Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Tenía mucho que ganar y poco que perder, se dijo Jessica, y, aun así, seguía dudando.

Aún tenía visiones de aquel joven marinero, cuya embarcación se había estrellado contra las rocas; volvía a su mente de forma espontánea.

Era probable que no volviera a verlo, quizás ni siquiera tendría la oportunidad de conocerlo.

Y, sin embargo, a pesar de todo, él había provocado que otros hombres parecieran menos deseables.

—¿La he ofendido? —preguntó Fergus Mackinnon, preocupado por el silencio de la moza—. No ha sido mi intención, de verdad, yo…

—Oh, no, nada de eso —se apresuró a tranquilizarlo Jessica—. Nunca he sido compañía a nadie, señor Mackinnon. Usted me ha hecho un cumplido y se lo agradezco; pero necesitaré el permiso de la señora Macquarie antes de poder darle una respuesta. Estoy al servicio de la señora y espero seguir así.

—Rogaré por que le dé permiso —dijo Fergus Mackinnon con fervor. Cogió la mano de la chica, la estrechó un momento y luego, incómodo y malhumorado de pronto, la soltó y se despidió a toda prisa.

Jessica lo vio perderse de vista. Luego, con un nuevo impulso en su andar, se dirigió al camarote de la señora Macquarie a esperar a que terminara la fiesta de Hogmanay.

Su padrastro nunca había permitido que ningún joven se le acercara.

Ella sabía que él no le habría dado permiso de dejarse acompañar por el gaitero Fergus Mackinnon si se lo hubiera pedido.

Pero su padrastro no estaba allí y, por lo tanto, no podía consultarle.

Se abrazó a esa noción. Disfrutaba, por fin, del embriagador aroma de la libertad…

*

A primera hora del día de Año Nuevo, el 1 de enero de 1810, la tropa de montañeses del 73.

º se reunió para la inspección con los nuevos uniformes coloniales.

Las lanchas del Hindostan y el Dromedary los llevaron a remo hasta el muelle del gobierno; sin embargo, al desembarcar, se encontraron con que el Cuerpo de Nueva Gales del Sur, ahora denominado 102.

º Regimiento, había llegado allí antes que ellos.

Ataviado con elegancia, el regimiento al que habían sido enviados a reemplazar ya ocupaba todo el espacio disponible en el muelle.

Sus estandartes aún estaban enrollados y enfundados, pero ya sonaban tambores y pífanos.

Era evidente que se estaban preparando para montar una guardia de honor al nuevo gobernador.

Los de las Tierras Altas no llegaron a oír las acaloradas palabras que intercambiaron el coronel Foveaux, del 102.

º, y su propio oficial al mando, el coronel O’Connell, pero, cuando este ladró la orden de alinearse desde el muelle hasta la Casa de Gobierno, su cara roja y furiosa era mucho más elocuente que cualquier palabra.

La distancia era corta. Permanecieron hombro con hombro, con las gaitas mudas, mientras la banda del 102.º llenaba el aire con una estridente interpretación de The British Grenadiers.

—Estaba pensando… —empezó a decir con resentimiento el gaitero mayor al sargento mayor del regimiento—. De hecho, señor Farquharson, me hicieron creer que el Centésimo Segundo era un regimiento de amotinados y que, como tal, había caído en desgracia, pero parece que me han informado mal.

—No lo han informado mal —replicó iracundo el sargento mayor—. Eso son. Quien está equivocado es el oficial que los gobierna. Pienso hablar con el coronel O’Connell en cuanto me dé la oportunidad.

Terminado el desayuno, la mujer del nuevo gobernador subió sola al castillo de popa del Dromedary para observar, bajo la sombrilla que la cubría en parte, los preparativos del desembarco.

Elizabeth Henrietta Macquarie no sabía nada de pompa y ceremonia militares, aparte de lo poco que había asimilado durante el viaje de siete meses desde Inglaterra.

Mientras observaba el desfile de las tropas y escuchaba a la banda, gozaba de la bendita ignorancia del desaire que se había infligido al orgulloso regimiento de su marido.

No tenía ni idea de las airadas emociones que eso había despertado.

Como hija menor de un empobrecido laird escocés, sir John Campbell de Airds, Elizabeth había pasado su niñez en la pequeña finca de su padre, en Appin.

Su familia, aunque pobre, estaba bien relacionada, así que había disfrutado de una vida tranquila y sin complicaciones.

Hasta la muerte de su padre, ella había dedicado la mayor parte de su tiempo a cuidarlo y a contentarse con actividades al aire libre.

Era una experta amazona y una gran aficionada al senderismo; además, tenía una notable habilidad con la caña y el sedal, cualidades que no atraían a muchos pretendientes.

A diferencia de sus hermanas, un poco por elección y otro poco por falta de oportunidades, no se había casado a una edad temprana.

Tenía una vida asaz feliz en Airds y se había resignado a una jubilosa soltería cuando, a la avanzada edad de veintiséis años, conoció al coronel Lachlan Macquarie.

Era este un pariente lejano que había llegado de la India con un permiso.

Elizabeth Macquarie bajó la sombrilla para protegerse los ojos del sol y sonrió al recordar aquel primer encuentro.

Qué inesperado. Había tenido lugar en Londres, en casa de una tía.

Ella había llegado, procedente de Edimburgo, como acompañante de los dos hijos colegiales del cabeza de familia de su madre para que pudieran asistir a su lecho de muerte.

Había sido una triste ocasión para todos, y no menos para el propio Lachlan, para quien el viejo jefe, Maclaine de Lochbuie, había sido mecenas y amigo desde la infancia…

Lachlan se había sentido muy desconsolado.

Elizabeth recordó que había hecho el intento de consolarlo sin ningún motivo oculto.

Él tenía cuarenta y tres años y había servido en el extranjero, en América y en la India, durante la mayor parte de su vida.

En Bombay se había casado con una hermosa joven de la que, según él mismo le había contado con encomiable franqueza, había estado profundamente enamorado. Aún veneraba su recuerdo.

Jane Jarvis. Contuvo un pequeño e inaudible suspiro. Lachlan se había casado con Jane Jarvis en septiembre de 1793, cuando ella era una colegiala de apenas quince años y salía a cabalgar en su desgreñado poni, en medio de la bruma matinal, hasta la vieja escuela de madera de Portnacroish.

El suspiro de Elizabeth se iba haciendo audible a medida que los recuerdos se agolpaban en su memoria.

Cuando terminaba la escuela, lanzaba al estanque de Airds, en el río Creran, un largo sedal.

O remaba, con las manos llenas de ampollas, a lo largo de las orillas cubiertas de juncos del lago Fasna-cloich cada vez que su padre, entre juramentos, se quejaba de que su sedal se había quedado enredado entre los tallos, a popa de la lancha.

Fue entonces cuando Lachlan vivió con Jane como esposa: en Bombay, donde había sido mayor de brigada; en Calicut, en el comando de Madrás, como pagador del 77.

º Regimiento. También vivieron separados por un breve período, cuando él estuvo en el servicio activo en Ceilán y ayudó a arrebatar a los holandeses Pointe de Galle y su fuerte.

Luego, una vez más, Lachlan volvió a Bombay y a Jane.

A su regreso, la encontró muy enferma. Los médicos le dijeron que el mal era mortal. En un intento desesperado por salvarla, la había llevado en un viaje por mar a Macao, y en ese lugar, el 15 de julio de 1796, Jane había muerto después de solo tres años de matrimonio.

Mientras cortejaba a Elizabeth, él le había contado todo eso, recordó ella.

Tras el funeral del pobre Lochbuie, la había convencido de viajar con él de regreso a Edimburgo.

Fue una comedida oferta de compartir la chaise con los dos hijos del viejo jefe.

En el momento de la separación, él no le había propuesto matrimonio, pero habían vuelto a verse en diciembre, en Londres, en casa de la tía, y ella sabía que entonces lo iba a hacer.

La fecha de la proposición, el 8 de enero de 1805, según contaba ella en su diario, coincidió con el día en que Lachlan recibió órdenes de regresar a Bombay.

Y él tenía intenciones de regresar allá, aunque no con una novia, como Elizabeth había esperado.

Al recordar las razones que él le había dado, y que ella también había anotado en su diario, el 26 de marzo, apretó los labios sin querer.

Al parecer, tras la desgarradora y prematura muerte de Jane, Lachlan había jurado que no volvería a casarse en la India ni a traer una esposa a ese país.

Así que le había rogado que lo esperara; le había prometido que regresaría, si el buen Dios le daba vida, en un plazo de cuatro años.

Se hablaba de guerra en la India, donde los franceses estaban causando problemas, y él era un soldado, con un deber que cumplir y un regimiento que comandar, así que…

Aceptadas sus condiciones, ella, con pesar y no poca aprensión, lo había dejado marchar.

Habían intercambiado abrazos y relicarios con pelo antes de que él se embarcara en el buque indianés City of London.

Y ella se había quedado esperando, viviendo su vida lo mejor posible con los medios a su alcance, resistiendo gracias a las infrecuentes pero largas cartas de Lachlan.

A pesar de todas sus buenas intenciones, había llegado a sentir un amargo resentimiento por su predecesora.

Ya no iba a Airds, salvo en breves visitas, porque su padre había muerto en esos tiempos, y su hermano, casado y con familia numerosa, había heredado la finca.

Por mucho amor que ella le tuviera a ese lugar, ya no era lo mismo.

Se había quedado, pues, en Edimburgo con una hermana; en Londres, con otra y con su tía, siempre consciente de que el tiempo corría y los años le pasaban factura.