Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Bueno, ¡mala suerte! Le costaría mucho explicar por qué, durante el último año, él y su superior nominal, el borracho coronel Peterson, comandante del Cuerpo, habían concedido tantos miles de acres de tierra agrícola de primera calidad, y con tanta liberalidad, a sus adherentes.

Más de sesenta mil acres, si los rumores eran dignos de crédito.

Y Sam Mason, por su parte, sí que creía en ellos.

Pero tal vez fuera mejor que el mástil de Justin no resistiera la tensión a la que estaba a punto de ser sometido: el viento soplaba del sudoeste y no daba señales de amainar.

Si el chico tuviera sentido común, daría media vuelta y regresaría a la cala mucho antes de acercarse al barco del nuevo gobernador…

¡y al carajo con los treinta chelines del coronel Foveaux!

Samuel Mason se detuvo junto a la puerta y compuso sus curtidas facciones en algo parecido a una sonrisa complaciente. Luego, habiéndola esculpido tan llamativa como le fue posible, se puso su chaqueta empapada y volvió a entrar en la oficina.

El coronel Joseph Foveaux, que paseaba de un lado a otro del pequeño edificio de madera, se detuvo cuando oyó que la puerta se abría.

Era un hombre alto, de unos cuarenta años, algo corpulento, de ojos oscuros y piel muy bronceada.

A pesar de lo elegante de su uniforme, cortado a la perfección, su color de piel daba la impresión de que llevaba sangre romaní…

o, al menos, de no ser inglés. De hecho, Samuel Mason había oído decir que su madre era francesa y su padre, un aristócrata.

Tal vez, pensó con desagrado, el padre había sido uno de esos que los revolucionarios franceses enviaron a la guillotina antes de que llegara el temido Napo.

Lástima que no hubieran enviado a su hijo con él.

—¿Y bien, mi buen amigo? —preguntó el coronel—, ¿ha conseguido convencer al joven Broome para que me lleve a los barcos del Rey?

—Sí, señor, lo he convencido —respondió Mason—. No es que estuviera ansioso, como comprenderá.

Le explicó lo de la cabeza del mástil principal del Flinders y puso especial cuidado en subrayar la magnitud de los daños que había sufrido el cúter, pero el coronel Foveaux le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Sí, sí, lo entiendo a la perfección. Pero Broome es un buen navegante, ¿no es así?; y su barco, por lo demás, ¿está en buen estado?

—Oh, sí que lo está, señor.

—¿Y bien, entonces? —le espetó Foveaux—, ¿cuándo estará listo para recibirme y cuánto me cobrará?

Samuel Mason, resentido por el tono arrogante del coronel, seguía sonriendo.

—Tan pronto como haya revisado las amarras del palo mayor y despertado a su tripulación, señor.

Digamos que en veinte minutos. Y… serán cuarenta chelines por el alquiler, Su Señoría, a pagar en cuanto Broome lo haya puesto al costado del Dromedary.

—Dudó, a la espera de una recompensa por sus esfuerzos, pero el coronel Foveaux no dio muestras de rebuscar su bolsillo.

—¡El Dromedary ! —repitió, con el ceño fruncido—. Pensé que Su Excelencia viajaría a bordo de la fragata. Es la Hindostan, ¿o no?, ¿de cincuenta cañones?

—Sí, señor, eso teníamos anunciado. Pero Su Excelencia viaja a bordo del Dromedary, según ha dicho el capitán de un cazador de focas que ha tomado puerto antes que el convoy.

Habló con los de la fragata, Su Señoría, frente al cabo Pillar, en la Tierra de Van Diemen, hace quince días.

Habían sufrido daños. Perdieron el mastelero principal y las botavaras de los sobrejuanetes…

El coronel volvió a interrumpirlo.

—Sí, sí, pero eso no importa ahora, mientras sepa que el coronel Macquarie está a bordo del Dromedary. —Miró a través de la puerta abierta, hacia la lluvia, y, con un brusco cambio de tono, preguntó—: ¿Tiene un chubasquero, Mason, que me pueda prestar?

—Oh, sí, señor, desde luego. —Samuel Mason fue a rebuscar en uno de los armarios del almacén. Se tomó su tiempo.—. ¿Es para usted, señor, verdad? ¿No llevará a ningún otro caballero con usted?

Sabía la respuesta antes de que se la dieran, pero no estaba preparado para la vehemencia con la que Foveaux la escupió: —¡No, mierda, no llevaré a nadie más!

Con el impermeable en las manos, el carpintero retrocedió alarmado.

—No se ofenda, Señoría. Es solo que… Bueno, señor, dado que estaba con esto del impermeable, pensé que tal vez querría más de uno y…

—No especule sobre asuntos que no son de su maldita incumbencia, señor Mason —le advirtió iracundo el coronel Foveaux—. Muy bien, vaya y dígale a Broome que se prepare. Saldré en cuanto me haya puesto el chubasquero, si tiene la amabilidad de dármelo.

Diez minutos más tarde, el Flinders soltó amarras.

El viejo carpintero de barcos murmuró obscenidades en voz baja mientras lo veía alejarse con las velas de proa desplegadas.

De mal humor, reflexionó que Justin había hecho bien en abandonar el ambicioso aparejo que había diseñado al principio.

Con una cangreja, una gavia cuadrada y dos foques, era ideal para el trabajo que solía hacer.

Aun así, esperaba que el chico cuidara de sí mismo y de su barco al llegar a los Heads; si no tenía el sentido común de dar la vuelta…

A bordo del Flinders, el coronel Foveaux permaneció pegado a la barandilla.

Luego Justin sacó el cúter del abrigo del fondeadero y, con mucha cautela, desplegó la vela mayor, que llevaba rizada.

Al sentir que el viento escoraba el barco cada vez más, Foveaux bajó al camarote, donde, por lo visto, permaneció ensimismado en sus propios pensamientos.

Luego, tras una travesía agitada aunque sin incidentes, por un puerto de Sídney oscurecido bajo la lluvia, el Flinders se acercó a los tres barcos del rey que se mecían bajo lonas de tormenta, frente a los Heads.

—¡Convoy a la vista, señor! —gritó Justin, pero no recibió respuesta del camarote.

Él siguió en lo suyo, corriendo a sotavento y teniendo que luchar con el timón cuando el viento viró y el Flinders empezó a cabecear como un salvaje—.

Listos para virar —advirtió a Cookie Barnes, su tripulante—. El barco que buscamos está a sotavento.

Nunca había visto el Dromedary, pero era fácil distinguirlo por su tamaño.

El del nuevo gobernador era un navío mercante de proa poco prominente y elaborado mascarón.

Sus ventanas y galerías de popa estaban ornamentadas con profusión de volutas doradas.

Las portas de sus cañones, al igual que las de un barco de guerra, estaban pintadas de negro.

A medida que se reducía la distancia entre los dos barcos, Justin vio en lo alto del Dromedary a media docena de tripulantes.

Se esforzaban por recoger las velas que se habían rasgado con el implacable ataque del viento.

Otros hombres se apresuraban a escalar los obenques para ir a ayudar a sus compañeros.

En la cubierta del transporte, toda la atención se concentraba en esos trabajos.

Un oficial gritaba las órdenes a través de su megáfono.

Nadie vio ni saludó a Justin mientras fijaba el timón, deslizaba un cabo e iba a la proa para ayudar a Cookie Barnes a arriar la mayor.

De vuelta en el timón, pasó el Flinders por debajo de la popa del Dromedary y, haciendo gala de su habilidad, se puso a sotavento.

Barnes se enganchó a las cadenas mientras el Flinders soltaba el gobierno, por fin protegido del viento por la gran masa del transporte. Entre los dos arriaron los foques.

Un oficial los saludó tras un retraso perceptible. Para cuando el coronel Foveaux emergió del camarote, ya había una escalera de cuerda serpenteando desde la plancha de embarque y un marinero asomado, listo para ayudarlo a ascender.

Foveaux empezó a quitarse el chubasquero, solo que, cuando miró hacia arriba, a lo alto de la escalera de cuerda, cambió de idea.

Rebuscó los bolsillos de sus calzones y sacó media guinea y unas moneditas de plata.

Al darse cuenta de que todo junto no alcanzaba el precio de alquiler acordado, devolvió la plata a su bolsillo.

Puso la media guinea en la mano de Justin, a la manera de quien exhibe largueza ante un mendigo, y dijo con altanero donaire: —Por mi alma, Broome, parece que ando escaso de dinero…

¿Y quién no, en esta colonia infernal? Pero has hecho bien en traerme aquí.

Preséntate a mi empleado en el cuartel del Cuerpo y él te pagará el saldo.

Se agarró a la escalera de cuerda y, con Justin dándole apoyo a un pie, ascendió temeroso. La escalera fue izada y la puerta de entrada, cerrada de golpe. El coronel desapareció en la oscuridad de la cubierta inferior del Dromedary.

Justin contempló la monedita que tenía en la palma de la mano. Miró pesaroso a Cookie Barnes y se la tendió.

—Tu parte, Cookie, amigo. Dudo que alguna vez vea la mía.

—Te has ganado la paga por partida doble —le dijo indignado Cookie Barnes. Sonrió, sin embargo, y se metió la moneda en el bolsillo de los calzones—. ¿Esperamos un poco o nos ponemos en marcha?

—Nos ponemos en marcha —decidió Justin—. No nos están ofreciendo ninguna hospitalidad, ¿verdad? Aparta el barco y ponte a las brazas de barlovento. Saquemos esto y viremos solo cuando estemos bien lejos de South Head.

Sabía que tendrían que retroceder contra el viento racheado.

En ese momento, con esas mismas corrientes a sus espaldas, les llevaría varias horas de trabajo muy esforzado regresar.

Era cierto que el viento seguía virando uno o dos puntos hacia el norte y que Justin estaba familiarizado con cada cala y ensenada del gran puerto Jackson, pero…

El grito de advertencia de Cookie Barnes llegó un momento antes de otro más grande, uno agudo y desesperado de un hombre. Acababa de emanar del barco que estaban dejando a popa.