Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Estaba a punto de seguir interrogando a la regordeta ama de llaves cuando, desde la cubierta superior, llegó un grito que todos temían y que habían oído no pocas veces.

—¡Hombre al agua! ¡A estribor, capitán!

—Que Dios lo ayude —susurró la señora Ovens y se persignó—. Ojalá que corra con más suerte que aquel pobre que cayó del mástil del Hindostan, cuando avistamos por primera vez la Tierra de Van Diemen. Dicen que el barco le pasó por encima.

—Ese velero va en su ayuda —exclamó Jessica, emocionada—, el que ha traído al coronel Foveaux desde la ciudad de Sídney.

—Estuvo observando las maniobras hasta que el cúter desapareció de su campo visual.

Luego se arrebujó en su chal, decidida, por ningún motivo que pudiera explicar, a presenciar el resultado del rescate.

— El pobre marinero sigue a flote, señora Ovens.

Voy al castillo de popa. Si Sus Excelencias están recibiendo en el gran camarote, no habrá nadie ahí. ¿Quiere venir conmigo?

El ama de llaves negó con la cabeza.

—¿Con este viento? Hará demasiado frío para mi gusto.

Cuando llegó al punto de observación que había elegido, Jessica no tardó en descubrir que, de verdad, hacía frío. Pero, resguardada de las ventanas del enorme camarote, se echó el chal sobre el pelo alborotado y, agachada, encontró refugio para ver cómo se desarrollaba el drama.

Incluso para sus ojos inexpertos, el velero era manejado con pericia.

Al timón estaba un joven con una mata de pelo rubio y rebelde.

Otro hombre, pequeño, encorvado y, desde luego, bastante mayor, se ocupaba de la parte delantera de la embarcación.

Tiraba de una cuerda con la que orientaba la vela hacia uno y otro lado.

Aunque las olas bañaban la cubierta, ninguno de los dos llevaba chubasquero, como sí lo llevaba el coronel Foveaux…

De hecho, pudo notar que el joven timonel rubio llevaba solo unos calzones y una fina camisa blanca.

Debía de estar empapado hasta los huesos.

Incluso desde la distancia, se notaba que era muy joven.

Tal vez era un guardiamarina de la colonia.

Vio que el bote cambiaba de rumbo y se dirigía hacia el pobre marinero caído de las jarcias del Dromedary.

Al ver cómo lo arrancaban de las garras de la mar, exhaló un suspiro de alivio.

Luego oyó una ovación a sus espaldas y, al mirar hacia abajo, se encontró con el bote de remos que el capitán Pritchard, el capitán del Dromedary, había ordenado echar al agua.

El Hindostan también acababa de soltar un bote.

Ya estaba en el agua, bogando hacia cúter, con diez o doce de hombres a los remos.

Jessica se preguntaba los motivos de tanta prisa.

Volvió la vista una vez más hacia el velero y lo comprendió todo, con el corazón encogido.

La punta del mástil se había roto. Todo el palo mayor estaba abatido, con la vela arrastrándose en el agua, agitada por el viento.

Aquello solo duró un momento, y luego, para su horror, el velero escoró y quedó flotando de costado, como un ave marina de alas rotas.

Pronto lo dominarían las olas contra las que había opuesto sus débiles fuerzas.

A su lado, una voz dijo:

—¡Dios misericordioso, están perdidos!

Jessica giró sobre sí misma, sobresaltada, pues se suponía sola.

Reconoció la muy enfundada figura como la de la señora Bent, la esposa del juez, y se apresuró a hacerle una reverencia.

La señora Ellis Bent era vivaz y encantadora en compañía de sus iguales sociales, pero, según Jessica había constatado, tanto ella como su apuesto marido, abogado, se cuidaban de mantener las distancias cuando se trataba de las clases más bajas.

En su propio caso, quizás porque la esposa del gobernador había llegado a tratarla más como una amiga y confidente que como una sirvienta, la señora Bent hacía gala de una generosa condescendencia.

Pero, por alguna razón, no actuaba igual con la señora Ovens.

Respondió, con su habitual encanto, a la reverencia de Jessica. Entonces ambas, como atraídas por un imán, volvieron conmocionadas a contemplar el velero a punto de naufragar.

—Es el barco que ha traído al coronel Foveaux desde la cala de Sídney —dijo la señora Bent—. Pobres. Espero que no se ahoguen ante nuestros ojos. ¿Puedes verlos, Jessica? Creo que uno de ellos ha conseguido agarrarse al mástil. Apenas puedo verle la cabeza.

—Oh, sí, señora —afirmó Jessica, cuyas esperanzas crecían—. Ahora puedo ver a un hombre subiendo al casco, estoy segura. —Se trataba del joven timonel rubio, observó agradecida, el supuesto guardiamarina.

—¡No, son dos! ¡Está tirando de otro que está detrás! ¡Es el acto más valiente que he visto nunca! —exclamó la señora Bent—. ¡Mira, es el joven que estaba al mando del cúter!, ¡y ahora está tratando de salvar al desafortunado que sigue en el agua!

—Sí —consiguió decir Jessica, que no alcanzaba a afirmar la voz.

Vio que los dos botes de remos estaban cada vez más cerca del anegado cúter.

El del Hindostan iba delante. Los marinos rescataron primero a un hombre; luego sacaron a los otros de lo que ella había temido que fuera su tumba de agua.

Gritó entusiasmada—: ¡Se han salvado, señora Bent!

Los tres se han salvado, ¡gracias a Dios!

—Están a salvo —concertó la señora Bent, con un audible suspiro de alivio—.

Y… Su Excelencia lo ha visto todo, al igual que nosotras.

—Señaló hacia las ventanas de popa, a espaldas de Jessica, y añadió pesarosa—: ¡Y pensar que yo podría haberlo visto todo muy cómoda, desde el gran camarote, en vez de arriesgarme a morir de frío aquí!

Pero todavía estaba en salto de cama cuando han llamado al señor Bent para que se reuniera con el coronel Foveaux.

Mi criada, por desgracia, no es tan madrugadora como tú, Jessica.

—Su sonrisa, aunque condescendiente, era cálida.

— Considera que, si la señora Macquarie deseara prescindir de tus servicios, yo estaría encantada de darte trabajo.

Sorprendida pero complacida por el cumplido, Jessica prometió que lo recordaría.

La señora Bent, aún sonriente, se despidió para reaparecer, unos minutos más tarde, rodeada de quienes habían observado el rescate desde el camarote de día del gobernador.

Jessica, con todo el frío que estaba sintiendo, se quedó esperando hasta que el bote del Hindostan se puso de costado.

Quería asegurarse de que el guardiamarina rubio estuviera a salvo.

Por lo visto, también había salido ileso.

Jessica descendió, temblando, para deshacerse de su húmedo chal y ponerse un vestido más abrigado.

Le habían dicho que diciembre era verano pleno en las antípodas, pero hoy hacía tanto frío como cualquier día de diciembre que hubiera vivido en Inglaterra o Escocia.

Esa lluvia rivalizaba con la peor que pudiera arrojar del cielo un monzón aborigen.

Quizás, cuando el viento cambiara y permitiera al convoy entrar en el puerto Jackson, el tiempo mejoraría y el sol llegaría, por fin, a brillar sobre el nuevo gobernador.

*

Hubo que esperar hasta la víspera de Año Nuevo para que amainara el vendaval.

Con una ligera brisa de levante y bajo un sol resplandeciente, la fragata Hindostan, de cincuenta cañones, condujo a sus dos compañeros hasta la ensenada de Sídney.

Allí, entre vítores y disparos de salvas desde la orilla, soltó el ancla.

El coronel Lachlan Macquarie pudo echar una primera mirada larga y crítica a la colonia que iba a gobernar. Y lo que vio no le gustó.

Joseph Foveaux ya lo había avisado de lo que podía esperar, era cierto, pero, desde la popa del Dromedary, lo que vio fue aún peor…, incluso bajo las cautelosas advertencias.

Foveaux había sido una inmensa ayuda durante los días de espera, reflexionó el nuevo gobernador.

De hecho, durante aquellos tres días de forzada inactividad, había aprendido más de lo que había creído posible.

Le habían contado la historia completa, y sin ambages, de los acontecimientos que habían llevado a la guarnición militar de la colonia a rebelarse contra su gobernador y ponerlo bajo arresto.

Había oído, con detalles precisos, el vergonzoso recital de la tiranía del capitán William Bligh, de sus elucubraciones, su arrogancia y su temperamento incontrolable.

Era cierto que el coronel Foveaux no estaba presente en el momento de la rebelión, como tampoco al mando del Cuerpo de Nueva Gales del Sur.

Todavía estaba de baja por enfermedad en Inglaterra.

George Johnston, el comandante en funciones del regimiento, era el verdadero oficial responsable de la expulsión de Bligh.

*

Quizás Johnston había sido insensato, según admitía Foveaux a regañadientes, pero ese hombre estaba sufriendo una grave provocación.

Como amigo de John Macarthur, cuya ruina había querido provocar Bligh moviendo cielo y tierra, el pobre Johnston no tuvo alternativa.

Macarthur estaba en la cárcel, rodeado de delincuentes, y su vida, casi con seguridad, había sido puesta en peligro.

El pueblo de Sídney parecía dispuesto a tomarse la justicia por su mano, a asaltar la cárcel para liberarlo, y, acaso, poner manos violentas sobre el gobernador Bligh.

En consecuencia, el comandante había tomado aquella medida con el pleno apoyo de sus oficiales y de los habitantes respetables de la ciudad.

Todos habían firmado una petición en ese sentido, a la que se habían adherido cientos de nombres.

Y Johnston, pobre, estaba de camino a casa para enfrentarse a un consejo de guerra que bien podría condenarlo a muerte por traición.

Sin embargo, su actuación había sido honorable.

No se merecía, bien lo sabía Dios, morir por ello.

Eso había afirmado el coronel Foveaux, con una emoción que, en opinión del nuevo gobernador, lo honraba.