Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 4 #6
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Capítulo 4 #6

—Todavía no, señorita Abigail. —Justin se levantó.

Sonreía por primera vez desde su llegada a la casa.

— Tengo intención de hacerlo, pero consumirá tiempo y dinero, por supuesto.

Ya han pasado los días en que un barco como el Flinders podía construirse por casi nada, con madera suministrada por el gobierno y toda la mano de obra gratuita que uno quisiera.

—Hizo una reverencia un poco rígida, con una notable incomodidad.

— Si alguna vez pudiera servirla en algo, señorita Abigail, no tendría más que pedírmelo.

Abigail lo acompañó hasta la puerta. Pensando en tranquilizarlo, le dijo con ligereza: —Bueno, ¿quién sabe? Para cuando haya construido su nuevo barco, puede que yo esté casada y lo llame para que traslade al nuevo amo de Yarramundie, así como a Kate, Dickon y a mí misma.

Justin se detuvo, frunció el ceño y se volvió hacia ella.

—¿Casada? —preguntó en voz ahogada y baja.

—Pues sí —respondió Abigail en el mismo tono ligero—. Uno de los compañeros de mi hermano, el teniente Fortescue, pretende establecerse aquí cuando regrese el Porpoise. ¿No le dije que me había pedido que me casara con él? Estoy segura de que sí.

La expresión de Justin no se relajó. Él le puso las manos sobre los hombros y Abigail sintió como si le quemaran la piel a través de la fina seda de su vestido.

Tomada por sorpresa, retrocedió un paso, forzó una carcajada y dijo: —Oh, Justin, ¿me creía tan vieja y pasada de moda que ningún hombre se fijaría en mí?

¿O que me conformaría con la viudez y la soledad en Yarramundie?

Vamos, ¡qué maleducado es usted! Solo soy un año mayor que usted, de verdad.

—Lo sé —admitió Justin. Enrojeció y dejó caer las manos a los costados—.

No tenga demasiada prisa por casarse, señorita Abigail, se lo ruego.

Yo… Ante el cielo le digo que no soy un maleducado en lo que a usted se refiere, pues hace mucho tiempo que siento una gran admiración por usted.

Y yo… Señorita Abigail, las cosas cambian.

Un día volveré a tener mi propio barco, solo que será un mercante de alta mar, no como el Flinders.

Entonces estaré en condiciones de cortejarla.

O podría entrar en la Marina Real… El nuevo gobernador ha hablado de esa posibilidad, y…

Abigail lo interrumpió con una exclamación ahogada.

—Por favor, no diga nada más. El…

Nunca había pensado en Justin Broome como un posible pretendiente.

Las palabras del joven, a pesar de que eran serenas y sinceras, la sorprendieron más que complacerla.

Eran halagadoras, por supuesto. Era un joven atractivo, alto y agradable, de cuerpo esbelto y ágil, de brillantes ojos azules —ojos de marinero— y modales de gentilhombre.

Pero era de estirpe de presidiarios. Su madre era una emancipada; muy respetada, por cierto, y estaba casada con el capitán Andrew Hawley, que fuera ayudante del gobernador. Aun así…

En un instante, por contener el rechazo que estaba a punto de expresar, sus dientes se cerraron sobre el labio inferior.

Incómoda y, a la vez, reacia a hacerle daño, se preguntaba si los prejuicios de Henrietta habían empezado a calar en ella.

¿Era también una elitista de corazón, incapaz de cruzar el abismo entre los que habían venido a este país por su propia voluntad y los que habían llegado encadenados?

No era que Justin hubiera llegado de esa guisa; él había nacido allí.

Sin embargo, la diferencia no era grande, pensó Abigail, pues el estigma no se borraba.

Él…, ¿cuál era el término despectivo?, era un «chico de la moneda», un «mocoso malparido», y, lograra lo que lograra, siempre tendría pegada esa etiqueta.

Lo mismo ocurría con el marbete de emancipado, que se adhería incluso a hombres ricos y de éxito, como Simeon Lord; o, a sir Henry Brown Hayes, a pesar de su título y origen aristocrático.

¿Acaso no había sido John Macarthur, hijo de un mercader, el causante de que enviaran al pobre sir Henry al río Coal, donde las condiciones eran tan terribles que pocos sobrevivían a sus rigores?

Se estremeció. Recordaba cuán consternado se sentía Titus cuando acababan de destinarlo allí, a cargo del hospital.

La balbuceante disculpa de Justin la trajo de vuelta al presente y logró sonreír.

—Estoy prometida a David Fortescue —explicó, con la esperanza de que su excusa fuera aceptada y que Justin no leyera en ella más que un deseo natural de mantener su palabra—. Me pidió que lo esperara y le aseguré que lo haría. Es un buen amigo de mi hermano y Rick habla muy bien de él.

—Y es un oficial y un caballero, como lo fue su padre —fue la rotunda respuesta de Justin—. Entiendo, señorita Abigail. Perdóneme, se lo ruego, por hablar cuando no debía.

Quizás había expresado sus pensamientos en voz alta, pensó Abigail con pesar cuando él se inclinó y se despidió.

Él los había leído con tanta claridad como si ella, en verdad, los hubiera declamado.

Consciente de que lo había herido, cerró la puerta entre ella y alta figura que se retiraba arrepentida.

Mary Ryan había estado revoloteando en el oscuro vestíbulo. Vino a recordarle que su almuerzo estaba listo.

—Está listo desde hace media hora, señora O’Shea —añadió la muchacha con un ligero tono de reproche—. La señora estaba diciendo que usted…

—No quiero nada —dijo Abigail con desacostumbrada acritud. De pronto, la idea de comer le resultaba aborrecible. Cedió, no obstante, y añadió en tono conciliador—: Gracias, Mary, pero me gustaría tomar solo un té. Quizás serías tan amable de servírmelo en el cuarto de los niños.

—En el cuarto de los niños, sí, señora, pero…

Los penetrantes oídos de la criada captaron, antes que los de Abigail, el ruido de las ruedas del carruaje que se acercaba. Mary se interrumpió para alisarse el delantal y apresurarse a ir a la puerta, pues el carruaje se estaba deteniendo en la entrada.

—Han vuelto el amo y la ama, señora. Querrá tomar el té con ellos en el salón, ¿verdad?

—Sí —reconoció Abigail—, por supuesto. —Vio que los Campbell venían con ellos.