Capítulo 2 #3
Justin no vio al gaviero del Dromedary cuando se precipitaba desde los obenques del palo mayor, pero sí su cuerpo golpear el agua enfurecida, de blancas crestas, en la estela de su propia embarcación. Por el rabillo del ojo notó que, un instante después, de la superficie surgía una cabeza oscura.
—¡Está vivo! —le gritó a Cookie Barnes—. ¡Prepárate para ir!
Orando en silencio por la resistencia de su mástil, Justin giró el timón con fuerza mientras Cookie corría por la cubierta aferrado a la driza de pico.
Cuando empezó a virar, el Flinders se estremeció y escoró casi hasta la borda.
Justin lo controló soltando un poco el timón para poner el cúter de cara al viento y alejarse después, con el barco hundiendo la afilada proa en una marea de agua verde grisácea.
Aun entre pavorosos temblores, la nave saltaba sobre la superficie.
El agua que había retenido chorreaba en cascadas de proa a popa, entre ráfagas de rocío helado.
Durante un momento de tensión, Justin estuvo metido en el agua hasta la cintura, sintiendo la fuerza de la corriente.
Se agarraba a la rueda del timón con ambas manos para no terminar arrastrado hacia la borda, pero seguía cumpliendo su tarea con plena resolución.
Una segunda virada llevó el cúter a mantener la quilla uniforme el tiempo suficiente para ver de nuevo al nadador y virar hacia él.
Justin sabía que en el puerto de Sídney había tiburones, así que iba buscando en el agua espumosa de las inmediaciones aletas que delataran la presencia de escualos, pero no vio nada.
Eso no probaba que los tiburones no estuvieran convergiendo hacia su objetivo; solo le decía que debía darse prisa para ser el primero en alcanzar al nadador…
, fuera cual fuera el riesgo para su mástil y fuera cual fuera el riesgo para el propio Flinders.
Había visto resultados de ataques de tiburón en demasiados cuerpos humanos como para ponerse en riesgo a sí mismo.
El casco del Flinders era robusto. El chico estaba convencido de que seguiría flotando y saldría a la superficie, sin importar lo que le hicieran el viento y la mar.
Los minutos siguientes pasaron difusos por su mente. Actuó más por instinto que por juicio. Chilló órdenes a Cookie, órdenes que el hombre no necesitaba ni oía, pues también se guiaba por sus instintos y sin esperar mandatos.
Casi por milagro, alcanzaron al gaviero del Dromedary cuando aún estaba a flote.
De algún modo, el hombre pudo agarrar el extremo de una cuerda que Cookie le lanzó.
Golpeados por el viento y el rocío, entre los dos arriaron la vela mayor.
Con el Flinders perdiendo el rumbo por un momento, entre los dos arrastraron hasta la cubierta al marinero medio ahogado, y ahí, sin muchos miramientos por sus posibles huesos rotos, lo dejaron deslizarse por la escotilla del camarote.
Pero la suerte los abandonó y la cabeza del cúter empezó a desviarse.
Desde la popa, se precipitaron sobre el barco toneladas de agua, en tanto que los foques se hincharon con una ráfaga de viento rebelde.
El Flinders empezó una deriva hacia la alta y amenazadora cara de South Head.
Sin aliento y, una vez más, con el agua casi hasta la cintura, Justin ponía todo su empeño en un timón que pataleaba, en tanto que Cookie se esforzaba por izar la vela mayor para evitar las rocas.
Con el foque exterior desgarrado y escupiendo viento, la vela mayor izada y tensa, estaban a punto de completar el viraje, pero un chasquido como la descarga de un mosquete les anunció que las amarras del aparejo de emergencia se habían hecho trizas.
Estaba ocurriendo lo que se habían temido.
Justin se dio cuenta de que no había forma de evitar el desastre.
Si bien el mástil no se había venido abajo, mejor habría sido que lo hubiera hecho, porque su peso y el de la vela despojaron al cúter, ya escorado a sotavento en un ángulo imposible, de la poca estabilidad que le quedaba.
El barco rodó y, como una ballena arponeada, quedó de costado, incapaz de enderezarse, mientras el viento y la corriente lo arrastraban, lenta pero inexorablemente, hacia una línea de olas furiosas en la rompiente al pie de South Head.
Justin se encontró en el agua agitada, pues el timón le había sido arrancado de sus helados dedos.
Ahora el joven marino se deslizaba indefenso por la cubierta inclinada.
Aún estaba lo bastante cerca como para arrastrarse hasta el casco encharcado del Flinders, y eso se disponía a hacer cuando, desde su izquierda, un grito ronco lo hizo cambiar de idea.
El hombre al que habían rescatado forcejeaba a unos treinta pies de ahí.
Los ojos del chico se encontraron con un rostro blanco y aterrorizado.
Los labios del marino se movían, aunque ya no emitían ningún sonido.
La mar enfurecida bañaba al gaviero por la cabeza y lo arrastraba hacia abajo con la resaca.
Justin era un buen nadador. Puso todo su empeño y alcanzó al hombre que se ahogaba.
Lo agarró por los hombros y consiguió remolcarlo hasta el Flinders.
Minutos después, sin recordar cómo había llegado hasta allí, supo que estaba tendido sobre el casco medio sumergido, con el gaviero del Dromedary a un lado y Cookie a unos cuantos metros, aferrado a la botavara de la vela mayor.
Aliviado, notó que tanto la fragata Hindostan como el Dromedary habían hecho bajar los botes.
Las tripulaciones tiraban de los remos con frenesí, pero aún estaban muy lejos de ellos.
El chico rezaba para que alcanzaran su desamparado navío antes de que se hiciera pedazos contra las rocas.
El Flinders estaba perdido, lo sabía, y la noción era amarga.
Él mismo lo había construido después de haber aprendido el oficio con el viejo Tom Moore, en el astillero.
Era el primer barco bajo su comando y también su medio de vida…
O eso había sido hasta entonces, pensó lleno de desaliento.
Con un sobresalto, oyó que Cookie pegaba un grito.
Al girarse, vio con horror que el hombrecillo había perdido el control de la botavara.
Al igual que muchos marineros, Cookie Barnes no sabía nadar.
Asustado por la antigua superstición de que los marineros que sabían nadar encontraban una muerte lenta, había puesto toda su obstinación en negarse a aprender.
Ahora, cuando su agarre a la botavara se estaba debilitando, tenía pocas posibilidades de llegar al casco del Flinders y volver a subir.
Justin dudó un instante. El hombre que acababa de sacar del mar no era un jovenzuelo.
Parecía aturdido, pero, al menos, tenía algo de lucidez.
Sus brazos estaban bien aferrados a la barandilla del cúter…
Podía dejarlo a su suerte. Y los tiburones estaban allí, aunque nadie los viera.
Siempre estaban allí. El hecho de que no se hubiera derramado sangre podía explicar que no hubieran atacado todavía.
Fue entonces cuando vislumbró la sombra en el agua gris y agitada por el viento. Era apenas visible, pero Justin la reconoció en una fracción de segundo. Comprendió entonces por qué Cookie había gritado.
—¡Aguanta, Cookie! —gritó—, allá voy.
El viento se llevó sus palabras, pero Cookie alcanzó a verlo e hizo un último esfuerzo desesperado por no soltar la botavara.
Justo a tiempo, Justin lo agarró por el cuello del abrigo.
A menos de dos pies de ahí, la sombra gris, desposeída de su presa, emergió para luego desaparecer en un remolino de espuma.
—¡Gracias a Dios! —gritó Cookie.
Justin tuvo que aferrarse a él con los brazos doloridos; de otra suerte, ambos se habrían deslizado desde su precaria percha azotada por el viento.
Estaban a punto de ahogarse cuando la lancha del Hindostan los alcanzó y los puso a salvo.
El gaviero del Dromedary, que ya iba con ellos, murmuraba su gratitud con palabras casi ininteligibles.
Mientras los marinos ya remaban de vuelta al convoy, el guardiamarina observó con pesar: —¡Se va, señor!
Justin, con el corazón destrozado, se asomó para contemplar el Flinders por última vez, mientras las grandes olas blancas lo azotaban contra las rocas como un juguete desechado.
En cuestión de minutos, la mar lo había destrozado.
Del barco no quedaron más que unos cuantos maderos deformes que flotaban sin rumbo, de un lado a otro.
—Tenemos señales, señor, del comodoro —continuó el guardiamarina—. Debemos llevarlo a bordo del Dromedary. —y añadió como un consuelo—: Creo que Su Excelencia el coronel Macquarie desea darle las gracias en persona.
*
A bordo del Dromedary, desde el ojo de buey de su camarote, Jessica Maclaine había visto acercarse al elegante cúter y había observado con interés la llegada del oficial del chubasquero.
El ama de llaves del gobernador, la señora Ovens, le había dicho que era uno de los oficiales del rebelde Cuerpo de Nueva Gales del Sur, quienes habían gobernado la colonia desde la destitución del gobernador Bligh.
—Al menos —había matizado la regordeta mujer de mejillas sonrosadas—, eso es lo que ha dicho Joseph Big, y Joseph Big suele saber. El soldado se llama Foveaux. Es el coronel Foveaux, ha dicho… Y Sus Excelencias lo están recibiendo en el gran camarote, así que no te necesitarán por un tiempo.
Joseph Big era el cochero del nuevo gobernador.
Jessica sabía que este hombre, al igual que la señora Ovens y ella misma, quedarían empleados por completo cuando desembarcaran en la ciudad de Sídney.
A bordo del barco, las tareas del señor Big y de la señora Ovens habían sido más livianas que las suyas, pero ella no les reprochaba nada.
Disfrutaba con su trabajo, además de que había llegado a querer y respetar a su guapa ama de pelo cobrizo, que era amable con ella de modo axiomático.