Capítulo 4 #4
Ella también había presenciado la llegada del nuevo gobernador y su séquito, y, mientras Abigail terminaba de asearse y de ponerse un vestido limpio de andar por casa, Kate la obsequiaba con interesantes cotilleos y comentarios que había oído entre la multitud.
—A la mayoría de la gente parece gustarle el aspecto de Su Excelencia, señorita Abigail.
Tal vez sea un poco mayor de lo que yo esperaba, pero su rostro es de persona amable y honrada, y eso es lo que necesitamos aquí, después de los granujas del Cuerpo del Ron.
No mucha gente honrada se arrepentirá de que se vayan esos bribones, ¡verdad de Dios!
Quizás fuera verdad, pensó Abigail, aunque, dado que la mayoría de los habitantes de Sídney difícilmente podían caer en la categoría de honrados, no serían pocos los que lamentarían la marcha del Cuerpo.
Ella había ido de inmediato a ver a Dickon y se había perdido el discurso del nuevo gobernador, pero Kate sí que lo había escuchado y, con el pequeño niño feliz en su amplio regazo, repitió todo lo que podía recordar.
—Nos insta a asistir a la iglesia con regularidad, señorita Abigail, como han hecho todos al llegar aquí por primera vez; pero supongo que el gobernador Macquarie no lo sabía.
La iglesia tiene solo la mitad del tejado, y el reverendo señor Fulton ha sido enviado a Green Hills.
—La risa de Kate era fuerte, casi una carcajada, pero carecía de diversión.
— Como usted habrá notado, no lo dudo, Su Señoría, el coronel Foveaux, se ha empeñado en hacer de anfitrión y ha pasado gran parte de la ceremonia susurrando al oído de Su Excelencia.
Sería una lástima que el gobernador le diera crédito, ya que será una sarta de mentiras, por lo que sé de él.
Eso es lo que ha estado tratando de hacer, se lo juro.
—¿Ha dicho algo el nuevo gobernador del regreso del gobernador Bligh? —preguntó Abigail.
Kate Lamerton consideró la cuestión y terminó sacudiendo la cabeza con inseguridad.
—No de manera explícita, señorita Abigail.
Yo no estaba tan cerca, así que no he alcanzado a oír todo lo que ha dicho.
Ha habido algo sobre la destitución injustificada del comodoro Bligh y la conducta amotinada, en referencia al Cuerpo del Ron, pero no he oído nada más.
En la multitud, la gente decía que el gobernador Bligh iba a volver, y yo, por mi parte, espero que tengan razón.
Cuando pienso en la pobre señora Putland y en lo que ha tenido que soportar estos dos últimos años, me hierve la sangre; porque, si alguna vez ha habido una buena joven, esa es la señora Putland.
Y que haya enviudado y tal… No soporto ni pensarlo, señorita Abigail.
—Sí —concedió Abigail—, tienes razón.
—He visto a la señora Dawson llegar en su carruaje —continuó Kate, con un leve matiz de malicia en la voz—. Pero no ha podido llegar hasta las puertas de la Casa de Gobierno, de tanta gente que había. Al final, ha tenido que bajarse y caminar.
Henrietta Dawson, la esposa de Timothy. Se había negado a unirse a la recepción en el embarcadero, recordó Abigail, poniendo como excusa que no se sentía bien si pasaba mucho tiempo al sol.
«Por el simple y dudoso privilegio —había dicho— de estrechar la mano de quienes, en cualquier caso, conoceré muy pronto en reuniones sociales. »
Sin embargo, la verdadera razón era menos loable.
Eso sospechaba Abigail, y Kate también, y su tono la delataba.
Henrietta no iba a ninguna parte donde estuviera su madrastra; al menos, no en público.
Frances Spence la igualaba en alcurnia, pero había sido deportada a Nueva Gales del Sur por sedición y por ser partidaria de los rebeldes Defensores de Irlanda, el grupo de Wolfe Tone.
A los ojos de Henrietta, era una convicta a la que solo el matrimonio con su padre había liberado.
Al igual que muchos otros en la colonia, Henrietta Dawson se aferraba arrogante a su distintiva condición de colona libre.
A pesar de la calurosa amabilidad que Frances siempre le había mostrado, había entre las dos un abismo que Henrietta no estaba dispuesta a salvar.
Un abismo, por cierto, que ella misma había creado.
Se hacía ayudar por la segunda esposa de su padre.
Aceptaba la hospitalidad de Frances y enviaba a sus hijos a la casa de los Spence, en Sídney, durante el tiempo en que el colegio estaba abierto.
Incluso se quedaba allí como invitada en ocasiones como esta, cuando había una celebración popular.
Pero el abismo permanecía: hiriente para Frances y Jasper Spence y evidente para todos los que los conocían.
De hecho, quienquiera que hubiera cursado las invitaciones para asistir a la bienvenida oficial al gobernador Macquarie y su esposa también debía de estar al corriente de esas divergencias, ya que los Dawson habían recibido la invitación para el almuerzo, pero, en un aparente descuido, Jasper Spence y su esposa, no.
Frances, con su acostumbrado buen tacto, había restado importancia a la omisión.
Abigail acababa de recordarlo, y suspiró indignada al recordar también que Henrietta Dawson no había perdido la oportunidad de añadir lo que, según suponía, era una nueva humillación a su madrastra: había hablado del futuro almuerzo en presencia de Frances al tiempo que aceptaba la ayuda de esta para confeccionar su propio vestido y el de sus dos hijas pequeñas, hechos para la ocasión.
—¿Y la señora Dawson se veía bien en seda lila, Kate? —preguntó Abigail.
—Oh, sí que se veía bien —confirmó la enfermera—.
La señorita Julia y la señorita Dorothea, también…
Eran como pinturas, las dos. Pero, a pesar de todo —rio entre dientes—, ¡nuestra señorita Lucy era la que más llamaba la atención!
En cuanto ha terminado el desfile, tenía media docena de jóvenes oficiales haciéndole la ronda, como abejas alrededor de un tarro de miel, y ella no paraba de reírse y hacerles chanzas.
Tendremos que vigilarla, señorita Abigail, para que no se le suba toda esa atención a la cabeza.
—Sí —aceptó Abigail con gravedad—, eso haremos.
Su hermana menor, Lucy, tenía ya casi diecisiete años.
Era una muchacha extraña y malhumorada, poseedora de una apariencia oscura y, cuando decidía salir de la coraza protectora de silencio que había construido sobre sí misma, un encanto inmenso.
Los últimos días trágicos que había pasado en Yarramundie, su propiedad en el Hawkesbury, habían hecho mella en Lucy.
Había presenciado la muerte del reverendo Caleb Boskenna y había estado en peligro de perder su propia vida a manos de él.
Y eso le había dejado una conmoción tan honda durante los meses anteriores que incluso el pobrecillo Dickon había sido más comunicativo y fácil de consolar.
Sin embargo, Henrietta ejercía una fuerte influencia sobre ella, y eso era algo que Abigail estaba obligada a reconocer. Había hecho más que nadie para devolver a la moza a su actual estado de ánimo feliz y menos inhibido.
Lucy había terminado el colegio, por supuesto.
Desde hacía mucho, las dos tenían todo el derecho de regresar a Yarramundie.
La propia Abigail lo había hecho, acompañada de Dickon y Kate, pero Lucy se había negado a acompañarlos.
A cada súplica respondía con estallidos de lágrimas histéricas.
Alegaba que los recuerdos que Yarramundie guardaba para ella eran tan dolorosos que ni siquiera podía soportar la idea de pasar allí una sola noche.
—No sabes lo que fue aquello, Abby, ni siquiera te lo puedes imaginar —había dicho entre sollozos—.
Después de todo, no fue a ti a quien el señor Boskenna apuntó con su mosquete, ¿verdad?
Y tú no viste el dolor de la señora Boskenna cuando los negros atravesaron al capellán con sus lanzas, ni en el momento en que la pobre infeliz se dio cuenta de que su marido estaba muerto.
Ella lo amaba, ¿sabes?, y, sin importar lo que hayas pensado de él, yo…
A ella le tenía cariño, porque siempre fue buena conmigo.
No puedo volver allí. No volveré mientras viva, ¡así que es inútil que me lo ruegues!
Y Abigail había dejado de suplicar. Se daba cuenta de que nada de lo que pudiera decir daría frutos.
Frances Spence, como siempre, había acudido al rescate con una oferta de hospitalidad.
Lucy podría ayudarla con los niños Dawson y podría quedarse en Sídney todo el tiempo que deseara.
Estaría encantada de tenerla ahí, había dicho Frances.
Y, en caso de que la chica quisiera cambiar de aires, podía ir durante las vacaciones a Upwey, la propiedad de los Dawson, cuando los tres hijos de Henrietta estuvieran allí.
El acuerdo resultó beneficioso; al menos, en lo que a Lucy se refería.
Después de una separación de casi seis meses, cuando Abigail fue a Sídney para consultar al doctor Redfern acerca de la sordera de Dickon, notó una notable diferencia.
Lucy estaba muy a gusto en casa de los Spence, en excelentes relaciones con Henrietta y los niños.
Se veía tan asentada y contenta como cabía esperar.
Solo la mención de Yarramundie seguía perturbándola y precipitando torrentes de lágrimas, así como la reiterada negativa a considerar siquiera la posibilidad de establecerse allí.
Abigail miró insegura a Kate; su querida, fiel y bondadosa Kate, que tan bien la había servido y tanto se había preocupado por todas ellas.
Pero Kate era una observadora perspicaz y una muy fiable juez del carácter.
Ni siquiera Lucy podía engañarla. Su risa, aunque expresaba cierta diversión, venía seguida de una advertencia…
Y Kate Lamerton no hacía advertencias sin un buen motivo.
¿Qué había dicho de Lucy? «Tendremos que vigilarla, señorita Abigail, para que no se le suba toda esa atención a la cabeza».