Capítulo 1 #4
Hizo un gesto con la cabeza al médico, que se apartó de inmediato para ceder su puesto al lado del prisionero inmovilizado.
El tamborilero tocó un redoble y el contramaestre echó el látigo detrás de su cabeza.
Con la habilidad que da la práctica, lanzó la sibilante correa a la espalda desnuda del joven Collins.
El primer golpe levantó una serie de feas heridas rojas sobre la piel tensa y el segundo hizo brotar sangre.
Antes de que cayera el tercero, Collins ya estaba pidiendo clemencia, fuera de sí. Toda su rebeldía se había desvanecido.
Solo que no había nadie que lo compadeciera.
Los más veteranos, acostumbrados a ver mayor estoicismo en los condenados, volvían la cabeza hacia otro lado, disgustados, mientras el chico luchaba por liberar los brazos de las cuerdas que lo ataban a la reja de madera.
Sus agudos chillidos se elevaban por encima de los siseos del gato.
—¡Seis latigazos, señor! —gritó el maestro armero.
El capitán Porteous dirigió una muda pregunta al médico, quien sacudió la cabeza sin decir palabra. El látigo se levantó de nuevo y Porteous vio que el comodoro se volvía, con el rostro aún inexpresivo.
—Eso bastará —dijo con decisión—. Bájenlo y que se lo lleve el médico.
—¿Bajarlo, señor? —se hizo eco Porteous, incapaz de ocultar su sorpresa—. Pero solo se ha llevado media docena, señor, y yo…
—He dicho que basta, capitán Porteous. —El tono del gobernador depuesto era gélido. Sus ojos azules parecían tan fríos e inflexibles como su voz—. Cuando haya despedido a la compañía del barco, tenga la bondad de preparar una lancha con el señor Fortescue al mando.
—¿Una… lancha, señor? —Con la mente todavía en el castigo interrumpido de manera tan abrupta, el comandante del Porpoise lo miró sin comprender—. ¿Pretende enviar al señor Collins de vuelta a Hobart de inmediato, señor?
—¡No, maldita sea, señor, no! —replicó Bligh irritado—.
¿Está ciego además de sordo? ¡Mire allí, hombre!
—Señaló hacia la llana y lejana cima del monte Mesa y su corona de amenazadoras nubes teñidas de rojo—.
Una fuerte borrasca sopla en el estuario y mi hija está de camino en la lancha.
Olvídese de sus malditos azotes y de este pedazo de mierda…
Usted y el señor Kent ya han hecho todo el daño que se han propuesto, no lo dude.
Mande romper filas y llame a mi bote, si es tan amable.
—Sí, sí, señor —aceptó Porteous, derrotado y malhumorado, de pronto, incapaz de enfrentarse a los ojos acusadores de su superior. Bajó la mirada y dio las órdenes con menos autoridad de la acostumbrada.
Solo cuando la lancha se hubo alejado, con el comodoro Bligh en la bancada de popa, fue al camarote donde estaba confinado el teniente Kent.
—No hemos engañado a su infernal excelencia, Willie —dijo con amargura—. ¡O lo sabe o se ha arriesgado a adivinarlo! Aunque, con el cielo por testigo, juraría que ese pequeño granuja de Collins se merecía todo lo que ha obtenido.
—Espera a que lo llevemos de vuelta a Inglaterra, John —le respondió William Kent con un brillo en sus ojos oscuros—.
Tendremos a los testigos más distinguidos para que declaren contra él, maldita sea: el almirante Hunter; mi venerado tío, el gobernador King, si llega a recuperarse; los oficiales del Buffalo y, por supuesto, ese pobre diablo, el desgraciado de Joseph Short.
Estará, además, la gente de John Macarthur y, lo que no es menos importante, el muy influyente padre de George Johnston.
—¿Quién es el padre de Johnston? —preguntó Porteous, y con la intención de ponerlo un poco de humor, añadió—: No sabía que tuviera uno.
—Ah, pero lo tiene, mi querido amigo —le aseguró Kent con consciente malicia—.
Nuestro George es un bastardo de Su Gracia de Northumberland, nada menos.
O eso es lo que mi tío, el capitán de navío Kent, me ha revelado en una carta reciente.
De hecho, la tengo en alguna parte. Es confidencial, por supuesto, pero no veo razón para que no le eches un vistazo.
John Porteous leyó la carta.
—¿Sabes, Willie? —dijo con su cara redonda y roja envuelta en sonrisas—, creo que tendremos al bastardo del Bounty en la picota con tan solo conseguir que vuelva a casa.
—Aún es posible —sugirió Kent, también sonriente—. Por fin se están moviendo las cosas en la Oficina Colonial, amigo mío, y hay mucha presión para que sea destituido. Su sucesor en el gobierno de la colonia de Nueva Gales del Sur ya ha sido elegido y debería llegar a Sídney a finales de este año.
—¿Y quién es? —preguntó Porteous—. El nuevo gobernador, quiero decir.
—Un tal coronel Lachlan Macquarie, del Septuagésimo Tercero de infantería, del que no se sabe nada, salvo que viaja con su regimiento en una fragata de cincuenta cañones.
Es un veterano de la India —añadió William Kent—, oficial del Estado Mayor, pero eso es todo lo que he escuchado.
Ese hombre no era la primera elección del gobierno nacional.
El capitán Porteous se levantó pensativo.
—Al menos —dijo—, será difícil que resulte peor que su predecesor, ¿no es así, Willie?
No esperó la respuesta de William Kent. Salió del camarote y cerró la puerta con cuidado.