Capítulo 4 #3
—El primer oficial del Dolphin, Toby Cockrell, tiene unos cuarenta años y título de capitán, pero…
—Simeon Lord encogió sus estrechos e inclinados hombros.
— Aquí, entre tú y yo, no me fío de él, Justin.
Bebe y es tramposo. Además, es un mal navegante.
Le llevó varias semanas más de lo debido traer el barco desde Otaheite.
O fue mala navegación o se embarcó en algún negocio privado para su propio beneficio.
El capitán se quiso quedar en Otaheite e hizo que Cockrell me entregara el barco, cosa que no debería haber hecho, ¡maldito sea!
Pero… —Volvió a encogerse de hombros con cierta resignación. — Eso es agua pasada, ¿no?
—Sí, señor, supongo que sí —murmuró Justin, pues sentía que eso exigía alguna respuesta por su parte.
Lord se sumió en un silencio pensativo. Siguieron caminando en dirección a su imponente mansión de dos plantas, ahora a menos de cincuenta yardas, al otro lado del arroyo Tank.
—Señor Lord… —Justin vaciló y respiró hondo; pero era ahora o nunca, se dijo, y, si el acaudalado armador seguía indeciso, tendría que ayudarlo a hablar.— Señor, ¿me está ofreciendo el mando del Dolphin ?
Simeon Lord ladeó la cabeza.
—Eso es lo que tenía en mente, Justin. Habría ciertas condiciones, como comprenderás. Para empezar, no tienes título de capitán, ¿verdad?
—Tengo una licencia colonial y estoy clasificado como oficial de la marina, señor. Y…
—Y serviste a las órdenes de Matthew Flinders en el Investigator —añadió Lord.
Puso una mano en el brazo de Justin y recuperó la sonrisa—.
Lo sé todo sobre ti como marino y navegante, Justin, y sé que eres un joven honrado.
Lo que no conozco es tu capacidad para mandar a otros hombres.
A Tobias Cockrell, por ejemplo, a quien no le gustará recibir órdenes tuyas.
Los manifiestos de carga tendrán que estar a su nombre, porque tú solo tienes una licencia de comercio colonial, y eso podría crearte dificultades.
—Puedo arreglármelas, señor Lord —afirmó Justin.
La vacilación de Simeon Lord fue breve. Enseguida, habló enérgico: —De acuerdo —dijo—, el Dolphin es tuyo, pero estarás a prueba durante tu primer viaje redondo con su tripulación actual.
Creo que mi oferta te gustará, dadas las circunstancias.
Empezarás a trabajar en él a partir de mañana, en el astillero.
Cuando esté listo para zarpar, llevarás la carga que yo crea conveniente.
No se te pagará por tus servicios, ni en el astillero ni en la mar; pero, si me lo devuelves sano y salvo, tendrás la libertad de trabajar en mi astillero y de usar los materiales que necesites para construirte otro pequeño barco comercial.
Además, te proporcionaré a dos de mis mejores hombres para que trabajen contigo. ¿Qué me dices?
Solo había una cosa que podía decir, y Justin, con su rostro joven y bronceado envuelto en sonrisas, le dijo de inmediato.
—Acepto, señor Lord, y con mucho gusto. Gracias, señor.
Le ofreció la mano, pero Lord sacudió su blanca cabeza.
—No, muchacho, no aquí en la calle. Sellaremos nuestro trato en casa, con un vaso de cerveza. Llevo demasiado tiempo de pie bajo el maldito sol y estoy muerto de sed. Siga, capitán Broome, usted conoce el camino.
Cinco minutos más tarde, en el fresco salón, se dieron la mano y bebieron por el Dolphin con un solemne brindis.
*
Dickon estaba llorando cuando Abigail O’Shea volvió a entrar en la grande y lujosa residencia de los Spence, en la esquina de la calle Mulgrave.
Tenía calor y se sentía cansada por la larga espera en el muelle del gobierno, pero al reconocer los sollozos agudos y casi histéricos de su pequeño, que debía de haberse despertado al sentir que ella no estaba, subió corriendo las escaleras presa del pánico.
Llegó sin aliento a la habitación del niño.
Mary Ryan, la criada de los Spence, que había estado cuidando de Dickon en su ausencia, la saludó con alivio.
—¡Cómo ha llorado el pobrecito al enterarse de que no estaba usted, señora! —exclamó—. Aquí he estado, tratando de hacerle entender que usted no se había ido para siempre. Pero, dijera lo que dijera, no podía conseguirlo.
Abigail cogió al niño y lo abrazó con cariño.
—No puede entenderte —dijo—. Cuando le hables, míralo a la cara para que vea cómo mueves los labios. Ya te lo he dicho, Mary —añadió con tono de reproche—. Y estoy segura de que Kate Lamerton también te lo ha dicho. Dickon es sordo. El pobre no puede oírte ni entender lo que le dices.
Desazonada, pensó que había aceptado la sordera de su hijito, pero incluso entonces le costaba reconciliarse con ella, sobre todo cuando era necesario explicar las deficiencias a alguien como Mary Ryan.
Dickon tenía dos años y, a diferencia de otros niños de su edad, los sonidos que emitía eran casi ininteligibles para todos los que no estuvieran familiarizados con ellos.
Por lo general, ella y la enfermera Kate Lamerton podían, en cierto modo, conversar con el niño.
Dickon podía dar a conocer sus deseos en una extraña mezcla de lenguaje de signos y gruñidos, pero…
Despidió a Mary Ryan con unas breves palabras de agradecimiento. Los sollozos del niño fueron cesando.
El doctor Redfern, médico inteligente y experto, lo había examinado con un cuidado ejemplar durante varias semanas.
Su diagnóstico, si bien no era alentador, dejaba, al menos, alguna esperanza.
Dickon tenía una inteligencia normal, había insistido.
Aprendería a hablar, si le daban tiempo y lo enseñaban con mucha paciencia, y…
Abigail sostuvo a su hijo y le habló con lentitud:
—He vuelto, cariño. Mami está aquí contigo.
La sonrisa iluminó el pequeño y delgado rostro.
El niño emitió un sonido que, como ella bien sabía, significaba «mamá», le echó los brazos al cuello y la abrazó.
Ella siempre se refería a sí misma como «mami», ya que le parecía un sonido más fácil de repetir que el más habitual «mamá».
El pequeño se esforzaba más con esa palabra que con cualquier otra…
Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, la pronunciaba muy distorsionada.
Fuera de la sordera —una sordera congénita, la había calificado el doctor Redfern— y de su extraña forma de hablar, Dickon era un niño vivaracho y de lo más atractivo.
Era incluso alto para su edad. Su pelo oscuro y su colorido eran la imagen de su padre; un padre, pensó Abigail con pesar, que no había vivido para conocerlo.
El padre que… Abigail apartó ese pensamiento de su mente.
En este día de esperanza que había traído la llegada del nuevo gobernador, se negaba a pensar en sus remordimientos y a dejarse llevar por la tristeza.
Aquello había quedado atrás. Era joven y no le faltaban amigos ni admiradores, y Dickon era una fuente de gran alegría para ella y su anfitriona, Frances Spence, la mujer más amable y encantadora que había conocido.
Además, estaba el teniente David Fortescue, el amigo de su hermano Rick.
Servía con Rick a bordo del barco del gobernador Bligh, el Porpoise, y la había cortejado con ardor antes de la partida de su barco.
En ese momento, según todo el mundo, el Porpoise estaba a punto de regresar a Sídney.
Se esperaba que trajera al gobernador depuesto, pues debía ser restituido durante el período formal de veinticuatro horas decretado por el secretario colonial.
El barco estaba en el Derwent, en la Tierra de Van Diemen, de modo que no tardaría mucho en volver a fondear en la cala de Sídney.
Entonces, Rick y David tendrían permiso para bajar a tierra…
Abigail sonrió. Con Dickon aún en brazos, cruzó a donde estaba el espejo de pared, en el lado opuesto de la habitación, y sometió su imagen a un escrutinio.
Ya tenía veinte años. A pesar de todo lo que había pasado desde su llegada a la colonia, de las palizas que le había dado su tutor, Caleb Boskenna, del matrimonio sin amor que este había concertado para ella con Desmond O’Shea y de tantas otras cosas, el rostro que el espejo le devolvía seguía siendo el de una jovencita.
No tenía arrugas y su piel era suave y flexible, con un color que, en alguna ocasión, David Fortescue había comparado con el de una rosa inglesa.
Era tan atractiva como siempre. El nacimiento prematuro de Dickon no había alterado en absoluto la esbeltez de su cuerpo, salvo, tal vez, para realzarla.
Sin embargo, se dio cuenta de que tenía el pelo revuelto, así que cogió un peine.
En el muelle había soplado una brisa muy fuerte y todos habían tenido que permanecer allí, de pie, durante un largo rato.
Movió los dedos con rapidez y arregló los húmedos mechones dorados.
Dickon, que la miraba en el espejo, gorjeó de placer.
Levantó una manita y agarró un mechón que a su mami se le había escapado.
—Hala, bribonzuelo —lo reprendió Abigail con benevolencia—. Suéltalo… Mami quiere arreglarse el pelo, no que tires de él. Ya está, así está mejor, ¿verdad, cariño?
El niño, obediente, se soltó del abrazo y caminó de prisa hasta la puerta. Allí se quedó, de pie, con la cabeza de lado, expectante.
Pronunció el sonido que para él significaba «Kate», y Abigail lo aprobó con una sonrisa.
Siempre le extrañaba que, a pesar de su sordera, Dickon supiera cuándo estaba por llegar su nodriza.
Por lo general, lo sabía mucho antes de que cualquier otra persona, incluida la propia Abigail, hubiera oído el más leve ruido.
Rara vez se equivocaba. Unos minutos más tarde apareció Kate, robusta, con la cara roja y sudando a mares.
Fue a abrazar al pequeño con su acostumbrado afecto.