Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Elizabeth sonrió, hizo corteses reverencias, correspondió a los saludos y buenos deseos e intentó, en vano, recordar los nombres.

La seguían Ellis Bent y su esposa. El joven juez, como siempre, iba causando una buena impresión con su ingenio y encanto.

Su esposa, también como siempre, lucía un vestido que eclipsaba el suyo propio.

Los Pasco habían desembarcado del Hindostan: el capitán, con su esposa del brazo, se inclinaba y besaba galante las manos femeninas que se le tendían; entretanto, su esposa, como de costumbre, reservaba sus favores para aquellos a quienes juzgaba que los merecían… Esa mañana parecía haber pocos.

Elizabeth, mientras se detenía junto a una muy hermosa mujer que tenía más o menos su edad, rostro de perfecto colorido celta y la sonrisa más acogedora hasta el momento, pensaba que el juicio de la señora Pasco era riguroso.

Esa mujer, por ejemplo, llevaba la marca inconfundible de la buena crianza, y lo mismo ocurría con las dos jóvenes que la acompañaban.

Puso especial atención al teniente Finucane mientras este las presentaba.

—La señora Jasper Spence, señora; la señora Desmond O’Shea y la señorita Lucy Tempest. Y, si me lo permite, señora, este es el señor Jasper Spence, magistrado y juez de paz.

Y el señor Timothy Dawson, uno de nuestros más prominentes agricultores.

El señor Dawson ha criado algunos de los mejores caballos de la colonia.

Elizabeth se detuvo. El sol se elevaba y hacía cada vez más calor.

Qué contraste con el frío que habían experimentado cuando el vendaval del oeste tuvo al convoy anclado frente a los Heads del puerto Jackson.

En silencio, dio las gracias a Jessica Maclaine por su previsión al elegir el sombrero de paja de ala ancha.

Con tantas manos que estrechar, se había visto obligada a cerrar su sombrilla.

El ala, al menos, le protegía la cara del fuerte resplandor.

Como habiendo percibido su incomodidad mientras hablaban, la señora Spence abrió su propia sombrilla y, con absoluta discreción, la sostuvo sobre ella.

Elizabeth pensó que el marido era bastante mayor que la mujer, quizás varios años mayor que Lachlan, pero el hombre estaba en forma.

Era delgado y corpulento y lucía un saludable bronceado en la cara.

Y la mayor de las dos muchachas (supuso que serían sus hijas o hijastras), a quien la señora Spence se dirigía como Abigail, era un verdadero encanto.

Era una inglesa… No, no lo era, pues se llamaba O’Shea, si no recordaba mal.

Era una rosa irlandesa, de vivos ojos azules y el pelo del color del oro fundido…

Con pesar, Elizabeth Macquarie tuvo que seguir adelante a instancias del teniente Finucane.

Mientras lo hacía, notó que la señora Bent y la señora Pasco pasaban junto a ese pequeño grupo sin intercambiar palabras.

Ambas, sin embargo, parecían tener mucho que conversar con el alto y ancho señor Dawson…

La señora Bent, sin duda, estaría interesada en comprar uno de sus caballos de monta, así como un par de tiro para la calesa que ella y el joven juez traían consigo.

—El señor y la señora Blaxland, señora, el señor Robert Fitz, el doctor Townson, el reverendo William Cowper…

Las presentaciones continuaron. El joven teniente Finucane no fallaba en ningún nombre y parecía un guía infatigable.

Los hombres se destocaban y hacían reverencias.

Las mujeres hacían reverencias y le lanzaban miradas furtivas cuando se erguían para cogerle la mano.

Elizabeth, consciente de que tenía la cara escarlata por el calor y de que transpiraba a mares, se sintió agradecida cuando, por fin, vio a Lachlan regresar a su lado.

Venía con el porte tieso de un soldado, pero, a pesar de ello, su aspecto era de cansancio.

Entonces, mientras la banda del 102.º guardaba silencio, empezaron a ulular las gaitas.

Su corazón se aceleró al reconocer The Red-Tartaned Army, la melodía propia de los Macquarie.

Dirigidos por el tambor mayor, los gaiteros y tamborileros avanzaron al encuentro de su coronel y comandante en jefe.

Fue muy conmovedor verlos detenerse ante él, hombres valientes en sus uniformes de tartán verde y rojo, con aquellos gorros de plumas que realzaban la estatura de cada hombre hasta volverlo impresionante.

Giraron al unísono, fila por fila, mientras los tambores marcaban el paso.

La figura maciza del tambor mayor se puso de nuevo a la cabeza y la melodía cambió a la marcha del regimiento: Hie’land Laddie.

Lachlan, muy serio, le ofreció el brazo.

Elizabeth se lo cogió con orgullo y juntos recorrieron el corto camino de grava hasta las puertas de la Casa de Gobierno. Iban flanqueados por hombres del 73.º que presentaban armas. Las tropas que habían quedado atrás, en la punta del muelle, los vitoreaban hasta quedarse roncas.

Detrás de las apretadas filas del 73.º, los habitantes menos respetables de la ciudad de Sídney, vestidos de forma desaliñada, a quienes nadie consideraba dignos de ser presentados al recién llegado gobernador, estaban reunidos por centenares.

La mayoría hacían reverencias o agitaban sus sombreros en el aire; algunos vitoreaban, pero otros permanecían en una hosca inmovilidad.

No mostraban ni placer ni interés. Parecían sordos a las conmovedoras gaitas de la tropa de las Tierras Altas.

Frente de la Casa de Gobierno, Elizabeth se encontró de nuevo desatendida mientras el coronel Foveaux y otro oficial se llevaban a Lachlan.

Ellis Bent, Henry Antill y el secretario, John Campbell, se alejaban siguiéndoles los talones, El teniente Finucane la condujo, junto con la senora Bent, la senora Pasco y otras, a las sillas que les tenían preparadas en el porche de la Casa de Gobierno.

Elizabeth dejó escapar un suspiro de alivio y se sentó.

Bienvenidas fueron también la sombra y la bandeja de bebidas que había sobre la mesa.

La esposa del gobernador aceptó el vaso de vino que le ofrecía un criado y lo bebió, sedienta, antes de enjugarse con disimulo la cara acalorada.

Emocionada, la señora Bent exclamó: —¡Mi marido está a punto de jurar ante Su Excelencia, señora Macquarie!

Y mire…, tiene en las manos el gran sello del territorio.

¡Ah, qué momento de orgullo y regocijo! ¿No se siente eufórica, señora Macquarie?

Elizabeth murmuró lo que esperaba que fuera una respuesta apropiada; sin embargo, mientras escuchaba la voz fuerte y segura del joven abogado al leer el nombramiento y jurar fidelidad, sintió más ansiedad que júbilo.

Ese era un lugar extraño, un lugar donde una guarnición militar podía amotinarse y destituir al gobernador designado.

Y, con total impunidad, por lo visto, los soldados eran capaces de formar una guardia de honor ante el sucesor que desembarcaba.

Y así eran las cosas, no se equivocaba: la banda del 102.

º estaba entrando en el recinto de la Casa de Gobierno para colocarse detrás del grupo oficial. Marchaba tocando God Save the King.