Capítulo 5 #2
—No, Tom. Tienes más que suficiente que hacer y no es necesario.
Ahora, Sirius está como un cordero conmigo.
—Jenny apoyó un pie en la palma de Tom Jardine, rugosa por la labor, y se sentó con suavidad sobre el lomo del semental, que ni siquiera se movió.
Con el buen sabor de boca de su pequeño triunfo, ella sonrió a los ojos aprensivos del capataz. — ¿Lo ves? Está listo, ¿verdad?
—Ha hecho un buen trabajo con él —concedió Tom—.
Pero será mejor que se lleve esto, señora Hawley, si va a buscar a Nanbaree.
—Del bolsillo de su abrigo sacó la pistola que siempre llevaba consigo.
La cogió por el cañón y se la entregó.— Está cargada, pero no cebada, así que coja también el cuerno de la pólvora. No habrá olvidado cómo usarla, ¿verdad?
—No —le aseguró Jenny. Después de que, tres años atrás, asaltara su granja el grupo de rebeldes que huía tras el intento de asesinato del gobernador Bligh, Andrew se había empeñado en enseñarle a manejar tanto el mosquete como la pistola.
Sin embargo, a ella todavía le disgustaba llevar armas de cualquier tipo, así que dudaba en coger la pistola—.
No la necesito, Tom, de verdad. Estoy en mi propia tierra y los aborígenes nunca nos han molestado desde que Nanbaree y Kupali vinieron a trabajar aquí; lo sabes bien.
—Ahora no están aquí, señora —señaló Tom, sin darle lugar a más pretextos—. Ninguno de los dos. Y se dice que algunos jóvenes bediagales han cruzado el río en busca de problemas. Será mejor que coja la pistola, por si acaso se topara con alguno de ellos.
—Vale, está bien. Pero necesitaré las dos manos para Sirius.
«Y toda mi atención», pensó Jenny mientras aceptaba con desgana la pesada pistola.
A falta de un escondite más seguro o conveniente, se la metió en la pechera del vestido, donde se volvió un bulto incómodo, con el frío cañón metálico contra la piel.
El cuerno de la pólvora, que tenía un cordel, se lo colgó del cuello.
Al final, se apoyó a medias en los estribos para arreglarse las voluminosas faldas.
La mayoría de las veces montaba a mujeriegas.
Era una moda que habían establecido las esposas de los oficiales de Sídney y que, incluso en las granjas, era seguida por quienes daban gran valor a la elegancia, como Henrietta Dawson.
Sin embargo, la ligera montura de fieltro con que había ensillado a Sirius no tenía nada que ver con la elegancia, y, para este primer intento de montar a su joven semental, con faldas o lo que fuera, se sentía más segura a horcajadas.
Además, corría muy poco peligro de encontrarse con extraños dispuestos a criticarla.
—Ya puedes soltarle la cabeza —pidió.
Tom Jardine asintió y soltó la rienda.
—Cuídese, señora Hawley —le aconsejó, y se hizo a un lado.
Sirius, en respuesta a la bien conocida voz, avanzó en silencio.
Entonces, como si acabara de darse cuenta de que llevaba carga, arqueó el cuello y levantó las manos en un intento de desalojar el peso de su amazona, que, por ligero que fuera, le era extraño.
Pero fracasó, así que recurrió a encabritarse y se puso a dar zarpazos al aire.
Bajaba rudo sobre las manos y daba una nueva reparada.
Pero Jenny lo afirmó con facilidad. Al fin, presa del pánico, el gran caballo quiso huir.
Con el bocado entre los dientes y la cabeza gacha, atravesó el potrero hasta detenerse resoplando ante la robusta valla de madera.
—Tranquilo, chico, tranquilo —lo apaciguó Jenny. No levantó la voz. Movió la mano con seguridad a lo largo del cuello húmedo de sudor—. Tranquilo, nadie va a hacerte daño. Camina, buen chico.
Tom estaba junto a la puerta del potrero, esperando para abrirla. Cuando ella llevó al semental a paso lento, expresó su admiración: —¡Bien hecho, señora Hawley! Creo que ahora este caballo hará todo lo que le pida.
—Mientras nada lo asuste —matizó Jenny.
Atravesó la verja y, al borde de la tierra cultivada, donde empezaban a aparecer los primeros brotes verdes del maíz, puso a Sirius al galope.
Notó que su maíz era pobre, más revuelto que ralo, pero esta parte de sus tierras, al menos, era alta y había permanecido fuera del alcance de las aguas de la inundación y los sedimentos posteriores.
Sabía que, más abajo, a pesar de todo la dura labor de Andrew, labrando y rastrojando el trigo con el arado, el rendimiento compensaría apenas el coste de la cosecha y el trabajo.
Desde luego, no compensaría los gastos de transportar el producto a Sídney.
A la larga, sería mejor aprovecharlo para alimentar al ganado. Los cerdos, en particular, engordaban bien con él. Y, si Justin pudiera comprar una docena de marranas, las camadas estarían listas para cuando creciera el maíz. Un mes después, más o menos, podría entregarlas con el Flinders.
Sirius hizo un alto brusco. Como castigo por su falta de atención momentánea, Jenny estuvo a punto de precipitarse por encima de la cabeza del caballo.
Estaba quieto, con las orejas tiesas, nervioso, como si algo lo tuviera alarmado. Jenny siguió la dirección hacia donde apuntaban las orejas puntiagudas y observó una fina voluta de humo blanco grisáceo que se elevaba desde la mitad de una ladera arbolada, a su izquierda, como a media milla.
Esa tierra no formaba parte de la explotación de Long Wrekin.
Era una concesión de veinticinco acres que pertenecía a un colono llamado Adam Brown, un emancipado sin experiencia en la agricultura y con fama de ser aficionado a los licores fuertes.
El hombre había perdido tanto ganado, debido a su propia ineptitud y a las recientes inundaciones, que hacía algunas semanas había terminado por abandonar el lugar y regresado a Sídney.
Además, en los últimos tiempos había estado en malos términos con los bediagales, a los que había acusado de robar las pocas ovejas escuálidas que le quedaban.
Corría el rumor de que había herido de un balazo a un anciano de la tribu, a quien, según aseguraba, había pillado en flagrante delito.
Jenny observó con ansiedad cómo el humo pasaba de ser una voluta a una nube espesa y coloreada por las llamas.
Se preguntaba si los jóvenes aborígenes, de cuya presencia la había advertido Tom, habían decidido asaltar la propiedad en busca de venganza.
Era muy probable que no supieran que Adam Brown se había ido.
A la manera de los de su clase, se habrían acercado cautelosos a prender fuego a los árboles y la maleza por encima de la granja.
La intención sería sacar a Brown a campo abierto para que investigara la causa del incendio.
Los aborígenes sabían que, bajo una capa de humo asfixiante, sus lanzas serían tan eficaces como el mosquete de cualquier colono.
Sirius resopló y trató de retroceder. Sin embargo, Jenny, aún indecisa sobre qué hacer, retuvo al caballo en su lugar.
Se dio cuenta de que el viento soplaba en dirección al río, y el fuego, en caso de que se limitara a la propiedad de Adam Brown, apenas causaría daños.
Aparte de la derruida casa de enramada al pie de la ladera, había poco que destruir.
Mientras el viento no cambiara de dirección, su propiedad no correría peligro.
Al llegar al río, el fuego terminaría por extinguirse sin haber hecho nada peor que reducir a troncos carbonizados un grupo aislado de eucaliptos.
Siempre existía el riesgo de que el viento cambiara, por supuesto, pero…
Jenny miró las nubes. Se movían muy despacio.
El viento era flojo y soplaba del oeste, algo habitual en esta época del año.
El riesgo de que cambiara de fuerza y dirección era muy pequeño…
Tocó con los talones los costados de Sirius y siguió cabalgando hacia la cabaña de Nanbaree.
Si los jóvenes guerreros bediagales habían cruzado el río la noche anterior, cabía la posibilidad de que Nanbaree, Kupali o ambos también lo hubieran hecho, aunque solo fuera para proteger Long Wreking de las depredaciones del grupo vengador.
Para su alivio, esa suposición resultó ser correcta.
Kupali la saludó a gritos y salió a su encuentro en cuanto ella llegó al borde del claro.
Su hermano mayor estaba de pie a la entrada de la primera de las cabañas de corteza, la que había construido después de su casamiento.
La esposa de Nanbaree, Murruba, con sus dos hijos pequeños, se distinguía apenas en el oscuro interior.
Ella también levantó una pequeña mano marrón en señal de saludo.
Ambos jóvenes llevaban lanzaderas y saetas, pero ninguno se había pintado la cara en señal de que sus intenciones fueran bélicas.
A los ansiosos ojos de Jenny, parecían tan serenos y tranquilos como solían estar cuando trabajaban en la granja.
No ofrecieron ninguna explicación de su prolongada separación ni se disculparon, aunque hicieron un tácito reconocimiento de su ausencia al preguntar con avidez acerca de William, Rachel y los Jardine.
Kupali, cuya estrecha amistad con William había hecho que hablara inglés con más fluidez que Nanbaree, expresó su asombro ante el, en apariencia, fácil dominio de Sirius por parte de Jenny.
Pasaron varios minutos antes de que ella pudiera inducir a cualquiera de los dos a escuchar sus preguntas sobre el incendio en la explotación de Adam Brown.
—Hombre malo —dijo Kupali muy convencido—. ¡El viejo Narona va a su casa a pedir comida, el tulani coge mosquete y lo mata!
—Pero no habrá sido el señor Brown quien lo mató, ¿o sí? —protestó Jenny.