Capítulo 6
A los pocos días de haberse instalado en la Casa de Gobierno de Sídney, la señora Macquarie sufrió un aborto espontáneo.
Elizabeth Macquarie, que parecía infatigable, había participado en todo aquello; pero en ese momento, pensaba Jessica con tristeza mientras llevaba una bandeja cargada al dormitorio de su ama, la pobre y dulce mujer estaba pagando el castigo. Había perdido al hijo que tanto deseaba.
El doctor William Redfern había hecho todo lo que a su disposición tenía entre habilidad médica y compasión, pero no había sido suficiente.
Terminó por prescribirle reposo en cama, purgas y el cese de toda actividad social durante, al menos, diez días.
Había enfatizado ante Jessica que debía hacer todo lo posible para que su paciente siguiera las instrucciones al pie de la letra.
Pero decirlo era más fácil que hacerlo, reflexionó la muchacha. Dejó la bandeja en la mesilla de noche y, cuando estaba por servir el té, su intento se vio frustrado por la propia enferma. Elizabeth se incorporó y le arrebató la tetera con firmeza.
—No estoy enferma, Jessica. Soy una mujer fuerte y estoy en forma. ¡Soy una mujer con obligaciones y deberes que cumplir en apoyo a su marido! ¡Por el amor de Dios, niña, no me mimes!
—No, señora —respondió Jessica con sumisión—, pero el doctor Redfern ha dicho que…
El ama la interrumpió con impaciencia.
—Sé lo que ha dicho el doctor Redfern, pero llevo aquí una semana sin apenas haber movido un pie ni una mano, comiendo las bazofias que me traen y tragando una sucesión de pociones nauseabundas. ¡Y ya basta!
—Le devolverán la fuerza, señora. Esto…
—¡Pamplinas! —exclamó Elizabeth Macquarie—.
Ese joven y buen doctor ha admitido que estoy tan fuerte como cualquier mujer de mi edad; más fuerte que la mayoría, de hecho, y que, por lo que sabe, no hay ninguna razón que me impida traer un hijo a término; con ciertas precauciones, por supuesto, incluido el reposo en cama…
Y obedeceré con mucho gusto si vuelvo a quedar en cinta.
¡Dios quiera que así sea! Mientras tanto…
Ay, niña, estoy hablando de cosas que te superan, ¿no?
, y de asuntos que no puedo esperar que comprendas.
A veces olvido lo joven que eres, y se me va la lengua.
Jessica se sonrojó.
—Tengo alguna experiencia en estos asuntos —afirmó.
Pensaba en la amiga de su madre, Morag Macrae, que, sin disimulos, lamentaba la sucesión de abortos y mortinatos que la pobre también había estado destinada a sufrir.
Además, ¿no había dado a luz su madre antes de tiempo a la pequeña Flora?
, ¿no la había ayudado ella misma antes de que llegara la comadrona?
Y añadió, con consciente orgullo—: Ya soy toda una mujer, señora Macquarie.
En menos de tres meses cumpliré los dieciocho.
—Es una gran edad, Jessica India —dijo, condescendiente, la señora Macquarie—, una edad en la que muchas chicas ya sueñan con casarse. —Probó una cucharada del humeante cuenco de pan y leche que había en la bandeja y lo apartó con expresión de desagrado.— ¡Uf! ¿Quién se comería esto?
Consciente de las órdenes del doctor Redfern, Jessica añadió azúcar a los terrones de pan que flotaban en el cuenco de plata y miró a su ama con ojos suplicantes.
—Ahora sabrá mejor. Por favor, señora, ¿no quiere probarlo, al menos? El doctor Redfern ha dicho que me echaría en culpa que usted dejara de comer.
—Entonces, y solo por tu bien, haré un esfuerzo y me tragaré esto.
—Empuñó la cuchara con poco entusiasmo, y, sin cambiar de expresión, consiguió terminar la mayor parte del contenido del cuenco antes de apartarlo de nuevo.
— ¿No me ha recomendado el doctor Redfern las gachas de avena?
Las encontraría más de mi gusto; y más nutritivas, me atrevería a jurar.
—Podría hacerle gachas, señora —se ofreció Jessica con entusiasmo.
—Hazlas, entonces, para mi desayuno, si eres tan amable.
Ya he tenido bastante de la papilla del doctor Redfern.
Y mañana por la mañana, Jessica… —La enferma se incorporó y apartó la ropa de cama con el mismo desdén que había mostrado al librarse de los desaboridos pan y leche.
— En cuanto haya desayunado, ¿tendrás la amabilidad de tenderme mi bata de tafetán verde y ayudarme a ponérmela?
Tengo la intención de levantarme y saludar al doctor Redfern por mi propio pie cuando venga a visitarme.
Pero no menciones esto a nadie más, niña, y mucho menos a Su Excelencia.
—No, señora, claro que no. Pero usted…
—Ya te he dicho que estoy bastante recuperada.
No puedo quedarme aquí de brazos cruzados mientras Su Excelencia me necesita a su lado.
Todas estas cosas a las que tiene que asistir…
¡Pobre, son interminables! Y… —La firme boca de Elizabeth Macquarie se tensó.
— Antes de que nos hayamos dado cuenta, el exgobernador, el comodoro Bligh, llegará aquí acompañado de su hija, y, sin duda, debo estar disponible para ayudar a recibirlos.
Dime, ¿ya hay noticias de cuándo se los espera?
Jessica titubeó. Sabía que habían enviado a la Tierra de Van Diemen un barco llamado Estramina.
El navío iba con la misión de transportar al exgobernador y su grupo de regreso a Sídney, pero no había oído nada más, salvo especulaciones de uno de los antiguos sirvientes de la Casa de Gobierno.
El hombre insistía en que el comodoro Bligh regresaría en su propio barco del rey… o no lo haría en absoluto.
—Su Excelencia el comodoro es un firme defensor de lo que es correcto y apropiado —había dicho el hombre—.
El coronel Foveaux ya le había ofrecido el Estramina, pero él tomó el barco de Su Majestad, el Porpoise, sin dejar de insistir en ello.
Es un barco de guerra, ¿sabe?, bien armado; y dicen que iba a abrir fuego sobre la ciudad de Sídney antes de marcharse, solo que su capitán no quiso hacerlo.
Jessica, que desconfiaba con prudencia de la credibilidad de aquel chisme, prefirió no repetirlo.
—Todos dicen que será muy pronto, señora —se evadió.
—Debo apresurar mi recuperación, entonces.
Su Excelencia está ansioso por presentar al comodoro todos los honores a los que tiene derecho, y, por supuesto, habrá una cena para darle la bienvenida.
Me siento ansiosa por conocer a la señora Putland, pues he oído hablar mucho de ella.
—La señora Macquarie dio un sorbo a su té, y Jessica, que ya esperaba la orden de marcharse, mostró la paciencia que los últimos meses le habían enseñado mientras su señora seguía hablando.
— Su Excelencia me dijo ayer que tiene intención de que el Septuagésimo Tercero forme la guardia de honor y desfile en faldas escocesas.
—Había orgullo en la voz suave y en la sonrisa que iluminaba el rostro pálido y ovalado de Elizabeth Macquarie.
— No llevo en el regimiento tanto tiempo como tú, Jessica, pero creo que los soldados estarán encantados, ¿no lo crees?
—Ah, estoy segura de que lo estarán, señora —dijo Jessica con convicción, consciente de que muy pocos en el regimiento habían recibido con agrado la orden (de la Guardia Montada, suponía ella) de cambiar su tradicional uniforme de las Tierras Altas por el de la línea inglesa.
Los militares también estaban resentidos por la manera en que el 102.
º había tomado precedencia y se había presentado, con todo su engreimiento, el día de la llegada del coronel Macquarie.
Al capitán Antill lo había oído hablar de ello con el sobrino del gobernador, el señor John Maclaine, que era alférez del 73. º. Ambos sonaban enfadados.
—¡Son unos malditos amotinados! ¡Tendrán que volver a casa con deshonra!
—se había quejado el capitán Antill, indignado—.
Y tienen criminales en sus filas: delincuentes y desertores, que fueron enviados aquí como convictos.
A pesar de todo, ¡se les permitió desfilar con estandartes, y su maldita banda tocó el himno nacional!
Eso fue obra de Foveaux, por supuesto. Se lo espetó a Su Excelencia sin pedirle permiso.
El coronel Foveaux, reflexionó Jessica, era un visitante frecuente de la Casa de Gobierno.
A pesar de lo que había dicho el capitán Antill, parecía ser un convidado de confianza y estar en los términos más amistosos con el gobernador Macquarie.
Más aún desde la enfermedad de su esposa.
La señora Macquarie, recordó, había admitido que no le gustaba mucho ese coronel de lengua fácil.
Los dos ayudantes de campo del gobernador parecían compartir su opinión.
Pero se haría una reparación, al menos, con el regreso del comodoro Bligh a Sídney.
El regimiento que lo había arrestado y depuesto permanecería en los cuarteles, y su coronel, sin duda, se quedaría con ellos.
El 73.º se reuniría con sus tartanes y escarlatas, gaitas y tambores a la vanguardia, tocando las marchas y melodías con las que, en el pasado, habían ido con tanto arrojo a la batalla.
El corazón de Jessica se hinchó con el orgullo fomentado en ella desde su más tierna infancia.
Visualizaba la escena e imaginaba a Fergus Mackinnon marchando airoso entre tartanes.
No lo había visto desde el desembarco, hacía casi tres semanas.
El regimiento estaba acuartelado a dos millas de la ciudad de Sídney y él aún no había sido seleccionado entre los gaiteros para tocar en ninguna de las cenas de la Casa de Gobierno.
Y… Jessica aún no había pedido permiso para dejarse cortejar, pero, a la luz de la enfermedad de la señora Macquarie y su decepción por la pérdida del hijo nonato, le había parecido despiadado inmiscuirse en el dolor de su señora.
Ya tenía mucho que hacer; su presencia era muy necesaria tanto en la enfermería como en la cocina.