Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

El emancipado se echó el mosquete al hombro y, como si los tres aborígenes que avanzaban hacia él desde el claro no existieran, apuntó al caballo que huía.

Fue un disparo lejano. Sirius ya estaba a setenta u ochenta yardas y seguía ganando velocidad con cada tranco, pero Brown había cargado su mosquete con perdigones.

La dispersión de los proyectiles hizo que no hubiera errado del todo su blanco y Sirius recibió un impacto en la grupa.

Jenny pensó con tristeza que no le habría causado más dolor que la picadura de un tábano, dada la muy menguada velocidad del proyectil.

Pero el pobre animal se aterrorizó más de lo que estaba.

Entonces se tambaleó y se precipitó ladera abajo, dando volteretas en una maraña de patas voladoras.

Llegó al fondo y se quedó inmóvil. Incluso a esa distancia, Jenny supo que el caballo estaba muerto, que tenía el cuello roto.

—¡Mala suerte para ese bruto asqueroso! —Adam Brown, borracho, agitaba en el aire su mosquete—. ¡Esto le enseñará a no tirarme! Que sepa quién es el amo aquí… —Sus palabras murieron en un grito ahogado cuando el golpe de un venablo lo derribó.

Lo había arrojado Nanbaree. Él y Kupali se colocaron al lado de Jenny, con la respiración agitada por la larga carrera cuesta arriba.

Otros dos de los jóvenes aborígenes se acercaron para arrojar sus venablos, pero Nanbaree les lanzó una severa advertencia.

Recogidas sus armas, los bediagal se marcharon en silencio y desaparecieron tan deprisa como habían llegado.

Solo uno de ellos se detuvo para dar la vuelta con el pie al cuerpo inerte de Adam Brown y asegurarse de que estuviera muerto.

Las llamas abrasaban el tejado y las paredes de la casa.

Entonces, ahogada por el humo, la mujer salió tambaleándose, con la cara muy magullada y lívida por los golpes que Brown le había propinado.

No mostró ningún signo de angustia al ver el cadáver.

Evaluó muy pronto la situación y corrió hacia Jenny y los dos bediagales, que se encontraban a salvo, fuera de la trayectoria del fuego.

Ante la casa envuelta en llamas, Jenny ofreció a la mujer refugio para pasar la noche. Sentía que era su deber. La mujer se encogió de hombros y aceptó sin dar las gracias ni expresar gratitud alguna.

—Solo será por esta noche —dijo con indiferencia—. Volveré a la ciudad mañana si encuentro un barco. O tal vez a Green Hills. Tengo un amigo allí.

Jenny no dijo nada. Con el corazón encogido, volvió a mirar por la pendiente, hacia el lugar donde yacía Sirius. Albergaba esperanzas de ver algún movimiento, pero no lo vio. Nanbaree le tocó el brazo con suavidad y sacudió la cabeza.

—A casa —dijo en un cuidadoso inglés—. A casa, señora, con Kupali.

Poco más podía hacer, pensó Jenny con amargura.

El fuego consumiría los edificios mal construidos de Adam Brown y se extinguiría al llegar al río.

Habría que informar de la muerte del hombre, enterrar el cuerpo y enviar a la mujer por el camino.

Para esto había sacrificado al mejor caballo que jamás había criado.

Sirius, su semental dorado. Cruzó insegura hacia el lugar donde yacía, pero todas sus esperanzas se desvanecieron cuando llegó.

Ya no le quedó ninguna duda de que tenía el cuello roto, tal y como había temido al verlo caer.

Se arrodilló allí y acunó la hermosa cabeza castaña entre sus brazos.

Sentía que se le iba a romper el corazón; pero, cuando empezaron a brotar las lágrimas, las apartó decidida.

Tom Jardine podría ocuparse del entierro de Brown, se dijo a sí misma, pero Sirius…

Los dingos, carroñeros, vendrían por la noche.

Eso la lastimaba más que el dolor en el pecho.

—Haré gwee-un —le prometió Nanbaree, que leía sus pensamientos—. Lo quemaré como bediagal beeyung, padre de hijos.

Con un nudo en la garganta, Jenny inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Sirius no había tenido descendencia. Solo se había cruzado con una yegua joven y había ocurrido sin haberlo planearlo ella. El resultado era aún incierto.

—Bien —logró decir—. Budye-ree. —Ella no conocía ninguna palabra en la lengua nativa para expresar su gratitud, pero Nanbaree tomó su breve sonrisa como recompensa y le devolvió la sonrisa.

—A casa —instó de nuevo—. Con Kupali, señora.

Necesitó agarrarse al brazo de Kupali y apoyarse en un bastón que el chico había cortado para ella.

Llegaron de esa guisa a Long Wrekin, con la mujer de Adam Brown arrastrándose de mala gana en su estela.

Esta no hacía otra cosa que quejarse de la distancia que se estaba viendo obligada a caminar y proferir su deseo de buscar otra compañía.

Cansada y abatida, Jenny hacía oídos sordos a aquella voz chillona y desagradable que exigía insaciable su atención; y también su misericordia, sin ningún motivo que pudiera entenderse.

No sentía compunción alguna, salvo por Sirius, y…

Las lágrimas volvieron a brotar. Las contuvo de nuevo con el dorso de una mano olorosa a humo. Se negaba a mostrar su dolor.

Sin embargo, su corazón se animó cuando William vino corriendo desde el potrero. Gritaba emocionado que había visto a la Fanny de Jed Burdock remontando el río y que estaba seguro de haber reconocido a Andrew de pie en cubierta.

—Cogeré un caballo e iré a buscarlo al embarcadero, ¿te parece, mamá? —se ofreció el niño, con conmovedora impaciencia, después de que ella le contara, en breves y amargas palabras, lo que había sucedido—. Tal vez te sientas mejor cuando Andrew esté aquí, de vuelta contigo.

Y así sería, tal vez, se dijo Jenny. Andrew era un buen marido, incondicional y leal, y ella lo amaba con todo su corazón.

Solo después de ver a William marcharse y de que Nancy Jardine se hubiera llevado a la mujer de Adam Brown a la cocina para comer, cedió por fin al dolor y dejó correr las lágrimas.

Pero seguía combatiendo su debilidad. Estaba serena y con los ojos secos cuando Andrew entró en la casa dando pasos firmes y le preguntó, ansioso, por sus heridas.

Después de que ella le hiciera un moderado relato de los acontecimientos del día, cambió de tema y lo hizo hablar de la llegada del nuevo gobernador y de las esperanzas que había expresado sobre el futuro de la colonia.