Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 3
28%

Capítulo 3

Jessica recibió el Año Nuevo en la cubierta superior, con las esposas del regimiento.

Salvo por unas pocas excepciones, previsibles todas ellas, no le guardaban rencor por el golpe de buena fortuna que la había puesto al servicio de la esposa del coronel.

La mayoría de las mujeres mayores la conocían desde su nacimiento; algunas incluso recordaban a su padre, en tanto que todas conocían y respetaban a su madre.

Por ello, apenas había resentimientos, incluso cuando se supo que Jessica tendría el privilegio de disponer de un camarote para ella sola en la cubierta de oficiales.

Las condiciones de esas mujeres, reflexionó, eran la estrechez y la incomodidad, a pesar de la reducción en su número antes de la salida de Inglaterra.

Y cada día, al igual que los hombres, eran convocadas para la inspección, y, muy a menudo, ese reconocimiento lo hacía el coronel Macquarie en persona; a ellas y a sus hijos con ellas.

Tenían órdenes fijas de mostrarse limpias y de vestir con decoro, de permanecer sobrias y libres de enfermedades.

Eran mujeres del ejército, acostumbradas a una disciplina casi tan estricta e inflexible como la de sus parejas.

Durante ese largo viaje habían obedecido todas las órdenes, con buen o mal tiempo, y sin apenas quejarse.

Pero esa noche, el último día del año y el que marcaba el fin del viaje, todos estaban de fiesta.

El capitán Pritchard, patrón del Dromedary, se encargaba en persona del avituallamiento de su barco y había tratado a todo el mundo con amabilidad.

Durante la travesía se había ocupado de que todos estuvieran tan bien alimentados como se lo permitieron sus medios.

Y esta noche, aunque él era un sassenach, un inglés para quien Hogmanay tenía poca importancia, había sacado de sus almacenes privados un barril de brandy de Cabo para obsequiarlo a las mujeres del regimiento.

Aparte, antes de ir al gran camarote a cenar con el grupo del coronel Macquarie, había bajado a brindar con ellas.

Ahí, el gran patrón de cara redonda recibió una calurosa bienvenida. Además de que se brindó por el «futuro del regimiento», según él mismo había propuesto, se bebió también a su salud. Las mujeres lo aplaudieron y vitorearon con mucho entusiasmo.

Jessica nunca había probado las bebidas alcohólicas, así que bebió poco.

No obstante, a medida que avanzaba la velada, su cabeza empezó a dar vueltas y a provocarle ansiedad.

Era consciente de que su ama necesitaría ayuda cuando llegara el momento de retirarse a dormir.

En busca de una escapatoria, se dirigió con mucha discreción hacia la escotilla que llevaba a la cubierta superior, pero la señora Macrae, la amiga de su madre, le pidió que esperara.

La mujer lloraba. Su rostro, antes regordete y de mejillas sonrosadas, estaba demacrado.

Su voz surgía entrecortada. Había embarcado en el Dromedary embarazada, pero su bebé, nacido antes de tiempo durante el viaje, había enfermado y muerto, como tantos de sus hijos.

Jessica sabía que la pobre mujer tenía el corazón destrozado.

—¿Qué ocurre, señora Macrae? —preguntó con lástima. Se echó de rodillas junto a la litera en la que estaba desplomada la mujer—, ¿qué le pasa?

Morag Macrae estaba conteniendo las lágrimas. Tomó la mano de Jessica entre las suyas y habló en voz baja, conmovida: —Me remuerde la conciencia, Jessica India, por haber faltado a mi palabra con tu madre. Le prometí que cuidaría de ti en este largo viaje, pero no lo he hecho.

—No he necesitado cuidados, señora Macrae —empezó Jessica—. Mire, yo…

Fue como si la mujer no la hubiera oído, porque su interrupción fue bravía: —No, no, muchacha, yo tengo la culpa.

Ah, es cierto que lo has tenido fácil a bordo de este barco y que la señora a la que sirves es como nosotras, una buena dama de las Tierras Altas, amable y de buena voluntad.

Pero cuando bajes a tierra con ella, Jessie, descubrirás que todo es muy distinto.

La gente de este lugar no será como la del regimiento.

Cuando vayas con tu señora a la Casa de Gobierno, estarás en tal posición que oirás hablar y hacer favores.

Algunas personas intentarán aprovecharse de ti y pedirte ayuda.

Te reclamarán que rompas confidencias y que repitas lo que has oído.

—¡Pero yo no haría nada de eso! —protestó Jessica indignada—. Conozco mi deber, señora Macrae.

Los ojos oscuros y enrojecidos de Morag Macrae examinaron su rostro.

—Sí —concedió al fin—. No dudo de que lo conozcas.

Lo único que quiero es ofrecerte un consejo; o una advertencia, si lo prefieres, y en palabras llanas.

Y en mi corazón está decirte que, si alguna vez llegaras a encontrarte con deseos de dejar el servicio de tu señora, habrá un hogar para ti con el sargento Macrae y conmigo.

Recuérdalo, muchacha, y perdóname por haberte descuidado. Estaba teniendo… muchos problemas.

Jessica le dio las gracias, extrañada y conmovida por sus palabras. Cuando por fin consiguió escabullirse, Morag Macrae había vuelto a su llanto insonoro y amargo. Parecía haberla olvidado.

Sin embargo, ese encuentro con la amiga más antigua de su madre no sería la única sorpresa que iba a recibir aquella noche.

De regreso a su camarote, una figura alta y uniformada surgió de entre las sombras para cerrarle el paso.

No fue hasta que el joven habló cuando lo reconoció como el recluta que, a instancias del capitán Antill, había llevado sus bultos a los sollados el día de su embarque en Yarmouth.

Lo había visto de vez en cuando en la distancia, cuando el recluta estaba de guardia o en las labores generales o en filas.

Ahora, su primera impresión de él era que había madurado y se comportaba con la seguridad disciplinada de un soldado entrenado, más que como un recluta confundido.

Iba vestido con falda escocesa y llevaba el gorro de plumas de un gaitero.

Era evidente que venía de tocar en Año Nuevo para el gobernador Macquarie y sus invitados en el gran camarote.

Le habló en gaélico:

—Disculpe, señorita, pero he estado aquí con la esperanza de verla. Soy Fergus Mackinnon. Es probable que no me recuerde. —Al ver que Jessica fruncía el ceño, volvió al inglés.— Lo siento, quizá usted no domina el gaélico.

—Me crie en la India —dijo Jessica a la defensiva—, y en la familia hemos dejado de hablar en gaélico.

Por cuenta de su padrastro, y lamentaba tener que admitirlo. De niña, sobre las rodillas de su propio padre, había hablado la lengua de su patria con bastante fluidez, y también el indostaní, con los niños del lugar.

Fergus Mackinnon enrojeció.

—No era mi intención ofenderla —se disculpó.

—Y no me ha ofendido —le aseguró Jessica.

—Eso es algo que tengo que agradecerle.

Se hizo un silencio incómodo entre los dos. Estaba claro que el joven soldado quería decirle algo, pero parecía incapaz de encontrar las palabras. Pensando en ofrecerle ayuda, Jessica le preguntó si había tocado la gaita en la cena de Hogmanay del gobernador. Él le sonrió con orgullo.

—Sí, así ha sido. Donald MacDonald y yo hemos sido los elegidos.

—¿Ha terminado la fiesta?

Él negó con la cabeza.

—Nos han dado órdenes de salir, pero Su Excelencia sigue hablando con sus invitados. Creo que aún tardarán un rato. —Sus mejillas volvieron a teñirse del color de la vergüenza.— Quería preguntarle… O sea, verá, yo…

Jessica seguía esperando, inquieta por no hacerlo sonrojar aún más.

Fergus Mackinnon estaba muy guapo, con su kilt de tartán y la chaqueta verde de gaitero, pero era muy joven.

Uno o dos años mayor que ella, calculó. Más que apuesto, el soldado tenía un aspecto hogareño, con su redonda e inocente cara infantil.

Se descubrió a sí misma comparándolo con aquel joven de Sídney, quien, unos días antes, con tanto arrojo había conducido su barco para rescatar al marinero caído.

Según le había dicho la señora Macquarie, se llamaba Justin Broome.

Era hijo de convictos y había nacido allí, en esa tierra de exiliados.

Fergus Mackinnon, que había confundido el suspiro de la chica con un indicio de impaciencia, balbuceó inseguro: —Me crie en la finca de la madre del coronel Macquarie, en Torloisk, en la isla de Mull.

Allí aprendí a tocar la gaita. Tengo cierta destreza, pero, cuando me alisté en el regimiento, no esperaba que me eligieran esta noche ni, de hecho, que me aceptaran como gaitero.

—Tiene motivos, entonces, para estar orgulloso, ¿no? — sugirió Jessica cuando él cerró la boca y le dedicó una mirada seria.

—Oh, sí, claro que sí —aceptó él.

Ella seguía escuchando en atento silencio mientras él le hablaba de su infancia y del orgullo que había sentido al alistarse en este regimiento, en el que también habían servido su padre y dos tíos.

Luego, nervioso sin poderlo disimular, preguntó con timidez: —Cuando desembarquemos y nos instalemos en tierra, me preguntaba si usted me permitiría acompañarla.

Ah, sé que sus padres se quedaron en Portsmouth y que es su permiso el que debería pedir, pero…

Consideraría un honor, señorita Jessica, que me diera permiso de cortejarla.

Jessica dudó. No sería malo para ella, pensó.

Era un joven educado y agradable, y, dado que estaba en el regimiento, tendrían eso en común: para los dos, el regimiento era una familia.

En esa tierra ajena, en la que eran extraños, estar juntos sería un antídoto contra la soledad y, tal vez, un medio para hacer amistad con quienes habían llegado antes.

Sin duda, la advertencia de la señora Macrae no podía aplicarse a Fergus Mackinnon.

Él no estaría buscando ninguna ventaja de su posición; no podía estar interesado en ninguna conversación que ella pudiera escuchar en la alcoba de su señora ni en cualquier otro lugar de la Casa de Gobierno.