Capítulo 1
—¡Fuera remos!, ¡todos juntos! —ordenó el guardiamarina.
Echó un vistazo a la pequeña guardia de marineros uniformados de escarlata y a la banda de convictos encadenados, que habían hecho una pausa en sus labores para presenciar la partida del barco.
Añadió con toda nitidez—: Recordad que venís de un barco del rey, muchachos: ¡todos a la vez!
Los remos chapoteaban en el agua del río destellante de sol, pero no al unísono. Los rostros de los cuatro marineros de la balandra de Su Majestad, el Porpoise, eran de gente hosca y resentida…, hombres carentes por completo de entusiasmo por su tarea.
—Lo siento, señora Putland —dijo el guardiamarina.
Hablaba en voz baja, consciente de que el comportamiento de la tripulación sería motivo de cierta angustia para su pasajera.
Al fin y al cabo, se trataba de la hija viuda de Su Excelencia el comodoro William Bligh, su actual comandante, gobernador depuesto de la colonia de Nueva Gales del Sur.
En un intento de mostrar su compasión por ella, Richard Tempest posó en sus dedos una mano tímida—.
Todos llevamos aquí demasiado tiempo, señora.
Es difícil mantener la moral de los hombres.
—Lo sé, señor Tempest —reconoció Mary Putland—, no es necesario que se disculpe conmigo.
Ella era consciente de los sentimientos de los marineros desde que subió al bote. Tras más de ocho meses de frustrante inacción, la mayor parte del tiempo anclados en la desembocadura del río Derwent y frente a la ciudad de Hobart, ella misma había estado a punto de compartir su resentimiento.
En esos momentos la sostenía solo la lealtad que profesaba a su padre.
Se quedó mirando, a popa, el grupo de cabañas y casitas de madera pintadas de blanco, apiñadas en desorden a lo largo de la costa, aferradas a las bajas colinas bajo la sombra de un nevado monte Table.
La residencia del teniente gobernador, el coronel David Collins, era tan primitiva como el resto y estaba igual de destartalada.
Mary se alegró de abandonarla, a pesar de la deslumbrante belleza natural del entorno y del placentero clima templado del que disfrutaba toda la Tierra de Van Diemen.
Para ella, Hobart sería siempre un lugar de exilio, una cárcel que solo al principio le había ofrecido cierta ilusión de libertad.
Y el coronel Collins, con su amante convicta de modales lascivos, siempre sería el enemigo, a pesar de la cortesía que había mostrado hacia ella en lo personal y de la hospitalidad que había insistido en ofrecerle.
No podía considerarlo de otro modo, ya que se había aliado con los rebeldes de Sídney, los mismos traidores que, el 26 de enero de 1808, habían marchado respaldados con trescientas bayonetas para arrestar y derrocar a su legítimo gobernador.
Mary se estremeció y se ciñó más la capa sobre los hombros.
Los recuerdos de aquel terrible día continuarían persiguiéndola hasta el día de su muerte, pensó con amargura.
La visión de las relucientes bayonetas, portadas por soldados al servicio del rey, con sus oficiales y sus estandartes a la cabeza, la había llenado de terror, pues la habían hecho temer por la vida de su padre.
Pero le habían perdonado la vida solo para someterlo a la infinitamente menos misericordiosa humillación del arresto domiciliario.
Habían erosionado su dignidad y lo habían abochornado hasta convertirlo en polvo.
Y así, cautivo, lo habían tenido durante un año mientras una sucesión de los oficiales al mando del regimiento gobernaban en su lugar.
Primero, el mayor Johnston, quien había encabezado la rebelión; luego, el coronel Foveaux, y, por último, el coronel Paterson.
Y no había llegado ninguna ayuda de Inglaterra; ni de la India, siquiera.
La lancha se alejó del muelle y se adentró en la corriente.
Rodeó las popas de dos balleneros anclados, en cuyas cubiertas, resbaladizas por la sangre y la grasa, las tripulaciones se afanaban en la descarga de las malolientes capturas.
Mary se llevó un pañuelo a la nariz hasta que el hedor se disipó.
Entonces volvió a sus pensamientos anteriores.
No era de extrañar, reflexionó, que cuando el coronel Foveaux le ofreció a su padre un barco del rey, con la condición de que embarcara de inmediato y pusiera rumbo a Inglaterra, el gobernador depuesto hubiera decidido, en cambio, ponerse al mando y navegar a Hobart.
A Hobart, en busca de ayuda y apoyo. Como gobernador general, con el nombramiento oficial de Su Majestad, y como el comandante en jefe que era, cualquier vicegobernador leal tendría que haberle prestado ayuda con solo pedírsela; y sin dudarlo, sobre todo en las circunstancias en que su padre había hecho la petición.
Sin embargo… La pequeña y firme boca de Mary se tensó. El coronel Collins se había negado.
Cierto, la acogida inicial había sido correcta, incluso cordial.
Collins había recibido con todos los honores al gobernador depuesto, había abierto su casa y su ciudad a su padre y sus oficiales, había permitido a los marineros bajar a tierra y había abastecido el barco de agua y provisiones.
Entonces llegaron cartas de la administración rebelde de Sídney, con demandas de Foveaux y acusaciones de Paterson que afirmaban que «el exgobernador», como tenían la osadía de referirse a su padre, había roto la promesa de volver a Inglaterra.
—Una promesa arrancada bajo coacción por rebeldes y amotinados —había declarado su padre— no puede considerarse válida ni vinculante. Hasta que el gobierno de Su Majestad me ordene renunciar a mi cargo y abandonar el territorio que me ha obligado a gobernar, no podré marcharme.
Y había emitido una proclama a tal efecto, pero el vicegobernador de Hobart, en lugar de publicarla, había hecho que las reconvenciones de la administración rebelde fueran leídas en la iglesia por el capellán, el reverendo Robert Knopwood.
Y esto… Con el recuerdo de esa infeliz ocasión, los ojos de Mary se llenaron de lágrimas.
Esto se había hecho cuando ella misma, junto con algunos de los oficiales del Porpoise, estaban presentes en el servicio divino.
Era como si, con toda intención, hubieran querido añadir un insulto más a las injurias.
A ello había seguido una rotunda y descortés negativa, por escrito, a seguir suministrando provisiones al barco de Su Majestad, el Porpoise.
—Disculpe, señora…
La voz del guardiamarina Tempest irrumpió en sus pensamientos.
Mary se volvió para mirarlo en muda pregunta, con los ojos aún empañados.
Como respuesta, él señaló a popa en dirección al monte Mesa, en torno a cuya cima había empezado a formarse una repentina masa de nubes.
Con el sol detrás, los bordes se teñían de un rojo dorado.
Mary Putland llevaba suficiente tiempo en el estuario del Derwent como para reconocer las señales de peligro y saber que, a menudo, esto preludiaba un viento fuerte y racheado procedente de la montaña.
Las ráfagas barrían hacia abajo y azotaban la lisa superficie del río hasta convertirla en un furioso borbotón de aguas agitadas por la tormenta.
Los temporales solían ser breves y localizados, pero, para una pequeña embarcación de remos, como en la que ella se encontraba ahora, el efecto podía ser desastroso.
—¿Nos dará tiempo de llegar al barco antes de que se desate la borrasca, Rick? —Llena de aprensión, se dirigió al joven oficial por su nombre de pila. A oídos de la tripulación, eso revelaba su ansiedad, así que corrigió a toda prisa—: ¿Señor Tempest?
Con los ojos entrecerrados, Richard Tempest estudió la lejana montaña de cresta ardiente y negó con la cabeza.
Era unos siete años más joven que ella, pero había estado en la mar desde la tierna edad de once años.
Mary sabía que su propio padre, cuyo nivel de exigencia era el más alto posible, lo consideraba un oficial competente y digno de confianza.
—El barco está en bahía de la Aventura, señora Putland —le dijo—, no en el canal.
Si usted no estuviera con nosotros, podríamos correr el riesgo, pero Su Excelencia me cortaría en tiras si algo le hiciera daño a usted.
—Bien decidido, ajustó el timón.— La cala Undermount está justo delante.
Nos detendremos allí y esperaremos a que pase el temporal, si no le importa el retraso, señora.
Es mejor estar seguro que arrepentido. Vamos, muchachos, remad —instó a su tripulación—. ¡Poned todo de vuestra parte!
Los marineros remaron con voluntad esta vez, olvidados de su anterior reticencia.
Para alivio de Mary, anclaron al abrigo de una pared de basalto curvada, de treinta pies de altura, y diez minutos después, la primera ráfaga de viento helado golpeó la amplia extensión de agua que tenían a popa.
Los dos balleneros que habían dejado atrás, en el puerto exterior, empezaron a sacudirse con violencia en sus amarras.
Una milla río abajo, más o menos, aunque visible con claridad para la gente de la lancha del Porpoise, una pequeña embarcación de pesca o caza de focas viró desde el sotavento de la tierra.
La incauta tripulación llevaba las velas desplegadas, así que escoró al venírsele encima toda la fuerza de la borrasca.
Cuando parecía a punto de zozobrar, los tripulantes consiguieron arriar velas y poner el bote de cara al viento.
El pequeño barco parecía de juguete a aquella distancia.
Empezó entonces a revolcarse sobre el oleaje azotado por el temporal, con una sola y temblorosa vela de proa.
Mary, que lo había estado observando con la misma tensión que sus compañeros, exhaló un suspiro de alivio.
—Ha tomado la decisión correcta, señor Tempest — reveló entre sonrisas—. A pesar de todo el tiempo que he pasado en la mar durante estos últimos años, confieso que no soy marinera y estas repentinas borrascas me dan miedo.