Capítulo 1 #2
El guardiamarina Tempest se hizo eco de su sonrisa.
Esta era, pensó con admiración, una de las mujeres más valientes que había conocido.
Y, con su rostro pálido y ovalado y sus brillantes ojos azules, también una de las más hermosas.
Pero era, en gran medida, digna hija de su padre, poseedora a veces de un temperamento impetuoso y alarmante.
Él sabía que no debía presumir de la gentil condescendencia que había hecho posible la amistad entre los dos.
—Entonces —sugirió con timidez—, ¿no estará deseando reunirse con nosotros a bordo del Porpoise, señora?
—Dadas las circunstancias, no podría permanecer bajo el techo del coronel Collins ni una hora más —respondió Mary Putland con aspereza—.
Y le aseguro que no me arrepiento de haber dejado Hobart.
—Con un claro tono de voz, añadió—: Supongo que habrá oído que el último despacho del coronel Foveaux exige que mi padre sea arrestado.
—El teniente Lord me lo dijo cuando la esperaba en el muelle —confirmó Richard.
Se acercó más y se tapó la boca con las manos para que solo su pasajera, y no la tripulación de la lancha, pudiera oírlo por encima del embate del viento, un poco más apagado que antes—.
Me temo que nos esperan nuevos problemas, por cuenta del coronel Collins, cuando este se entere de lo de su hijo, señora.
—¿Su hijo? —Mary lo miró sorprendida. Al principio, pensó en la ruidosa prole de niños, los hijos de la amante convicta del coronel, cuyo alborotado comportamiento la había escandalizado con frecuencia durante su estancia en la Casa de Gobierno de Hobart; una casa, por cierto, con suelos de barro y corrientes de aire.
Entonces recordó a un muchacho de quince años.
Cuando las relaciones eran cordiales, el comodoro Bligh había aceptado al chico como guardiamarina a bordo del Porpoise.
El gesto había significado mucho para el teniente gobernador de Hobart, ella lo sabía bien, porque ese muchacho era la niña de sus ojos.
Incluso cuando Collins le había dicho a su padre, con fría formalidad, que ni a él ni a la compañía de su barco se les permitiría, en el futuro, pisar tierra, no había pedido excepciones para su hijo.
Más bien, había ofrecido una, la de la propia Mary.
Ella suspiró al recordar las palabras del coronel: «Comodoro Bligh, la señora Putland puede permanecer como mi huésped en Hobart todo el tiempo que desee —había dicho—.
A cambio confío, señor, en que tratará a mi hijo como a cualquier otro oficial bajo su mando.
Estoy ansioso de que haga carrera al servicio del rey».
—¿Se refiere al hijo mayor del coronel Collins, señor Tempest? —preguntó ella—. ¿El que se llama como él?, ¿el guardiamarina David Collins?
—Sí, a ese me refiero, señora, pero ya no es un guardiamarina.
Ha sido destituido, así que el coronel lo traerá de vuelta mañana por la mañana —respondió Richard Tempest con cortedad—.
El joven idiota se emborrachó como una cuba cuando acompañaba al grupo de abordaje a interceptar a un comerciante del que nosotros, eeeh…
, nos aprovisionamos. Nuestro joven señor Collins se abasteció él mismo, y parece que bebió mucho mientras cargaban su barco.
—¡Oh, vaya! —exclamó Mary, afligida—, qué tonto es.
Había visto suficiente de la disciplina naval para adivinar cuáles serían las consecuencias de semejante insensatez, sobre todo, si su padre había presenciado la caída en desgracia del muchacho.
Richard Tempest confirmó su infeliz presentimiento cuando añadió con desdén: —Aplastó dos remos y los rompió cuando puso el bote de costado.
El oficial de guardia lo reprendió por su insensatez y el chico se puso altanero.
Podríamos haberlo encubierto, señora Putland; de hecho, lo intentamos, aunque no por su bien, sino para evitar más fricciones con el coronel Collins.
Por desgracia —se encogió de hombros con resignación—, no pudimos.
Creo que ese bribonzuelo ocioso se estaba buscando los problemas.
No está hecho para el servicio y supongo que ya había tenido bastante.
Intentaba hacer lo que muchos hombres presionados intentan a veces: ganarse el billete de salida.
Mary asintió con la cabeza. Los hombres atrapados por la leva forzosa a menudo recurrían a medidas desesperadas para demostrar que no eran aptos para el servicio del rey.
Lo hacían con el anhelo de que, como resultado, serían dados de baja; con ignominia, de ser necesario.
Pero David Collins no era más que un muchacho, un chico de quince años aceptado para ser entrenado como oficial.
Para David, las condiciones eran mucho mejores que las que prevalecían en las cubiertas inferiores.
Así que, con el presentimiento de que había algo más, preguntó inquieta: —¿Qué más ha hecho?
Espero que no haya provocado el disgusto de Su Excelencia.
—Me temo que sí, señora —admitió con pesar Richard Tempest—.
El tonto se quedó dormido durante la guardia.
Su Excelencia estaba en el alcázar, con el capitán Porteous, y estuvo a punto de caerle encima.
Luego, lo crea usted o no, ¡tuvo la temeridad de ponerse a discutir con los dos!
Yo no estaba allí porque me tocaba la guardia de abajo, pero…
—Volvió a encogerse de hombros.— A los que estaban presentes los he oído decir que fue un intercambio bastante acalorado.
Su Excelencia, como usted sabe, señora, no es de los que aceptan la labia de un subalterno, y mucho menos de un guardiamarina voluntario, nombrado solo por hacerle un favor a su padre.
Eso es lo que me convenció de que el joven Collins estaba buscando líos a propósito.
Pero fue demasiado lejos. No creo que se imaginara en cuántos problemas se iba a meter.
Mary frunció el ceño. Estaba claro que la llamada urgente para que regresara al Porpoise, y por la que no había recibido ninguna explicación, tenía que derivarse de la decisión de prescindir de los servicios del joven David Collins.
Si la conjetura de Rick Tempest era cierta, la consecuencia se la había buscado el propio muchacho. No podía culparse a nadie más.
Empezó a decirlo, pero se interrumpió cuando, al volverse hacia el guardiamarina Tempest, vio que este negaba con la cabeza.
—Eso no es todo, señora Putland —advirtió.
—¿Que no es todo? Por el amor de Dios, señor Tempest, ¿qué más hay?
Él la miró con inquietud.
—Collins fue sentenciado a veinticuatro latigazos. El castigo iba a ser ejecutado esta misma mañana, así que me alegro de habérmelo perdido. Con mi quehacer en esta lancha, yo…
—¿Lo han azotado? —interrumpió Mary, que lo miraba con incredulidad—. ¡Ay, Dios mío!
Los oficiales de la Marina Real nunca eran azotados.
Tan brutal escarmiento estaba reservado para las cubiertas inferiores.
Si se consideraba que un joven caballero necesitaba un castigo corporal, le era aplicado por uno de sus superiores en la intimidad del camarote de guardiamarinas.
Se lo corregía con un bastón, no con el temido gato de nueve colas, que marcaba a un hombre de por vida.
Semejante trato, infligido a un hijo en quien había depositado tantas esperanzas, enfurecería al coronel Collins más allá de lo tolerable, pensó Mary.
Por primera vez, sintió que cuestionaba el juicio de su adorado padre.
En conciencia, la relación entre los dos hombres era bastante agria, pero esto…
Inhaló con brusquedad y preguntó, aún a muy baja voz: —Señor Tempest, ¿fue Su Excelencia quien pronunció el veredicto?
¿Fue él quien ordenó azotar al señor Collins?
—¡Oh, no, señora! —Richard Tempest negó con rotundidad.— Fue el capitán quien dio la orden.
Mary recordó que el teniente John Porteous, «capitán» por cortesía, pues gobernaba el Porpoise, siempre había sido culpable de deslealtad a la causa de su padre.
La administración rebelde de Sídney le había otorgado una importante concesión de tierras en el distrito de Bringelly, donde el hombre tenía la intención de establecerse.
Había regresado a su mando a regañadientes, después de que Bligh pusiera bajo arresto a su sucesor, el teniente Kent, por incumplimiento del deber.
Ambos habían sido culpables de lo mismo, pensó con resentimiento.
Durante los largos y agotadores meses en que ella y su padre habían permanecido bajo vigilancia en la Casa de Gobierno, el Porpoise había regresado a su fondeadero en la ensenada de Sídney, después de hacer recados en la isla de Norfolk para los rebeldes, de ir el río Coal y a la Tierra de Van Diemen.
Y, aunque Porteous y Kent habían tenido sobradas oportunidades para apoyar a su legítimo gobernador y liberarlo de su arresto, no habían hecho el menor intento.
Más bien, habían apoyado al mayor Johnston y al coronel Foveaux desde el principio.
Cenaban en el comedor del Cuerpo y abrazaban la hospitalidad de sus oficiales y de los Macarthur y…
Al recordarlo, Mary frunció el ceño. El capitán Porteous había aceptado incluso el nombramiento de magistrado que la administración rebelde le había ofrecido.
Se preguntaba, desde las profundidades de su propia desilusión, si ese hombre tendría algún motivo oculto para imponer una sentencia tan dura a un guardiamarina de quince años por el solo hecho de ser quien era: el hijo del teniente gobernador de Hobart.