Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 2 #6
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Capítulo 2 #6

Una sonrisa iluminó su rostro de líneas bien marcadas y austero. Acababa de recordar a ese joven cuya valentía le había dejado una profunda conmoción tres días antes.

Justin Broome era un producto de esa colonia, se recordó el coronel, y por Dios, ¡era un buen ejemplo de juventud!

A los dieciocho años, con un historial que envidiaría cualquier marinero de primera del convoy, puesto que incluía servicios bajo el mando de Matthew Flinders, el joven Broome había arriesgado la vida para salvar al desafortunado que había caído de las jarcias del Dromedary.

Y había perdido su cúter, un barco que, al parecer, había construido él mismo; sin embargo, no había pedido ninguna recompensa, ni siquiera una indemnización.

En lugar de ello, después de aceptar con toda modestia el agradecimiento del futuro gobernador y el del capitán Pritchard, el muchacho había regresado tranquilo a Sídney en la misma lancha que había llevado al capitán del puerto y al piloto, Isaac Nichols, hasta el convoy anclado.

A su tripulante convicto lo había dejado en la enfermería del Dromedary para que fuera atendido, pero eso había sido todo…

La sonrisa del nuevo gobernador se hizo más grande.

A través de Justin Broome, iniciaría su política de recompensas y estímulos para los meritorios.

El muchacho tendría su patrocinio, y, en caso de que deseara hacer carrera en la Marina Real, le pediría al capitán Pasco, del Hindostan, que lo aceptara como guardiamarina.

John Pasco era un oficial distinguido. Como teniente de señales de lord Nelson en Trafalgar, había izado aquella inmortal señal «Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber» mientras el buque insignia de Nelson, el Victory, avanzaba hacia la flota enemiga.

Broome no podría pedir un mentor mejor. Si con el tiempo llegara a ser comisionado por sus señorías del Almirantazgo, serviría de excelente ejemplo de lo que era capaz de conseguir un vástago de padres convictos.

Satisfecho con esa decisión, el coronel Macquarie descendió al alcázar.

Era Nochevieja, recordó; Hogmanay, el último día de 1809.

Sus soldados, gente de las Tierras Altas, lo celebrarían.

Recibirían una ración extra de grog para festejar la ocasión, mientras que él, acompañado de su querida Elizabeth, agasajaría al capitán Pasco y a su esposa, al capitán Pritchard, al coronel O’Connell y a uno o dos más con una cena en el gran camarote.

Dos gaiteros del regimiento, vestidos con faldas escocesas, tocarían el Año Nuevo, tal como se hacían las cosas en el 73. º.

Lástima, reflexionó Lachlan Macquarie con sincero pesar, que la Oficina Colonial Británica hubiera persuadido a la Guardia Montada para que vistiera pantalones mientras estuviera destinada en Nueva Gales del Sur.

Pero, al menos, los gaiteros estaban exentos de ese impopular decreto.

¡Y él también, por todos los cielos! Cuando entró en su camarote de noche, recuperó la sonrisa.

Elizabeth se había adelantado a sus deseos no expresados y, con una notable intuición femenina, había dejado su kilt tendido en el catre.

La llamó, pero desde el camarote contiguo solo respondió la hermosa doncella de pelo negro. Su esposa, le dijo ella después de hacerle una respetuosa reverencia, se había adelantado al gran camarote para asegurarse de que todo estuviera en orden para la cena.

—Debo decirle, Excelencia —añadió recatada—, que el coronel Foveaux ha desembarcado y le ha dejado un solomillo y un cuarto trasero de cordero, con sus respetos, señor, para su celebración de Hogmanay.

El futuro gobernador de la colonia de Nueva Gales del Sur no era, por regla general, propenso a exhibir sus sentimientos, pero, después de la fatigosa dieta de carne salada que habían tenido que soportar durante casi seis meses en la mar, el cordero fresco era un regalo bienvenido de verdad.

—Gracias, Jessica —reconoció, con un entusiasmo casi infantil.

Qué excelente compañero era Foveaux, pensó mientras la chica se retiraba; oficial inteligente, bien informado y de fiar. Le convendría mantenerlo a su lado el mayor tiempo posible, sobre todo, cuando llegara el momento de enfrentarse a su predecesor, el comodoro Bligh.

Sus instrucciones eran disolver el Cuerpo, que se denominaría 102.

º Regimiento, y enviar a sus oficiales y tropa de vuelta a Inglaterra.

Eso equivalía a una deshonra. Pero… tal vez podría retener a Foveaux en algún cargo oficial, para que desempeñara el papel de consejero, por el poco conocimiento que él mismo tenía del país y de la gente a la que iba a gobernar.

Silbando melodías al azar, el coronel Lachlan Macquarie se despojó de sus calzones y medias blancas y se abrochó la falda escocesa a la cintura.

En su mente iba redactando una carta para la Guardia Montada. Solicitaría que el teniente coronel Joseph Foveaux, del 102.º Regimiento, fuera transferido a su propio 73.º, con el mismo rango y sin pérdida de antigüedad.