Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

La reacción del coronel Collins era predecible.

Furioso, culparía a Bligh de todo ese desgraciado asunto.

Era de esperar que redoblara sus esfuerzos para expulsar a su padre de su refugio en el estuario del Derwent y enviarlo de vuelta al mar, aunque el barco hacía agua y no estaba en condiciones de navegar.

Lo mandarían de vuelta a Inglaterra, tal vez, como deseaba toda la tripulación.

El Porpoise necesitaba ser puesto otra vez en condiciones de navegar, pero el gobierno lo permitiría solo con la condición de que el comandante abandonara el puerto tan pronto como las reparaciones estuvieran terminadas…

Y esa era una garantía que Bligh había prohibido dar al capitán Porteous.

Con la sensación de que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, Mary, en un intento de recuperar su acostumbrada compostura, se mordió el labio.

Había habido tantas traiciones, tantos actos de deslealtad antes y después de la rebelión de la guarnición militar…

Ya debería estar curtida, se reprochó a sí misma, cansada.

Cuando la lealtad de los oficiales del rey podía comprarse con regalos ilegales de tierras de la Corona, cuando el deseo de enriquecimiento personal se sobreponía a las exigencias del deber, ¿qué podía esperarse, salvo la traición que su padre había sufrido?

En voz baja y evitando la mirada preocupada y comprensiva del guardiamarina Tempest, dijo: —Supongo que todo habrá terminado para cuando lleguemos al barco.

—Sí, señora —aceptó él con gravedad—. Cuando bajaban mi lancha, los silbatos ya estaban llamando a los efectivos para que presenciaran el castigo.

Hubo un breve y tenso silencio que rompió un grito de alivio del proal: —¡Creo que la borrasca ha terminado, señor!

Richard Tempest se volvió y se hizo sombra a los ojos con su delgada mano morena. El velero había zarpado de nuevo y se estaba poniendo en marcha. Las nubes habían desaparecido de la cima plana y nevada del monte Table con la misma rapidez con que habían llegado.

Inclinó la cabeza.

—Creo que sí — remachó—. ¡Bien, muchachos, remos fuera! ¡Remad juntos! Con voluntad, ¡remad!

Mary se acurrucó en su capa y cerró los ojos. Sus pensamientos seguían volando por delante de ella hacia la lejana nave.

*

En la cintura del Porpoise, buque de Su Majestad, los sesenta oficiales y marineros estaban reunidos en un cuadrado hueco. Al oír la orden, se pusieron en rígida posición de firmes y se destocaron.

El tembloroso joven prisionero, cuyo castigo iba a presenciar la tropa, estaba de pie entre el maestro armero y el tamborilero de la marina, vestido solo con calzones de lona y un jersey a rayas.

El labio inferior le temblaba de manera notable.

Pero pocos de los hombres tenían para él una mirada de compasión o un murmullo de aliento.

Como oficial, el joven David Collins no había logrado ganarse su estima, y menos aún su compasión.

Casi todos consideraban que el castigo lo tenía bien merecido.

Nadie veía incongruencia alguna ni imaginaba propósitos siniestros detrás de ello.

Más bien, disfrutaban del inusual espectáculo: un joven bravucón y advenedizo iba a recibir las atenciones que ellos mismos recibirían si ofendieran la disciplina o la tradición naval.

En ese momento, él era uno de ellos, ya que le habían quitado sus privilegios de oficial y lo habían degradado a marinero ordinario, sin importar que su padre fuera el teniente gobernador de Hobart y un coronel de la Marina Real.

El comandante del Porpoise, el capitán John Porteous, hombre delgado y de mandíbula fina, se adelantó con el sombrero bajo el brazo para leer la acusación y citar el Artículo de Guerra correspondiente.

—Ha sido declarado culpable de los delitos que se le imputan, por lo que se lo condena a recibir veinticuatro latigazos y a ser expulsado del servicio de Su Majestad y de este barco —declaró con absoluta frialdad—. ¿Tiene algo que decir en su favor?

El chico se irguió. De pronto encontró fuerzas, si no coraje, para desafiar, y sus ojos oscuros ardieron de furia.

—¡Yo digo que no tienen derecho a azotarme!

¡Mi padre se lo hará pagar muy caro! Ya no les llegarán agua ni provisiones de contrabando desde la costa, porque yo le diré a mi padre lo que ustedes hacen y él le pondrá fin.

Tendrán que irse de aquí, y que les vaya bien.

Y… ¡espero que lo cuelguen por tirano cuando llegue a Inglaterra, señor Bligh!

Frunció los labios. Se volvió en un movimiento rápido y escupió en dirección al gobernador Bligh.

Este, como espectador silencioso, se hallaba en la banda de babor, un poco apartado del grupo de oficiales.

Cualquier otra cosa que el muchacho haya querido decir quedó interrumpida con brusquedad cuando un conmocionado maestro de armas le puso una gran mano en la boca, y no con suavidad.

En una sacudida, el maestro armero tiró de la cabeza del reo hacia atrás, lo que provocó que este trastabillara y cayera de rodillas.

—¡Cogedlo bien! —espetó el capitán Porteous.

Mientras la orden era obedecida, miró con disimulo al gobernador, pero la expresión del viejo no dejaba traslucir sus sentimientos. Era como si no hubiera puesto atención al arrebato de ira del chico, o bien, que, de haberlo oído, las amenazas le resultaran indiferentes.

Estaba ahí, tan solo presente, una figura fornida y de una dignidad innegable, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en la arbolada costa de la isla de Bruni.

William Bligh había entrado por primera vez en esta bahía en 1777, cuando comandaba el Resolution, uno de los navíos del capitán Cook, según recordaba Porteous.

Y había vuelto al mando del malhadado Bounty, once años más tarde…

Ese lugar debía de traerle muchos recuerdos.

Pero, aun así, su actitud era extraña, y su silencio, difícil de comprender.

Bligh no albergaba sentimientos hacia el desagradable crío del coronel Collins, y tampoco había cuestionado la sentencia, aunque él le habría puesto una menos dura.

Porteous frunció el ceño. ¿Qué había dicho tras el altercado en cubierta?

: «Este joven nunca llegará a ser un oficial.

No respeta la disciplina ni tiene el menor sentido del deber.

Expúlselo y envíelo de vuelta a su padre, capitán Porteous.

Y, cuando el chico comparezca ante usted, asegúrese de que lo errático de su comportamiento les quede claro tanto a él como a la compañía del barco».

Bueno, ya lo había hecho, reflexionó un sombrío John Porteous, aunque la sugerencia de castigarlo con el flagelo había venido de su antiguo segundo al mando, William Carlile Kent, todavía bajo arresto abierto, aunque confinado en su camarote por el comodoro Bligh.

¡Pobre Kent! Sus motivos eran evidentes; transparentes, inclusive.

Quería que el barco abandonara Hobart y zarpara rumbo a casa para poder presentar su caso ante un consejo de guerra.

Si lograba el objetivo dándole una azotaina al insolente mocoso del hijo del teniente gobernador, no habría un solo hombre, salvo el comodoro Bligh, que no se alegrara de la perspectiva.

Hacía tiempo que la tripulación estaba cansada de ver la bahía de la Aventura y el canal d’Entre-casteaux.

Estaban hartos de la existencia precaria que llevaban, de depender para su abastecimiento de los barcos que llegaban y cuyas bodegas, en nombre del rey, el comodoro los obligaba a saquear.

De hecho, el barco de Su Majestad, el Porpoise, su barco, estaba cometiendo actos de piratería para los que no había justificación alguna, y…

—¡Señor! —El contramaestre jefe estaba frente a él en posición de firmes. Había sacado de la bolsa roja de bayeta el gato, con sus nueve colas anudadas, colgando ominosas.— Dos docenas, ¿verdad, señor?

John Porteous se volvió a mirar al comodoro, pero Bligh le daba la espalda. Estaba apoyado en la barandilla, con los hombros un poco encorvados. Seguía contemplando absorto la línea de las olas que rompían en la lejana orilla.

—Dos docenas —confirmó el comandante del Porpoise —, bien dadas. ¡Cumple con tu deber, contramaestre!