Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

En cualquier caso, lo que Foveaux le había contado corroboraba, casi en todos los detalles, el relato que en Río le habían hecho el doctor Jamieson y su colega, el doctor Harris.

Y ambos sí que habían estado presentes; ambos habían sido, según ellos mismos habían confesado, signatarios de la petición sobre la que había actuado el desafortunado Johnston.

Lachlan Macquarie dejó escapar un profundo y sentido suspiro.

El regreso del comodoro Bligh de Hobart y su breve y temporal reincorporación como gobernador añadiría una complejidad inconmensurable a sus problemas.

Por un lado, él mismo no podía tomar ninguna medida oficial como gobernador hasta pasada la restitución de Bligh en el cargo.

Por el otro… Empezó a pasear por la cubierta, con sus ojos grises llenos de preocupación.

Nueva Gales del Sur, le había dicho Foveaux, estaba al borde de la hambruna, y no era la primera vez en su corta historia.

La agricultura languidecía. Pocos días antes había habido una inundación muy perjudicial en la zona del Hawkesbury, donde se cultivaba la mayor parte del grano de la colonia.

Y, en Sídney, los edificios públicos, incluida la Casa de Gobierno, estaban casi en ruinas, y, como le había dicho Foveaux, pudriéndose hasta el deterioro.

—La moral de la gran masa de habitantes se encuentra envilecida, en el más bajo estado posible —había censurado el comandante en funciones del Cuerpo—.

El culto religioso está muy descuidado y el pueblo se siente deprimido por la pobreza.

Los grandes terratenientes hacen nobles contribuciones a los recursos de la colonia, señor, pero ellos, por supuesto, son todos oficiales de mi regimiento u oficiales civiles.

Los antiguos delincuentes, ahora emancipados y con concesiones de tierras, son los que han fracasado de manera estrepitosa.

Borrachos y ociosos, truecan sus productos por licor y dejan que sus tierras se queden en barbecho o vuelvan a convertirse en selva y que su ganado muera en el abandono.

Y, señor, los convictos asignados al trabajo público ni siquiera amortizan el coste de su sustento con un trabajo honrado.

Había dicho más cosas, reflexionó triste el nuevo gobernador; la mayoría, bien calculadas para descorazonarlo.

Había pocas carreteras y puentes, e incluso estos estaban en mal estado.

A cuarenta millas de Sídney, el país era impenetrable y permanecía oculto tras la gran barrera de las montañas Azules, que nadie había podido escalar.

La culpa del lamentable estado en que se encontraban los asuntos de la colonia recaía solo sobre los hombros de William Bligh, si había que creer a Foveaux.

Según le había dicho el coronel, la llamada administración rebelde había hecho todo lo posible para mejorar las condiciones.

—Pero nuestro poder era, como comprenderá, señor, muy limitado.

No teníamos autoridad del gobierno nacional para actuar.

Yo hice todo lo que pude durante el corto período en que actué como teniente gobernador, pero, cuando mi superior inmediato, el coronel Paterson, regresó por fin de la Tierra de Van Diemen, se permitió que tales asuntos cayeran una vez más en el olvido.

No había dicho nada más sobre el coronel Paterson, pero la expresión de censura en su rostro había sido suficiente.

Presionado, Foveaux se había visto obligado a confesar que Paterson era un hombre enfermo, que sufría de alcoholismo crónico y que pasaba la mayor parte del tiempo en la residencia del gobernador en Parramatta, bebiendo hasta caer en el estupor.

Rara vez se molestaba en firmar los documentos administrativos más urgentes.

—De hecho, señor, los únicos papeles que manejaba de buena gana eran los que asignaban concesiones de tierras a sus amigos y partidarios.

Fue, señor, muy generoso con todos, incluso con el comandante del barco del señor Bligh, el capitán Porteous del Porpoise, quien recibió una importante concesión.

Bueno, al menos, podía anular esas desentonadas muestras de generosidad de Paterson, pensó Lachlan Macquarie con satisfacción.

Las instrucciones puntuales que le había dado el secretario colonial lo obligaban a hacerlo, salvo en ciertos casos en los que, a su propia discreción, juzgara que las concesiones eran merecidas.

Y tal vez podría decirse que Porteous, después de pasar un año con su barco bajo el mando de Bligh, merecía sus tierras sobre la base de las dificultades extremas, si no por otra razón.

El nuevo gobernador se acercó a la barandilla y se hizo sombra a los ojos con la mano.

Contemplaba la ciudad que iba a ser su dominio y el edificio de dos plantas pintado de blanco que, enmohecido o no, sería su residencia oficial.

Desde aquella distancia, ambos parecían bastante agradables, y el gran puerto Jackson, por el que acababa de pasar su barco, era de verdad magnífico, con sus calas e islotes, sus alturas arboladas y sus playas de arena dorada.

Había molinos de viento en el horizonte y dos buques mercantes amarrados en el muelle comercial.

Vio uno más, a medio terminar, en el astillero cercano.

Las hileras de casas pulcras y pintadas de blanco, en las que, en apariencia, vivía la mayoría de la población de Sídney, tenían un atractivo que el sol poniente enaltecía al dorar sus tejas e iluminar, gentil, los pequeños huertos vallados.

El césped de la Casa de Gobierno estaba bien cuidado.

Los altos pinos de Norfolk y los arbustos en flor contribuían a su apacible encanto.

Como perspectiva, tuvo que concluir el coronel Macquarie, no era algo tan sombrío y desesperanzador como había insinuado Foveaux.

Se podrían construir carreteras bajo la supervisión de sus oficiales y suboficiales; se podrían reparar los edificios públicos, o derribarlos y reconstruirlos, si resultaban irrecuperables.

Y a los propietarios más ricos de las tierras situadas dentro de los límites de la ciudad se los podría animar a construir casas dignas de su posición e influencia.

No cabía duda de que el Cuerpo de Nueva Gales del Sur, conocido, para su vergüenza eterna, como el Cuerpo del Ron, debía asumir, a pesar de todo lo que Foveaux lo había defendido, una parte importante de la culpa por el estado ruinoso de la colonia.

Sus oficiales no habían sabido imponer la disciplina; habían preferido llenarse los bolsillos a cumplir con sus deberes militares.

Pero su magnífico 73.º de soldados montañeses cambiaría todo eso en un abrir y cerrar de ojos.

El 73.º era un regimiento de combate, con una espléndida tradición de servicio a la Corona.

En sus filas no había convictos; no había comerciantes entre sus oficiales; estos hombres no se dejarían corromper ni seducir por mujeres de la vida galante ni con ron importado.

Por todos los cielos, él se encargaría de todo eso, y también de que se reavivaran el respeto por la Iglesia y la asistencia a los servicios cristianos.

Absorto en sus propios pensamientos, el coronel Macquarie observó cómo se ponía el sol. Siguió paseando por la cubierta, haciendo planes esperanzadores y meditando qué pasos podían darse para ponerlos en marcha.

Se dijo a sí mismo que debía haber recompensas y estímulos para las personas cuya conducta las hiciera merecedoras, fueran convictos, emancipados o libres.

Aquellos que habían llegado como criminales convictos y se habían ganado la libertad mediante la servidumbre, el indulto o la emancipación debían ser considerados, en todos los aspectos, iguales a todos los demás colonos, de acuerdo con su posición y carácter.

Este era un principio por el que estaba decidido a regirse y…