brillando en las bayonetas.

Las órdenes que gritaba el comandante de la guardia salvaban la distancia entre el barco y la orilla.

Vestidos de tartán y escarlata, constituían un gallardo espectáculo que el comodoro Bligh observaba impasible.

El hombre permanecía de pie en el estrecho alcázar del bergantín, con las manos entrelazadas a la espalda y guardando un ominoso silencio que ni siquiera Mary Putland se atrevía a romper.

Vio cómo la barcaza del gobernador, tripulada por elegantes marineros del Hindostan, zarpaba llevando en la popa al oficial al mando del 73.

º, el coronel Maurice O’Connell. De hecho, O’Connell había salido al encuentro del Porpoise un día antes para informar al gobernador Bligh de los detalles de la recepción que se le estaba preparando.

De pie, al lado de su padre, en un autoimpuesto silencio, Mary fue consciente de un aleteo del corazón cuando el alto y apuesto coronel saludó primero a su padre y se inclinó después sobre su mano.