Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 4 #7
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Capítulo 4 #7

Con Frances Spence sirviendo de la fina tetera artesanal de plata y desplegando su habitual encanto, cálido y hospitalario, se discutieron con extensión los acontecimientos del día.

La sala se fue llenando poco a poco. Con los Dawson y sus hijos, regresó Lucy.

Llegaron más visitas, y, en un ambiente de fresco optimismo, todos expresaron con libertad su aprobación al nuevo gobernador y su esposa.

—Con toda sinceridad, me parece que la llegada del gobernador Macquarie anuncia una nueva era para esta colonia —declaró Timothy Dawson—.

He tenido el honor de hablar con él después del almuerzo y planea lanzarse en un amplio programa de construcción en la ciudad.

El coronel ha oído que la ciudad de Sídney se está cayendo, además de que ha visto por sí mismo que la Casa de Gobierno está en peligro inminente de derrumbarse sobre su cabeza.

Ha hablado de establecer un banco, de limpiar y repavimentar nuestras calles y de construir carreteras a los asentamientos; esto último, con la ayuda de sus tropas, lo que será una sorpresa para esos holgazanes del Cuerpo del Ron, ¿no es así?

—Soltó una breve risa, despojada de diversión, y luego añadió, otra vez en tono grave—: Y quiere que todo nuestro continente se conozca como Matthew Flinders quiso llamarlo: Australia.

Se produjo un breve silencio mientras los demás asimilaban lo que acaban de escuchar. A continuación, vino un murmullo unánime de beneplácito.

—Eso requerirá el consentimiento del gobierno nacional —observó pensativo el comisario Palmer—. Y tal vez una ley del Parlamento.

—Pero nos dará dignidad —sugirió Jasper Spence— y la esperanza de cosas mejores para toda nuestra gente, tanto convictos como libres. Claro, siempre que Su Excelencia pueda gozar del pleno apoyo de la Oficina Colonial.

—Parece suponer que así será, señor —intervino Timothy Dawson—. Le han prometido mano libre para hacer las reformas que considere necesarias.

—Oremos, entonces —dijo Robert Campbell con un tono un poco escéptico—. Recemos con mucho fervor para que el gobierno del país lo dote de dinero suficiente para llevar a cabo esas reformas.

—Amén —aplaudió Jasper Spence.

Henrietta, que había permanecido en malhumorado silencio durante lo que había sido un intercambio de opiniones masculinas, dijo de repente: —He hablado largo y tendido con el señor Ellis Bent y su esposa y ambos me han parecido encantadores.

La señora Bent, no obstante, me ha dicho que el nuevo gobernador ha expresado algunas ideas peligrosamente radicales.

Tiene la intención, ha dicho, de nombrar magistrados entre los emancipados, e incluso invitarlos a cenar en la Casa de Gobierno.

¿Podéis imaginar el efecto que eso tendrá en esta comunidad?

Nadie le respondió. Abigail vio que Frances se había ruborizado y tenía los ojos llenos de lágrimas.

Se levantó a medias, con ganas de ir a verla, pero Jasper Spence estaba delante.

El hombre cruzó hasta ponerse a un lado de su esposa, la rodeó con el brazo y le dijo en voz baja y controlada, aunque llena de sentimiento: —En todo estoy de acuerdo con el gobernador.

Si un hombre o una mujer han cumplido su pena o han sido beneficiados con un indulto, eso debería bastar.

No se puede, en justicia, castigar por el resto de sus vidas a quienes han sido condenados por delitos menores y han pagado de cabo a rabo la pena exigida por la ley.

Ante el asombro de Abigail, Timothy Dawson se unió en lo que, en efecto, equivalía a una condena de la actitud de su propia esposa.

Miró de frente a Frances y declaró con convicción: —Tampoco es justo condenar al ostracismo a aquellos cuyas ofensas fueron crímenes solo a los ojos de los británicos.

Nosotros podemos llamarlos rebeldes; ¡su propia gente los llama patriotas!

El significado era bastante claro, incluso para Henrietta. Esta miró con resentimiento a su marido y a su padre y se levantó con una digna afectación.

—Debo pedir que me disculpen —dijo, sin mirar a nadie en particular—. Me duele la cabeza… Voy a acostarme. Venid, niños, una charla como esta no es para vuestros oídos.

Salió con sus dos hijas que, obedientes, iban pisándole los talones. En cambio, el más pequeño, Alexander, que había estado sentado en el reposabrazos de la silla de su padre, la siguió más despacio.

Con una sonrisa irónica, Timothy dijo a su suegro:

—Había que decirlo, señor, si queremos que haya una nueva era en esta colonia. Y, para ponerla en práctica, Su Excelencia, el nuevo gobernador, necesitará, me temo, todo el apoyo que podamos darle.

—¿Incluso la ayuda de los irlandeses, Tim? —bromeó Frances. Iba recuperando la compostura, con sus hermosos ojos aún llenos de lágrimas—. ¿Tendrías el apoyo de los rebeldes?

—Si aceptaran que Australia es ahora su país… —respondió Tim sin vacilar.

—Brindemos por ello —invitó Jasper Spence. Se acercó al aparador y llenó los vasos con agilidad—. Brindo por vosotros —añadió, una vez que los vasos estuvieron repartidos—. Por el futuro de una nueva Australia.

—¡Y por el fin de la parsimonia de la Oficina Colonial! —dijo el comisario Palmer, con una sonrisa tensa—. ¡Que Dios bendiga al gobernador Macquarie y lo ayude!

Frances Spence, según observó Abigail, fue de las primeras en llevarse la copa a los labios.