Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 2
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Capítulo 2

Durante la noche anterior se había producido una fuerte tormenta eléctrica, con granizo y relámpagos.

Y, aunque el convoy de tres barcos que traía al nuevo gobernador a Sídney había hecho señas a la guardia de South Head para que lo pilotaran, había pocas posibilidades —y eso Justin Broome lo sabía por experiencia— de que los barcos llegaran a puerto antes de que amainara el viento.

Al amanecer, Justin había salido del camarote de su pequeño cúter Flinders con la esperanza de terminar las reparaciones del barco en veinticuatro horas, ahora que tenía a su disposición el astillero del señor Robert Campbell.

El nuevo y esbelto mástil ya estaba allí; las vergas, listas; pero los obreros de Campbell no se habían presentado.

Cuando le preguntó por ellos al carpintero de navíos, Sammy Mason, este solo se encogió de hombros con resignación y señaló las nubes que bajaban.

—No encontrarás hombres dispuestos a trabajar en estas condiciones, Justin —había dicho en un tono que no admitía discusión—. Date una vuelta por tierra, ¿quieres?, y ahoga tus penas como la mayoría de nosotros.

De nada habría servido disgustarse por la actitud de Mason, se dijo Justin, resentido de todos modos.

El carpintero de barcos era un buen hombre, excelente en su trabajo, y los obreros que empleaba Robert Campbell no eran presidiarios.

No se los podía obligar con el látigo de un capataz a hacer cualquier tarea sin tener en cuenta el tiempo. Pero…

Maldijo mientras miraba los restos de la cabeza del mástil. Se había soltado y, después, fracturado en la parte más alta cuando intentaba rodear Barrenjoey Head, con la bodega abarrotada de trigo de los colonos y la cubierta repleta de personas y ganado rescatados del río Hawkesbury.

Socorrido por su tripulación y un par de colonos, Justin había ideado un remedio de emergencia: atar una verga al tope del mástil.

Y había aguantado; el amarre era lo bastante seguro, a pesar de que él y Cookie Barnes habían tenido que trabajar en una oscuridad gélida y en medio de un vendaval que amenazaba con arrojarlos al mar.

Habían conseguido llevar a sus pasajeros sanos y salvos a la ensenada de Sídney y, como resultado, se había visto casi abrumado por muestras de gratitud.

De hecho, a pesar del estado de privación en que se encontraban, muchos de los pasajeros habían hecho una cooperación para cubrir el coste de un nuevo mástil.

Justin solo tenía que poner unas cuantas libras de su bolsillo para saldar la cuenta del señor Campbell por el mástil.

No obstante… Frunció el ceño. Él quería regresar al Hawkesbury en cuanto amainara la tormenta, pues la labor de rescate aún no había terminado.

Era una inundación de excepcional gravedad.

Incluso en lugares donde las orillas tenían hasta treinta pies de altura, el río crecido se había desbordado.

Y todo en el transcurso de una sola noche.

La granja de su madre, Long Wrekin, estaba en un terreno alto, y, aunque tanto las tierras de cultivo como algunos pastos para ovejas podían inundarse, la propia granja y la mayoría de sus edificios no corrían mucho peligro.

De todos modos, él quería asegurarse, porque la inundación había llegado sin avisar, alimentada durante las horas de oscuridad por torrentes de la cordillera de las montañas Azules.

En cambio, en la ciudad de Sídney no había caído una sola gota de lluvia hasta anteayer y la temperatura había permanecido en unos veinticinco grados.

El Flinders no era, por supuesto, el único barco dedicado a rescatar el ganado en peligro.

Jed Burdock, con su queche Fanny, así como Andre Thompson, el alguacil del gobernador en Green Hills, y una veintena de propietarios de embarcaciones de recreo habían acudido en ayuda de los colonos aislados de la zona.

Y lo mismo habían hecho la balandra gubernamental Lady Nelson y otras procedentes de Sídney.

La mayor parte del trigo cosechado se salvaría mientras estuviera almacenado fuera del alcance de las aguas invasoras, pero el ganado, pensó Justin con pesar, quizás no tendría tan buena suerte.

Al oír su nombre, se volvió. Sammy Mason iba hacia él, cruzando el muelle, con el abrigo sobre la cabeza para protegerse de la lluvia torrencial. El carpintero se llevó las manos a la boca.

—¿Sigues ahí, Justin? —gritó.

—Sí, aquí estoy. —Justin saltó de la cubierta al muelle con la facilidad de una larga práctica—. ¿Han aparecido los hombres?

—No, y no creo que aparezcan, muchacho. Ven, vamos a ponernos a cubierto y te diré quién ha…

—Samuel Mason echó a andar hacia el cobertizo de los carpinteros.

Se quitó el abrigo de la cabeza y sacudió el exceso de humedad antes de volver a meter los poderosos brazos en las mangas.

Hecho esto, miró a Justin con aprobación antes de continuar.

— Tengo una oferta de alquiler para tu Flinders.

—Ah, por el amor de Dios, Sammy —protestó Justin—, ¡sabes que no puedo aceptar contratos hasta que tengamos el nuevo mástil bien acoplado! Y, cuando lo tengamos… Me he comprometido a volver al Hawkesbury. Maldita sea, yo…

—Agárrate fuerte, muchacho —le pidió Mason—. No has oído quién quiere tu barco ni para qué. Quizá cambies de opinión cuando lo sepas.

—Bueno, soy todo oídos —lo invitó Justin con cautela—. Si se trata de una carrera a Parramatta, me atrevo a decir que la obra de emergencia funcionará, pero…

—Te servirá para navegar hasta los Heads, supongo… Y es ahí a donde el coronel Foveaux quiere ir —lo interrumpió Mason.

—¿El coronel Foveaux, el vicegobernador en persona?

—Justin se rió.— ¿Estás de broma, Sammy?

Tiene su propia barcaza oficial… ¡Para qué querría mi Flinders !

He estado trayendo ovejas del Hawkesbury, y también cerdos y pollos, y apenas he tenido tiempo de limpiar.

A Su Señoría no le gustará el hedor, como tampoco que se le ensucie el uniforme.

—Eso no lo preocupa, Justin; o eso me ha dicho.

Tiene asuntos urgentes con el nuevo gobernador, cuyo barco está amarrado frente al cabo Sur.

En cuanto a la lancha oficial —el tono de Mason era malicioso sin simulaciones—, el patán del timonel se olvidó de asegurarla anoche.

Se soltó de sus amarras con el viento y salió despedida hacia la orilla.

Tiene hundidas la mitad de las tablas del fondo.

Si Su Señoría saliera en ella, se iría a pique antes de salir de la cala.

—¿Lo dices en serio? ¿No estás bromeando?

—No estoy bromeando. Y el coronel tampoco. Me espera en mi despacho. —El carpintero sacudió la cabeza hacia el lugar de donde había venido.— Y tiene mucha prisa, al parecer, porque me ha dicho que te diga que quiere ponerse en marcha enseguida.

—Yo trabajo bajo contrato, Sammy —le recordó Justin—. ¿Qué me ofrece?

—No me extrañaría que lo suficiente para pagar ese nuevo mástil. Pero será mejor que hagas tu propio trato con él, muchacho. Es un hombre rico, no lo olvides, y el Flinders es el único velero disponible ahora mismo. Podrías exigirle un rescate.

Justin sonrió.

—Algunos podrían, pero yo no. Muy bien, Sammy, amigo mío, dile que lo llevaré a South Head, aunque por su cuenta y riesgo.

Le cobraré treinta chelines y podrá pagármelos cuando nos hayamos puesto junto al barco del nuevo gobernador…

¡si lo consigo! Despertaré a Cookie Barnes y estaré listo para zarpar tan pronto como haya comprobado las amarras en el tope del mástil. En media hora, digamos.

—Bien, muchacho. Se lo diré.

Mason se quitó el abrigo y volvió a ponérselo sobre la cabeza y los hombros.

Justin Broome era un buen chico, pensó complacido, un buen ejemplo del tipo de joven que esa colonia podía criar a partir de su estirpe de presidiarios.

Pero su padre había sido un marino de primera que había servido como capitán a las órdenes del capitán Flinders en el Investigator.

Y su madre, según todos los indicios, era una buena mujer; una emancipada cuyo indulto, si la memoria no le fallaba, había sido concedido por el gobernador Phillip junto con tierras en la zona del Hawkesbury.

Estaba casada en segundas nupcias con el ayudante del exgobernador, el capitán Andrew Hawley, de la Marina Real.

El capitán Hawley, quien, por supuesto, se había malquistado con la administración rebelde por haber tenido la audacia de negarles su apoyo, había sido desterrado de Sídney, pero era una persona de mejor madera que el autodenominado teniente gobernador, el hombre que en ese momento esperaba con tanta impaciencia en la oficina del muelle.

Al llegar a la puerta, Samuel Mason escupió, certero y desdeñoso, en un charco de lluvia.

No estaba bien, lo sabía, criticar a los que estaban en el poder, y, en ese momento, el coronel Joseph Foveaux estaba en el poder.

Eso sí, con la llegada del nuevo gobernador, gracias a Dios, era poco probable que se mantuviera en su puesto durante mucho más tiempo.

El astuto y viejo carpintero de barcos adivinaba que eso era lo que estimulaba al impetuoso coronel a salir para recibir el convoy recién llegado de Inglaterra, ya fuera que Justin Broome se diera cuenta o no.

Por las buenas o las malas, el coronel Maldito Foveaux pretendía ser el primero en llegarle al oído al nuevo gobernador y darle su propia versión del derrocamiento de Bligh y de lo que lo había motivado.

Y, aunque tuviera que mentir como un bellaco, se esforzaría por justificar todo lo que la administración rebelde había hecho entretanto.