Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 3 #5
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Capítulo 3 #5

Sus cejas, arqueadas con toda delicadeza, se fruncieron de preocupación.

Observaba a su marido subir a la tribuna de madera que le habían preparado y toquetear los papeles en los que tenía escrito su discurso.

Era consciente de que las responsabilidades de Lachlan serían pesadas y de que, al principio, le resultarían del todo desconocidas.

Era un hombre honrado y amable, y, no obstante, era un simple soldado cuyo único mando había sido el de un único regimiento.

Era cierto que había demostrado ser valiente en muchas batallas y que había ocupado puestos en el Estado Mayor; había servido como ayudante general adjunto en la campaña de Egipto, a las órdenes del general Baird, y había sido secretario militar del gobernador de Bombay, el general Duncan, pero…

Elizabeth se tensó y se quedó muy quieta en su silla, mientras la banda del 102.

º ponía los instrumentos en descanso y guardaba silencio.

El coronel Foveaux había estado muy presente durante toda la primera parte del acto, pero se hizo a un lado para dejar al nuevo gobernador solo en la pequeña plataforma elevada.

En ese momento, la figura erguida y marcial de Macquarie parecía impresionante, incluso para los ansiosos ojos críticos de su esposa.

—¡Conciudadanos y compañeros soldados!

La voz de Lachlan Macquarie resonaba fuerte y clara. El auditorio escuchó atento su firme promesa de ejercer con estricta justicia e imparcialidad la autoridad que se le había conferido.

—Pero es mi doloroso deber —continuó con gravedad después de haber dejado atrás los tópicos habituales—, anunciar a este público el profundo desagrado y desaprobación de Su Majestad por el motín y los ultrajantes actos de sublevación contra su anterior representante, el comodoro William Bligh, quien fue destituido de manera forzosa e injustificable.

Y lo mismo hay que decir de los tumultuosos actos relacionados con todo ello…

Elizabeth se perdió las siguientes palabras.

Miraba al coronel Foveaux, cuya expresión saturnina acababa de captar toda su atención.

Estaba claro que al hombre lo habían cogido por sorpresa.

El nuevo gobernador condenaba con toda su energía la participación del regimiento de Foveaux en la rebelión, y eso no le estaba gustando.

Volvió a mirar a su esposo y lo oyó decir:

—Sin embargo, estoy convencido de que todas las disensiones y celos que, por desgracia, ha habido en la colonia durante algún tiempo, terminarán para siempre.

Se restablecerán la armonía y la unión. Y, en bien de la armonía y la unión, espero que las clases superiores den ejemplo de subordinación, decoro y moralidad, en tanto que quienes están en las posiciones inferiores se esfuercen por distinguirse como gente leal, sobria y laboriosa.

Solo estos medios son eficaces para conseguir el bienestar y la felicidad de todos…

El gobernador continuó con una recomendación a todos los habitantes de la colonia de observar sus deberes religiosos de la manera más estricta, así como de ser constantes y regulares en el culto divino.

—Confío en que los magistrados y todas las demás personas con autoridad se esforzarán al máximo para controlar y prevenir todo vicio e inmoralidad.

Y no necesito, espero, expresarles mi deseo de que los nativos del país, cuando vengan de manera pacífica, no sean molestados en sus personas ni propiedades.

Deben ser tratados en todo momento con amabilidad y debemos alcanzar la reconciliación con ellos lo más rápido posible.

Su advertencia más enérgica, pronunciada al final del discurso, se dirigía a las tropas.

—De los que están al servicio del rey y bajo mi mando espero el más celoso cumplimiento de todos sus deberes.

A este respecto, espero con sinceridad que la constancia, la sobriedad y la estricta disciplina nos eviten la dolorosa necesidad de recurrir a castigos.

Por lo demás, les aseguro que los habitantes honrados, sobrios y laboriosos, sean colonos libres o convictos, siempre encontrarán en mí un amigo y protector.

—Qué estupendo discurso —observó la señora Bent cuando este llegó a su fin y el gobernador bajó de la tribuna abrigado por el cortés aplauso de quienes estaban reunidos a su alrededor.

Pero el tono de la señora Bent era obsequioso.

Elizabeth se puso de pie, consciente de cierta molestia, como le ocurría tan a menudo en compañía de esa mujer.

Sabía que su sentimiento no estaba justificado y que no debía expresarlo.

Muy atento, el teniente Finucane apareció a su lado. Ella, con voz llana y controlada le dijo: —Le agradecería, señor Finucane, que me acompañara a las habitaciones de Su Excelencia.

—Por supuesto, señora —respondió el joven oficial—. Por cierto, hemos preparado un buffet para usted y sus invitados. Quizás usted…

—Asistiré encantada —se hizo valer Elizabeth— después de que haya tenido la oportunidad de asearme y cambiarme. Quizá tenga la bondad de mandar llamar a mi doncella.

Subió la amplia escalinata tras los pasos del teniente Finucane.

Los cañones, mientras tanto, disparaban otra atronadora salva.

De repente, Elizabeth se sentía desanimada y cansada hasta la extenuación.

Pero quizás estaba encinta, se dijo, abrazada a ese pensamiento, y tal podía ser la razón de su cansancio.

«Por favor, Dios —rezó en silencio—. ¡Por favor, Dios, por el bien de Lachlan, déjame darle un hijo!