Capítulo 4 #2
—¿Hawley? ¿Hawley? —dijo el gobernador con el ceño fruncido en lo que parecía un esfuerzo por recordar—.
He oído tantos nombres hoy que confieso que estoy un poco confundido.
Pero… ¿no es la señora Hawley la madre del joven marinero al que tuve motivos para elogiar por su valor y destreza?
¿El joven que lo trajo hasta nosotros, coronel Foveaux, cuando la tormenta que nos mantenía alejados de los Heads estaba en su apogeo?
, ¿el que arriesgó vida e integridad física para conseguirlo?
… ¿Cómo se llamaba? —Su expresión se relajó.
— Justin Broome. Dios santo, ese es su nombre, ¿no?
Foveaux no intentó ocultar su creciente impaciencia.
—Sí —aceptó lacónico—. El joven Broome fue quien me llevó en su cúter. Tuvimos suerte de llegar hasta usted, Excelencia, pues el cúter no estaba en condiciones de navegar y necesitaba reparaciones. Ah, perdone, señor, pero se están haciendo los preparativos para el banquete y usted…
El gobernador Macquarie interrumpió al coronel.
Empezó a describir el rescate del gaviero del Dromedary y la posterior pérdida del Flinders.
Andrew, que no sabía nada de la aventura de Justin, lo escuchaba atónito.
El pobre chico estaría muy triste, pensó.
Ya había visto que el Flinders no estaba su lugar habitual del fondeadero, pero ¡qué tonto!
, no se le había ocurrido pensar que el cúter se había perdido.
Justin había estado ayudando a rescatar el ganado y las cosechas en el Hawkesbury desbordado y, maldición, ¡Andrew tenía por supuesto que el chico había regresado a Sídney!
Jenny seguía esperándolo en Long Wrekin.
A Andrew le había sugerido que, en caso de que Justin estuviera aún en Sídney, los dos podrían regresar en el Flinders.
—Bueno, ahora, capitán Hawley… —El gobernador estaba a punto de seguir su camino.
Andrew no acaba de asimilar todo lo que el hombre le había dicho, pero había oído lo suficiente.
Se daba cuenta de que su hijastro había causado una impresión muy favorable en el nuevo gobernante de la colonia.
Sintió que se le levantaba el ánimo.— Le decía, capitán Hawley, que haré todo lo que esté en mi mano para ayudar a su hijastro a avanzar en su carrera, de eso puede estar seguro.
Tengo cierta influencia sobre el capitán Pasco, del Hindostan, y también la mira de llevar este asunto a su atención.
Abrigo la esperanza de persuadirlo para que patrocine al joven.
—Es muy amable por su parte —respondió Andrew, y volvió a erguirse—. Gracias, señor. Se lo digo en nombre de mi hijastro y también en el de mi esposa.
—Ah, sí, la madre del joven. Confío en que la traerá a cenar con la señora Macquarie y conmigo cuando nos hayamos instalado. —El gobernador le tendió la mano.— Piense en la posibilidad de volver al servicio militar, capitán Hawley. Un oficial de su calibre se está desperdiciando en una granja.
Apretó la mano de Andrew, sonrió y siguió adelante, con un Foveaux malhumorado caminando tras él.
*
Justin se dirigía al astillero de Robert Campbell cuando un hombre que había estado observando el desembarco del nuevo gobernador —desde el borde, entre la multitud, como él mismo— le pidió que se detuviera.
Se sintió un tanto sorprendido, pues se trataba de uno de los armadores más ricos de la colonia.
Justin reconoció al señor Simeon Lord y e hizo un alto de inmediato.
Lord era un emancipado, pero se había hecho tan rico que poca gente estaba dispuesta a recordar sus orígenes o a cobrárselos.
Era propietario de una de las mejores residencias de Sídney y construía sus propios barcos a una escala que ni siquiera Robert Campbell podía igualar.
Además de que la administración rebelde lo había nombrado subastador del gobierno, le había hecho muchos favores al coronel Foveaux.
En consecuencia, ejercía más influencia de la que habría tenido solo por su cargo.
Justin, perplejo, se quedó pensando que, al parecer, Lord no había recibido ninguna invitación para unirse a la fiesta del embarcadero ni al almuerzo y recepción que estaba a punto de celebrarse en la Casa de Gobierno.
Sin duda, había sido un desaire, intencionado o no, por parte del coronel Foveaux. Pero, sensato, Justin consideró que sería mejor no mencionarlo.
—Dígame, señor Lord —dijo y esperó a que el hombre rico le diera a conocer sus deseos.
Simeon Lord le hizo señas para que no se detuviera y echó a andar a su lado.
Como siempre, iba bien vestido, con abrigo de terciopelo abotonado en plata, cortado con maestría para su espigado cuerpo.
Impecables lucían el lino y los pantalones blancos de piel de ante.
Estaba entrando en la madurez, Justin bien lo sabía, y su cabello rubio empezaba a volverse blanco.
Sin embargo, tenía una forma física y una energía envidiables para hombres de la mitad de su edad.
Caminaba a paso ligero, mirando con disimulo a Justin una o dos veces, sin decir nada. Luego, con genuina compasión, le dijo: —Me han dicho que tu Flinders se ha perdido.
—Sí, ¡ay!, señor, se estrelló contra las rocas en South Head —confirmó el joven.
Le seguía doliendo pensar en el destino del cúter.
Esperaba que Simeon Lord no le hiciera demasiadas preguntas y su esperanza se vio bien recompensada.
Más allá de un áspero «lamento oírlo», el armador no hizo ninguna otra referencia directa a esa pérdida.
Tal vez, reflexionó Justin suspicaz, porque ya sabía todo lo que había que saber.
Empleaba a un gran número de marineros y carpinteros de buques y solía estar bien informado de los sucesos marítimos.
—¿Estás buscando trabajo, muchacho? ¿Un nuevo mando, tal vez? O… —Lord vaciló, sin dejar de mirarlo pensativo—. ¿O pretendes construir otra nave?
—Me gustaría construir otro barco, señor Lord. Pero, de momento, no puedo permitírmelo.
Justin suspiró. Era la verdad. Por los trabajos de rescate, tras el desbordamiento del Hawkesbury, no había recibido remuneración alguna.
Nunca había pedido un solo penique a ninguno de los colonos, consciente de que sus pérdidas superaban las suyas con creces.
Los fletes habían bastado para pagar el mantenimiento del Flinders y los salarios de Cookie Barnes, pero el cúter era demasiado pequeño para transportar mucha carga.
Además, durante el último año, no había recibido ningún pedido de llevar correo.
Los dos tenientes gobernadores del Cuerpo, Paterson y Foveaux, habían preferido usar a los cazadores de focas y algún ballenero ocasional para mover el correo local o comunicarse con Hobart y el puerto Dalrymple, asuntos para los que no había prisa.
La isla de Norfolk ya estaba casi vacía y, en cualquier caso, el grueso de la correspondencia de la isla se dirigía a Inglaterra y era consignado a los transportes que volvían a casa, ya fuera por la India o la China.
La próxima vez que construyera su propio barco, pensó Justin, «será un bergantín y tendrá el doble de tamaño que el Flinders… Y costará tiempo y dinero». Tal le dijo a Simeon Lord. El armador asintió con la cabeza.
—¿Así que estás buscando empleo? —sugirió.
—Sí, señor, si me ofreciera alguno, lo consideraría.
—Eres joven para que te confíen un mando —le dijo Lord—, pero has sido bien entrenado y conozco tu historial.
Lo primero que pensaba… —Sus finos labios se torcieron en una sonrisa.
— De hecho, te confieso que, hasta esta mañana, mi único pensamiento era ofrecerte empleo en mi astillero.
¿Fuiste aprendiz del viejo Tom Moore, no es así?
—Sí, señor Lord, lo fui —contestó Justin, con sus esperanzas en alza.
El señor Campbell ya le había ofrecido trabajo como carpintero, pero él lo había rechazado.
Era consciente de que podía encontrar un puesto de oficial subalterno en casi cualquiera de los indianeses o mercantes del té que hacían escala en el puerto.
Pero eso significaría abandonar Nueva Gales del Sur y a su familia durante varios años, y, en cualquier caso, un mando propio era mucho más deseable.
Rompió el paso y se volvió hacia el rostro redondo y sonriente de Simeon Lord en busca de alguna señal de sus intenciones.
—Supongo que conoces mi goleta Dolphin, ¿no? —le dijo Lord.
A Justin le dio un vuelco el corazón.
—La conozco bien, señor.
El Dolphin no era un barco nuevo. Había prestado servicio durante quince años como mercante en el Pacífico, pero era veloz y estaba bien diseñado.
Bien equipado, era capaz de llegar a cualquier parte del mundo.
Sabía que en ese momento se encontraba en el astillero del señor Lord, donde estaban raspando su fondo y calafateando las viejas vigas.
Lord lo había comprado hacía poco a sus anteriores propietarios, los Hullett de Londres; a un bajo precio, según se decía, porque necesitaba una renovación a fondo.
Justin añadió con cautela:
—Es un buen barco.
—Y estará listo para zarpar en una o dos semanas —afirmó Lord. Enumeró las reparaciones que estaba haciendo y su sonrisa se desvaneció—. Me está costando un dineral, ni que decir tiene, así que, en cuanto volvamos a botarlo, tendrá que empezar a devolverme lo que he hecho en él.
—Sí, señor, por supuesto —dijo Justin. Se quedó esperando la oferta que, estaba seguro, estaba por llegar.