Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Y, entonces, como por milagro, Lachlan había sido nombrado comandante del 73.

º, que estaba en Escocia, y en una carta le contaba que volvía a casa.

Se casaron, por fin, el 3 de noviembre de 1807.

En su diario, Elizabeth registró con fidelidad que la boda se celebró en la iglesia de Pedro y Pablo, en Holsworthy, ciudad del condado de Devon, donde ella estaba de visita con sus parientes.

Contra los temores y expectativas de Elizabeth, Lachlan había demostrado ser un marido ardiente y afectuoso, ansioso por hacerla feliz y procurarle bienestar; deseoso, además, de que ella le diera hijos…

Algo que Jane, a pesar del tenaz control que tenía sobre el corazón su esposo, había sido incapaz de hacer.

Once meses después de la boda, Elizabeth le había dado una hija, pero…

Sus ojos azules se empañaron. El bebé había muerto, pobre, y, con esa muerte, había estado a punto de quebrarse su espíritu y acabar con todas las esperanzas de plenitud que ella tanto había anhelado.

Porque se había prendado de ese marido que envejecía.

Estaba profunda, irrevocable y apasionadamente enamorada.

Cuando le hizo la promesa de casarse, lo hizo más por un sentido del deber; porque él le había ofrecido la que, sin duda, era su última oportunidad de escapar de un papel que había llegado a abominar: el de la pariente pobre que está a la entera disposición de sus hermanas casadas y otros familiares jóvenes por el mero hecho de ser soltera.

Elizabeth bajó la sombrilla para estudiar, con emocionada intensidad, las escenas que se desarrollaban en tierra.

Cuando ella y Lachlan fijaron su residencia en una pequeña finca que él había comprado en la isla de Mull, no se imaginó que el futuro de su marido pudiera comprender todo lo que abarcaba en ese momento: un cargo de gobernador, una renta de dos mil libras anuales y la promesa de una pensión al final de su mandato.

Además, tenía el poder que sus nuevas responsabilidades le conferirían: hacer favores, nombrar a los miembros de su gobierno y reunirse en igualdad de condiciones con personajes eminentes, como el príncipe regente de Portugal en Río de Janeiro y el gobernador de Cabo de Buena Esperanza, Lord Caledon, que con tanta gentileza los había atendido en Ciudad del Cabo.

Lachlan ya no era el simple coronel Macquarie.

Ahora era Su Excelencia, el capitán general de Su Majestad Británica y gobernador de Nueva Gales del Sur.

Con seguridad, muy pronto sería ascendido al rango de general de brigada.

Ella misma tendría derecho a recibir las cortesías y reverencias de los habitantes de la colonia: convictos, emancipados y libres, oficiales y civiles por igual.

Era un cambio increíble con respecto a su vida anterior como hija menor y soltera de un laird escocés sin fortuna.

Por cierto, el título de baronet de Ardnamurchan, si bien su padre había seguido usándolo, le había sido quitado al antepasado que lo ostentaba, puesto que había apoyado la causa de los Estuardos en la rebelión de 1745.

—Señora… —Elizabeth se volvió al oír la voz suave y tímida de su criada. En ese mismo instante, una sonrisa iluminó su rostro.

Durante el largo viaje, Jessica India, a pesar de su juventud e inexperiencia, había demostrado ser un tesoro.

Estaba siempre a mano cuando la necesitaba; permanecía tranquila y discreta cuando no.

Y la chica también tenía motivos para estar agradecida por la fuga que ese viaje había significado para ella.

Henry Antill no había dicho nada de la brutal paliza a la que su padrastro, sargento mayor del regimiento, la había sometido el día en que las familias embarcaron en el Dromedary.

El padrastro se había quedado en Portsmouth, junto con otros pasajeros, por mediación de la Providencia o, tal vez, gracias al joven y apuesto ayudante de campo de su marido.

Había sido el propio Henry quien le recomendara a esta moza como doncella.

—¿Qué pasa, niña? —preguntó.

Jessica le tendió un chal.

—He oído la orden de llamar a la barcaza de Su Excelencia, señora, y pensé que tal vez desearía que le trajera su chal. También le he traído su sombrero, señora. Han dicho que hace calor en el muelle y que no hay sombra.

En el tono de voz de la chica había ansiedad, además de impaciencia.

Elizabeth sonrió aún más mientras se cubría los delgados hombros con el chal y cogía el sombrero de paja de ala ancha.

Solo Jessica conocía la esperanza que abrigaba de estar otra vez embarazada.

Solo habían transcurrido unas pocas semanas y aún no se atrevía a decirle nada a Lachlan, con tal de no despertar falsas esperanzas…

Se ajustó el bonete sobre sus brillantes rizos de bronce y se volvió hacia la doncella para pedirle su aprobación.

—¿Cómo me veo, Jessica?

—Está usted preciosa, milady —le aseguró Jessica con sinceridad.

Ya tenía treinta y dos años, se recordó Elizabeth a sí misma.

Dejó que su mano se deslizara hacia su cuerpo por un momento, un cuerpo cada vez más grueso bajo la faja.

Se acercaba a la madurez, cuando los partos eran cada vez más peligrosos, tanto para ella como para la criatura…

Y Lachlan, su amado Lachlan, tenía casi cincuenta.

La salud de su marido era una preocupación adicional.

Se había sentido enfermo desde el día en que avistaron por primera vez la costa de la Tierra de Van Diemen.

A partir de entonces, el médico del Dromedary había tenido que recetarle grandes dosis de mercurio y purgas rigurosas.

—¿Dónde está Su Excelencia? —preguntó ella, consciente de que él aún se estaba vistiendo cuando ella salió de su camarote nocturno—. ¿Lo has visto?

—Estaba con el capitán Pritchard, señora —empezó Jessica, pero, en ese momento, el gobernador en persona salió al alcázar.

La moza cerró la boca, pues se daba cuenta de que Elizabeth Macquarie también lo había visto.

El corpulento capitán del Dromedary venía acompañado de los Bent y del capitán Antill.

Y, como si su aparición hubiera sido la señal que el gobernador había estado esperando, el oficial de guardia gritó una orden a través de su megáfono.

Los marineros de ambas guardias empezaron a subir en tropel por los obenques.

—¡Ay! —exclamó Elizabeth, conmovida y emocionada a la vez—, ¡están trepando a las perchas!

Jessica señaló con la mano.

—En las otras naves están haciendo lo mismo, señora.

La muchacha tenía razón. Primero, el Hindostan, como correspondía a la tripulación de un buque de guerra; luego, el Dromedary, y, por último, el Anne, el transporte que habían escoltado desde Río, junto con la goleta colonial Lady Nelson.

Todos los barcos tenían ya a sus marineros en lo alto, distribuidos en intervalos iguales a lo largo de las vergas.

Al son de vítores, la lancha del Hindostan se acercó al Dromedary.

Elizabeth se envolvió en su chal y bajó a toda prisa para unirse a la fiesta en el alcázar, consciente de que su marido se estaría preguntando por ella.

Lachlan le dirigió una leve mirada de reproche. Enseguida, tras agradecer los vítores, le ofreció el brazo.

—Es hora de que bajemos a tierra, querida —dijo—, están esperando para recibirnos.

Con el estruendo de los cañones de señales que, desde los barcos y la costa disparaban la tradicional salva de quince detonaciones, fueron conducidos a remo hasta el embarcadero.

Ahí los esperaba el coronel Foveaux, sombrero en mano, al frente de una corta escalinata de piedra.

Fue efusivo en el saludo, como si de viejos amigos se tratara, aunque Elizabeth se sintió resentida por tal familiaridad y por la innecesaria solicitud que el hombre mostró al ayudarlos, primero a su marido y luego a ella, a subir los escalones.

La banda del 102.º tocó el himno nacional. Al terminar, la guardia de honor presentó armas y se puso en posición de firmes. Entonces, una figura alta y encorvada, vestida con un uniforme escarlata descolorido y mal ajustado, se adelantó para murmurar un saludo apenas audible.

—El coronel Paterson, Excelencia —anunció Foveaux, y fue a situarse al lado del viejo oficial, más como si intentara ocultarlo que por hacer las presentaciones de rigor—, comandante del Cuerpo…, eh, es decir, señor, del Centésimo Segundo Regimiento. Y… la señora Paterson.

La figura encorvada hizo una torpe reverencia.

Elizabeth, mientras estrechaba la flácida mano del militar, observó que estaba pálido, con las mejillas húmedas de sudor.

Era evidente que el pobre viejo sufría una grave enfermedad, tal como el coronel Foveaux les había anticipado. En este caso, no había exagerado.

La señora Paterson, cuya mano tomó a continuación, era corta de estatura, hogareña, mujer de pelo blanco y rostro bien delineado y cansado.

A Elizabeth le dio gusto reconocer su acento.

Vio que la más cálida de las sonrisas se hacía eco de la suya.

Era escocesa y tenía un aire de indomabilidad que resultaba atractivo, por más que inesperado.

Elizabeth se habría quedado por un momento, pero la mano del coronel Foveaux la impulsó hacia delante.

—El capitán Abbott, de mi regimiento, señora Macquarie; el capitán Fenn Kemp; el teniente Lawson y la señora Lawson; el teniente Bayly y la señora Bayly; mi esposa, señora…

Las presentaciones se sucedían sin concierto. Continuaron con un joven oficial llamado Finucane, quien sustituyó al coronel Foveaux cuando este se llevó al gobernador a inspeccionar la guardia de honor.