Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 4
37%

Capítulo 4

Andrew Hawley no había estado entre el privilegiado grupo de funcionarios y habitantes prominentes que, acompañados de sus esposas, habían sido invitados a recibir al nuevo gobernador en el embarcadero.

Sin embargo, en su calidad de ayudante de campo del exgobernador, había recibido órdenes de presentarse en la ciudad de Sídney a la espera, como decía el oficio del coronel Foveaux, «de lo que Su Excelencia mande».

Había cabalgado desde Parramatta acompañando al coronel Paterson y su esposa.

Se encontraba entre la variopinta multitud de soldados y civiles reunidos en el jardín de la Casa de Gobierno para presenciar la toma de posesión.

El discurso, o, más bien dicho, lo que había alcanzado a oír de él, difería poco del que William Bligh había pronunciado el día que tomó posesión de su cargo, cuatro años antes.

Este podría calificarse, quizás, de más apaciguador.

El coronel Macquarie, salvo por sus censuras en términos un tanto generales al Cuerpo del Ron, no había proferido amenazas.

Al igual que Bligh, había instado a los habitantes de la colonia a ser diligentes en su culto cristiano, además de sobrios e industriosos; pero Andrew tenía bien sabido que, en lo que se refería a muchos de ellos, a demasiados de ellos, esos mandatos no serían escuchados.

Sídney era una ciudad pecaminosa. Estaba poblada por funcionarios corruptos, taberneros, prostitutas, dueños de burdeles y todo tipo de comerciantes clandestinos…

Y también por una guarnición militar que, hasta la llegada del gobernador Macquarie, no había mantenido el orden ni se había preocupado lo más mínimo por la disciplina.

La administración rebelde había nombrado a funcionarios y jueces; había dado a sus partidarios tierras y mano de obra de convictos con tanta liberalidad como les concedía licencias de licor.

Sus oficiales poseían las tabernas y los puestos del mercado, fomentaban la mayor parte del comercio y participaban en él.

Desde la rebelión, con pocas excepciones, solo habían buscado llenarse los bolsillos mientras siguieran teniendo la oportunidad de hacerlo.

Sin embargo, gracias a las maquinaciones de Joseph Foveaux, el amotinado Cuerpo del Ron había desfilado junto con el regimiento del nuevo gobernador…

De hecho, a su ejército se le había dado preferencia sobre los soldados montañeses durante una recepción ceremonial planeada con escrúpulo para ese fin.

Andrew frunció el ceño y miró la descolorida tela escarlata de su chaqueta. Su última ceremonia en uniforme había sido hacía casi un año, cuando presenció la partida del gobernador Bligh, a bordo del Porpoise, hacia… Inglaterra. Al menos, eso habían supuesto entonces.

Después de aquello, él mismo había abandonado Sídney, acompañado de su esposa, Jenny, para regresar a Long Wrekin, su granja en el Hawkesbury.

En ese lugar eran bastante felices, pues los dos llevaban la agricultura en la sangre.

La tierra era buena, salvo cuando el valle se inundaba, y la administración rebelde los dejaba en paz.

Hasta entonces… Andrew miró al nuevo gobernador, que acababa de llegar al final de su discurso, y se preguntó qué clase de hombre sería el coronel Lachlan Macquarie.

Corría el rumor de que la Oficina Colonial había dado instrucciones para que el gobernador Bligh fuera restituido en su cargo durante veinticuatro horas.

Se esperaba, entonces, que estuviera de vuelta en breve para que esas instrucciones pudieran ponerse en práctica.

También se decía que sus funcionarios, es decir, los magistrados civiles Robert Campbell y el doctor Arndell, así como el pobre William Gore, el anterior preboste, iban a ser restituidos.

Su apoyo al gobernador legítimo, cuando tuvo lugar el juicio de John Macarthur, gestionado con tanta iniquidad, había sido castigado de la forma más cruel por los gobernantes rebeldes de la colonia.

Gracias al cielo, se les iba a hacer justicia.

Y era de presumir que el propio Andrew sería restituido con ellos.

No había renunciado a su capitanía en la Marina Real, aunque le habían sugerido que lo hiciera, ni tampoco había viajado con el gobernador depuesto a la Tierra de Van Diemen, de modo que…

Andrew volvió la mirada a su alrededor, hacia la multitud, en busca de caras conocidas, pero no encontró ninguna.

Simeon Lord no estaba allí; tampoco el comisario Palmer ni su esposa ni los Arndell.

El desdichado Gore había sido juzgado por los magistrados del Cuerpo y condenado a trabajos forzados en el río Coal.

Pobre diablo. Al menos, estaría agradecido por la llegada del nuevo gobernador.

Y Crossley, el abogado emancipado, quizá incluso más que él, pues su sentencia había sido más dura.

Dominando a la multitud desde su imponente estatura, la mirada de Andrew se posó en la figura desgarbada y tambaleante de Richard Atkins. Maldijo en voz baja.

La caída del exgobernador había sido provocada, en gran medida, por el mal manejo del juicio de John Macarthur por parte del juez Atkins.

Sin embargo… Tras la partida de Bligh, ese cerdo borracho había cambiado de chaqueta.

Foveaux lo había comprado con promesas y concesiones de tierras y rehabilitándolo en el cargo del que había sido privado por Macarthur.

Al parecer, durante el último año había servido a la administración rebelde como el incompetente que era, puesto que ya no contaba con los conocimientos jurídicos ni la experiencia del abogado Crossley.

Y pensar que los dos habían estado tan cerca de condenar a Macarthur.

Pero Atkins también iba a ser sustituido, gracias a Dios.

El gobernador Macquarie había traído consigo a su propio juez, un joven abogado; ese apuesto muchacho que acababa de prestar juramento.

Pero…

Andrew se quedó boquiabierto, sorprendido hasta el ridículo.

Si bien Foveaux no había considerado oportuno incluir a Atkins en el grupo oficial para reunirse en el muelle, era evidente que el traidor juez tenía la intención de presentarse ante el nuevo gobernador.

Lo vio abrirse paso con determinación entre la multitud de espectadores que abarrotaban el jardín de la Casa de Gobierno.

Iba apartando a codazos a la gente, sin disculparse siquiera, y, a pesar de toda la furiosa atención que iba atrayendo, por fin alcanzó al grupo que rodeaba al gobernador.

Extendió una mano regordeta e hizo una torpe reverencia.

Era evidente que el coronel Macquarie no tenía ni idea de quién era este hombre, a pesar de lo cual aceptó cortés la mano tendida.

Foveaux quiso intervenir, pero estaba demasiado lejos.

El gobernador no hizo caso a aquellos urgentes esfuerzos por llamar su atención y empezó a avanzar hacia la multitud.

Con una sonrisa amable, iba intercambiando saludos con todo el mundo.

Luego, al ver la figura alta y uniformada de Andrew, levantó la mano en señal de que quería hablar con él.

La multitud se apartó para dejarlo pasar y el gobernador Macquarie, aún sonriente, lo saludó.

—¡Un capitán del Real Cuerpo de Marina de Su Majestad! —exclamó el gobernador con las cejas levantadas en una tácita pregunta. Pero, antes de que Andrew pudiera replicar, el coronel Foveaux ya estaba junto a ellos.

—Le presento al capitán Hawley, señor —anunció con un tono frío y bordeado de malicia—, el ayudante de campo del exgobernador.

Como recordará, hablé de él a Su Excelencia cuando charlamos a bordo del Dromedary, hace unos días.

Ahora es granjero, ¿verdad, Hawley?, retirado en el Hawkesbury, para efectos prácticos.

No acogió con agrado mi exhortación de abandonar su cosecha y asistir a esta recepción.

Pero supuse que, dadas las instrucciones de lord Castlereagh, Su Excelencia desearía tenerlo aquí presente, junto con el resto de los seguidores del señor Bligh.

Nunca había sido presentado con tanta malevolencia, pensó Andrew, pero no se dejó traicionar por sus sentimientos. Permaneció rígido y atento mientras el gobernador lo estudiaba con las cejas levantadas en cortés pesquisa.

—¿Supongo que todavía tiene la comisión de Su Majestad, capitán Hawley? —sugirió, tras un breve silencio.

—Así es, Excelencia —confirmó Andrew.

Foveaux arrastraba las botas con impaciencia, pero el gobernador no parecía advertir su deseo de poner fin a la entrevista.

—¿Sirvió con el Comodoro Bligh en la mar? —preguntó Macquarie.

Andrew, que tenía la intención de responder con una breve afirmativa, se vio presionado a dar detalles. Habló. En los ojos del nuevo gobernador veía destellos de aprobación.

—Ha servido a su país de manera distinguida, capitán Hawley —observó—, y bajo las órdenes del gran lord Nelson en Aboukir y Trafalgar.

¡Vaya atributos para cualquier oficial! Si usted deseara ofrecerme sus servicios militares en un futuro próximo, estoy seguro de que podré contar con ellos. ¿Está usted casado?

Foveaux intervino una vez más:

—La esposa del capitán Hawley es una de nuestras primeras colonas, señor. Salió, si mal no recuerdo, con la flota del almirante Phillip.

La insinuación era evidente, por lo que Andrew enrojeció de ira.

—Mi esposa es una emancipada, Su Excelencia —declaró con rotundidad—. Desde que recibió el indulto, hace veinte años, ha tenido una concesión de tierras. Y, señor…