Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Murió kurrara. —El chico señaló hacia las estribaciones lejanas, donde había un campamento aborigen.

— Muchos días le hicieron daño. Él aranga, señora.

—Las manos marrones moldearon una barba imaginaria, como si al chico le estuviera creciendo una, larga y blanca, en su propia barbilla lampiña.

La palabra, Jenny lo sabía, significaba que el viejo Narona había sido un anciano, un hombre venerado por su tribu debido a su edad.

—¿Así que los bediagales hicieron gwee-un y quemaron la casa? —acusó, usando la palabra nativa para fuego.

Ambos aborígenes negaron con la cabeza.

—Ellos iliara —explicó Nanbaree con tono indulgente—. ¡Chicos! No queman casa, hacen burringi.

—Humo, señora —tradujo Kupali—. Hacer salir al hombre malo.

—Pero no está en la casa, Kupali —le dijo Jenny—. Se fue ya hace mucho tiempo.

—Vuelve. Con mujer.

—¿Una mujer? —Jenny se sobresaltó—. ¿Una mujer blanca?

Las dos cabezas oscuras se inclinaron al unísono en respuesta a la pregunta.

Ella inhaló con brusquedad, dominada por un miedo escalofriante.

Si Adam Brown había regresado, era muy posible que hubiera traído consigo a una mujer, si bien antes había vivido y trabajado en la granja él solo.

Y si eso era cierto, la mujer no podía esperar clemencia.

El trato de los aborígenes a sus propias mujeres era brutal en extremo.

Si la intención de la tribu era vengar con sangre el asesinato de Narona, derramarían sin reparos la de la mujer de Brown, en caso de que fuera lo bastante imprudente como para mostrarse.

Jenny se preguntaba si tenía caso ir allí a intentar disuadirlos, si la escucharían.

A ella no le responderían con violencia.

A lo largo de los años, todos sus tratos con los bediagales habían sido amistosos.

Entre ellos no corría ningún peligro, sobre todo si Nanbaree y Kupali la acompañaban.

Ahora bien, que el joven bediagal la escuchara o no era otra cuestión.

Indecisa, con el ceño fruncido, volvió a mirar la nube de humo que se elevaba.

Deseaba que Andrew la hubiera acompañado o haber aceptado el ofrecimiento de Tom Jardine. Ya era demasiado tarde para lamentarse.

—Es un hombre muy malo —insistió Kupali, como si intuyera sus pensamientos—. Quédese aquí, señora.

La advertencia era clara, y Jenny la habría acatado, y sin ningún remordimiento de conciencia, si Adam Brown hubiera estado solo.

Nunca había sido el tipo de vecino que ella hubiera deseado.

No había acogido con agrado su llegada a las tierras limítrofes de Long Wrekin, pero, si el tipo había traído consigo a una mujer de Sídney, Jenny no podía quedarse sin mover un dedo y no ayudar a ninguno de los dos.

Tenía que hacer algo, por pura humanidad, y…

llevaba encima la pistola de Tom. Con la ayuda del arma, podría inducir al joven bediagal a perdonar a la mujer blanca.

Una vez tomada su decisión, sacudió la cabeza hacia Kupali en señal de que no podía seguir su consejo.

—Voy allí, a ayudar a la mujer blanca. ¿Vienes conmigo?

Kupali vaciló. Se volvió hacia su hermano mayor, pero el movimiento de cabeza de Nanbaree fue tan enfático como lo había sido el suyo.

El chico alargó una mano para agarrar la brida de Sirius, con el fin de disuadirla.

El semental retrocedió y sacudió la cabeza.

Jenny no esperó más. Le clavó los talones en los costados y el gran caballo se puso en marcha.

La llevó a toda velocidad hacia los árboles y la espesa columna de humo que flotaba sobre ellos.

Abandonados a su suerte, Nanbaree y Kupali volvieron a intercambiar miradas inseguras.

Luego, sin mediar palabra, salieron tras ella a largas zancadas.

Cubrían el terreno con menos rapidez que el caballo al galope, pero iban con sombría determinación y sin que sus pies descalzos hicieran ruido al correr.

Adam Brown estaba de pie junto a la puerta abierta de su destartalada granja cuando Jenny la tuvo a la vista.

Los árboles que estaban a menos de cincuenta yardas de la casa ardían feroces, en tanto que el viento soplaba humo y llamas hacia el hombre; pero ella no alcanzaba a ver ni rastro de los jóvenes aborígenes que habían iniciado la conflagración.

Era evidente que el emancipado, con su amenazador mosquete levantado, no tenía ningún blanco al que apuntar.

Se balanceaba de un lado a otro y, colérico, gritaba a toda voz a sus agresores que se dejaran ver.

Como no recibía respuesta, empezó a clamar obscenidades.

Su furia y frustración seguían creciendo.

Sirius, alarmado por los árboles en llamas, se detuvo tembloroso, así que Jenny tuvo que echar mano de toda su habilidad y resolución para mantenerlo quieto.

Hablándole en voz baja y acariciándole el cuello empapado de sudor, consiguió que el caballo se acercara lo suficiente a la casa de enramada para que su ocupante pudiera oír su voz. Lo llamó por su nombre.

—Señor Brown, Adam Brown, ¿tiene una mujer con usted?

El hombretón se giró, sobresaltado. Era evidente que no la había visto ni oído mientras iba acercándose por la ladera arbolada.

También fue evidente, cuando contestó, que no estaba sobrio en absoluto, porque arrastraba la voz.

Al apartarse de la pared en la que se había estado apoyando, el hombre tropezó y estuvo a punto de caer.

—¿Quién demonios lo pregunta? —Levantó una mano para hacerse sombra a los ojos mientras ojeaba a través del humo arremolinado.— ¿Quién es usted?

Antes de que Jenny pudiera responder, la mujer se acercó a la puerta y se agachó insegura. Sus sollozos de miedo se oían por encima del crepitar de la madera ardiente.

—¡Aquí estoy!, ¡aquí, en la casa! Ayúdeme, por el amor de Dios, quienquiera que sea.

—¡Salga corriendo! —la instó Jenny—. ¡Aquí…!, ¡corra hacia mí!

—Acérquese…, ¡por favor! —suplicaba la mujer—. No puedo verla y tengo miedo. Ahí están esos con sus lanzas; no me atrevo a salir.

Pero Jenny no podía convencer a Sirius de que se acercara. Con las orejas echadas hacia atrás, el semental sacudía la cabeza, resoplaba y relinchaba en su intento de alejarse. Ella pensó en desmontar, pero desechó la idea, consciente de que, a pie, no tendría fuerzas para sujetar al potro.

—¡Corra! —le suplicó a la mujer que sollozaba. La veía apenas entre el humo que formaba una densa nube negra entre las dos—. Voy a caballo y…

Una lanza que alguien arrojó desde algún lugar entre los árboles, a su espalda, voló hasta enterrarse con su punta de púas en el suelo, a escasas dos yardas.

Jenny se vio obligada a apartarse mientras Sirius se encabritaba aterrorizado.

De algún modo consiguió controlarlo. Luego oyó los gritos de la mujer. Le decía que se estaba acercando.

—¡Espéreme! Espere hasta que… —Pero los gritos de la pobre fueron interrumpidos por un rugido de Adam Brown.

—¡Te dije que no te dejaras ver, puta! ¡Vuelve a la casa!

Debió de empujarla con fuerza al interior de la casa, porque la nebulosa forma desapareció de la vista de Jenny.

Un instante después, el propio emancipado se le acercó a través del humo.

Venía empuñando su mosquete y maldiciendo airado cada vez que trastabillaba en el suelo irregular.

Tomada por sorpresa, al principio, ella no adivinó sus intenciones.

Solo cuando sintió la gran mano extenderse y agarrar la rienda tuvo un barrunto de lo que estaba ocurriendo.

—¡Lárgate! —gritó él— y dame el caballo. Hija de puta, ¡es a mí a quien persiguen esos malditos salvajes, no a ti! ¡Bájate o te derribo!

No esperó a que ella lo obedeciera y le clavó en el vientre la culata de su mosquete.

Sirius se encabritó, agitó las manos e hizo que Jenny fuera a dar estrepitosamente al suelo.

Cayó como un fardo, sin aliento. La pistola de Tom, que ella había cogido tarde, rodó a su lado, en el polvo revuelto, cual objeto inútil.

Adam Brown hizo dos intentos de subirse a la montura; lo consiguió en el tercero.

Pero el mosquete le estorbaba. Ni siquiera la fuerza bruta le bastó para dominar al semental, que se debatía como salvaje.

El caballo agachó la cabeza y salió corriendo con el hombre a cuestas.

Al borde de un pequeño claro, donde alguna vez hubo un corral, tres figuras desnudas de piel oscura salieron de su escondite con las lanzaderas y las saetas preparadas.

Jenny se puso en pie. Mareada y muy agitada, trataba en vano de recuperar el aliento.

Quería rogar a los jóvenes bediagales que perdonaran a Sirius, que, si era preciso que arrojaran sus lanzas, apuntaran al hombre, no al caballo, pero sus gritos eran demasiado débiles para llegar hasta donde ellos estaban.

El solo gritar le causaba una intensa agonía.

Supuso, acongojada, que tenía algunas costillas rotas.

Sirius sí que pareció haberla oído, o tal vez fue mera coincidencia.

El caso es que el caballo detuvo su huida precipitada y se sacudió de la espalda al hombre que lo había robado.

Luego echó a correr a galope por la ladera, cuesta abajo, para alejarse de la hoguera humeante y, sin más dilación, dirigirse a casa.

Al verlo marchar, Jenny se puso a rezar para que no tropezara, para que se pusiera a salvo.

Desde la puerta de la granja, la mujer gritó de miedo, pero Jenny no le hizo caso.

Ajena a cualquier peligro que ella misma pudiera correr a manos de los jóvenes bediagales, se quedó donde estaba, con toda su atención puesta en Adam Brown.

El voluminoso emancipado no había tenido una caída tan pesada como la de ella y, segundos después, ya estaba de pie, ileso, por lo visto, y con el mosquete en las manos.

Una vez más, la reacción de Brown tomó a Jenny por sorpresa.