Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 5
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Capítulo 5

Sirius se llamaba el nuevo y joven semental, y Jenny Hawley estaba orgullosa de haberlo criado de su vieja yegua Grasshopper. El padre era Sinbad II, el excelente animal de Timothy Dawson que ella, muy a su pesar, le había vendido el año anterior.

Pero los sementales de buena crianza eran un lujo en los asentamientos del Hawkesbury.

Solo ella y Timothy criaban caballos, en tanto que la mayoría de los colonos criaban ovejas, cerdos y ganado a escala bastante reducida.

La mayor parte de las tierras la reservaban para el trigo y el maíz.

Seguían la práctica habitual del Hawkesbury de sembrar maíz entre los rastrojos del trigo en cuanto se recogía la cosecha.

Ese año, sin embargo, la cosecha de trigo había sido mala.

Además, los sedimentos dejados por las recientes inundaciones hacían probable que la cosecha de maíz fuera aún peor.

Esto, al menos, podría tener el efecto de elevar el precio del grano.

Sin embargo, se hablaba de que el gobierno se vería obligado a importar grano de Bengala para evitar una escasez de alimentos.

Si así ocurriera, Jenny lo sabía por experiencia, los precios de sus propias cosechas caerían en picado.

En consecuencia, consideraba que la cría de caballos era una buena inversión a largo plazo.

En toda la colonia había una creciente necesidad de caballos, tanto de monta como de tiro, y alcanzaban altos precios en los mercados de Sídney y Parramatta.

Sin embargo, había que ofrecerlos a la venta ya domados para la silla o el arnés.

Por eso era esencial que el joven semental aprendiera a llevar una silla y un jinete sobre su orgulloso lomo de alazán.

No era viable mantenerlo solo con fines de reproducción, ya que pocos de los granjeros vecinos podían permitirse pagar los derechos de un semental, aunque quisieran poner sus propias yeguas de trabajo a criar.

Con la ayuda de su hijo de diez años, William, y de Kupali, el niño bediagal, Jenny había estado trabajando durante las últimas semanas en el adiestramiento de Sirius.

Había empezado las lecciones con una rienda larga de entrenamiento, como recordaba que hacía su padre años atrás en la pequeña finca de Yorkshire.

Con paciencia, fue persuadiendo al joven caballo para que aceptara el bocado y la brida, así como para que respondiera a sus órdenes vocales y las obedeciera.

Al principio, Sirius era una criatura salvaje, casi ingobernable.

Luchaba por su libertad y arremetía con los talones contra cualquier ser humano que se le acercara o intentara ponerle la mano encima.

Se resistía incluso al collar de cuerda con el que ella, al principio, lo llevaba a caminar por el patio o los prados.

Echaba las orejas atrás y rechinaba los dientes.

Pero, poco a poco, con una gentil insistencia, ella se había ido ganando su confianza.

Ya lo había acostumbrado a llevar la silla de fieltro que Johnny Broome, su difunto marido, había fabricado para ella hacía más años de los que estaba dispuesta a contar.

Ya no hacía reparadas cuando le apretaba las cinchas; se dejaba añadir arciones y estribos y se quedaba inmóvil cuando ella subía su liviano cuerpo a la silla, con William sujetando la cabeza del animal.

Jenny tenía decidido darle aquel día la última lección y montarlo.

Los días pasaban demasiado deprisa y había dedicado a la doma de Sirius todo el tiempo que podía permitirse.

El trabajo de la granja era pesado. No tenía mano de obra de presidiarios y, con Andrew lejos, en Sídney, no había nadie más para hacer frente a las labores de la granja que Tom Jardine, el capataz, y su esposa, Nancy, ella misma, William y los dos niños aborígenes, Nanbaree y Kupali.

Para aumentar su sensación de urgencia, los dos chicos nativos llevaban ausentes más de una semana; ella suponía que estarían de excursión. Y William, cuyo principal interés eran las ovejas, se había estado quejando de que tenía tareas más importantes que la doma de caballos.

—Puede que ese semental sea tu orgullo y tu alegría, mamá —le había reprochado—, pero pasará mucho tiempo antes de que te devuelva todo el trabajo que has invertido en él.

A menos que se lo vendas a uno de los oficiales de Sídney o al nuevo gobernador, quizá para que lo monte en el patio de armas.

De todos modos, no creo que te separes de él muy pronto, a menos que te ofrezcan su peso en oro.

Mientras llevaba la silla de montar y demás arreos de detrás de los edificios de la granja hasta el potrero donde estaba Sirius, Jenny se sintió obligada a reconocer que William tenía razón.

El semental acudió, relinchando manso, cuando ella lo llamó.

Mientras le acariciaba el reluciente cuello, Jenny volvió a sentir la oleada de orgullo que siempre le producía verlo.

Con todos los años de esfuerzos por construir su concesión de tierras, por apacentarlas, cultivarlas y sacarles provecho, ese hermoso semental castaño, con sus dos medias blancas y su espléndida cabeza, representaba la cima de sus logros.

Su madre había sido bastante normal: una buena yegua de Cabo, educada y dócil.

El padre, sin embargo, tenía sangre árabe; y, aunque era antigua, Sirius la había heredado en toda su extensión.

Se manifestaba en su cuello arqueado y grácil, las patas limpias y esbeltas y el porte.

Cada vez que levantaba la cabeza, ostentaba su estirpe en los belfos y los ojos oscuros y líquidos.

Jenny sacó una manzana del bolsillo y se la dio.

Mientras el caballo la masticaba, le puso sobre el lomo la silla de montar.

Devorada la fruta, el animal se sometió al bocado y la brida.

Primero curvó la larga lengua alrededor del bocado, como si quisiera burlarse de ella, aunque luego dejó que Jenny se lo acomodara con gentileza en su sitio y le pasara las orejas por los huecos de la cabezada.

Tom Jardine salió del establo arriando las tres vacas de la casa.

Las llevó a toda prisa al potrero que estas compartían con una cerda y su camada y, luego, a grandes zancadas, se llegó al lado de Jenny.

Era un hombre fornido, de pelo canoso, con los anchos hombros un poco encorvados, el rostro de piel bronceada y líneas profundas.

—¿Quiere dar un paseo en este caballo, señora Hawley? —preguntó con ansias.

—Sí, Tom —le confirmó Jenny—, creo que está listo. Primero voy a trabajarlo con la rienda de entrenamiento y luego lo montaré.

—¿Sola? —la desafió Tom. —¿No quiere que la ayudemos el joven Willie o yo?

Ella negó con la cabeza.

—Willie está ocupado con las ovejas en el prado del río. Teme que algunas tengan el pietín…, ¡y ya sabes cómo es él con su ganado de cría! Yo no he visto signos de podredumbre del pie.

—Yo tampoco, señora —sonrió Tom —, pero, dado que él y Rachel volverán a la escuela en una semana, supongo que querrá asegurarse. No le confía sus ovejas a ninguno de nosotros, ¿verdad?

—No, me temo que no.

Jenny ató la larga correa de entrenamiento a la muserola de Sirius, chasqueó la lengua y puso al semental al trote.

—Tendré problemas para convencer a Willie de que vuelva a la escuela este año, Tom. Dice que ha aprendido todo lo que necesita saber como criador de ovejas. Insiste en que aprovecharía mejor el tiempo si se quedara aquí.

—Y así sería —accedió Tom—. Con esos dos chicos aborígenes viajando, nos vendría bien tenerlo aquí. No estoy rejuveneciendo, señora Hawley.

Jenny ahogó un suspiro. Tampoco ella, se recordó a sí misma.

Estaba a solo dos años de cumplir los cuarenta.

A su hija Rachel, que era un año menor que William, le gustaba la escuela.

Se sentía ansiosa por unirse a los niños Dawson en su muy respetado colegio de Sídney; y Frances Spence la invitaba una y otra vez a hacerlo.

La nueva academia para señoritas de la señora Jones había adquirido una excelente reputación, pero…

No podría evitar que Henrietta Dawson pusiera objeciones si aceptaba la invitación de Frances.

Por otra parte, pensó, no le apetecía aceptar favores que nunca podría devolver, y menos cuando implicaban a la esposa de Timothy Dawson.

Henrietta llevaba mucho tiempo resentida por la amistad entre Jenny y Timothy y las consideraciones que se tenían el uno con el otro.

La mujer no le ocultaba sus sentimientos…

, y era muy probable que tampoco lo hiciera en presencia de Rachel.

Por otro lado, el colegio al que Rachel y William asistirían era, quizás, el mejor de la ciudad de Sídney desde el punto de vista formativo.

Lo había fundado el reverendo Henry Fulton después de que la administración rebelde lo desterrara a Green Hills bajo sospechas de lealtad al gobernador Bligh.

El reverendo era un hombre bueno y amable.

William y Rachel se alojaban en su casa durante el curso escolar y la niña parecía ser muy feliz allí…

, hasta entonces, puesto que Timothy había vuelto a sugerirle que se uniera a sus dos hijas en la academia.

—Pensaré en dejar a Willie aquí —dijo Jenny, y volvió a suspirar. Acortó la rienda de adiestramiento y gritó un «¡alto!» a Sirius. Obediente, el gran alazán se detuvo.

—¿Está decidida, entonces, a montar a este animal? —preguntó Tom, resignado.

—Sí. Iremos hasta el río, hasta la vieja cabaña de Nanbaree; quiero ver si ha vuelto. —Con el semental persuadiéndola con los belfos en busca del regalo de una segunda manzana, Jenny le apretó las cinchas antes de darle gusto—. Dale apoyo a mi pie, ¿quieres, Tom?

—Claro. Pero me gustaría que me dejara ir con usted—insistió el capataz—. Puedo ensillar al viejo Baneelon en un periquete y…