Prólogo #6
Mordiéndose el labio, Jessica abrió la puerta del todo.
No vio a nadie en el pasadizo poco iluminado.
Tenía que arriesgarse a huir de inmediato, lo más rápido posible, de vuelta a los sollados.
Que la descubrieran allí tendría consecuencias mucho peores.
Se recogió las faldas y echó a correr, pero tuvo que detenerse con urgencia delante de una figura alta, vestida de escarlata, que, habiendo girado hacia el pasadizo desde el otro extremo, le impedía escapar.
Se quedó pasmada, con los ojos muy abiertos por el miedo, mirando el rostro grave y serio del capitán Antill. Él, al reconocerla, esta vez sin vacilar, relajó su expresión.
—¡Jessica India! Demonios, ¡pens que habías desembarcado con el sargento mayor!
Ella lo miró con mudo desaliento. Luego, recuperada su voz, dijo en un susurro entrecortado: —No podía… ir con él, señor. No podía.
—No —concedió él con gentileza—, tal vez no podías.
Frunció las cejas rubias en un gesto pensativo. Luego, como después de haber tomado una decisión a regañadientes, abrió la puerta del camarote que tenía más cerca y le hizo un gesto para que entrara.
—Este es mi camarote, niña. Puedes quedarte aquí una hora más, hasta que hayamos levado anclas.
Guarda silencio —interrumpió el balbuceante agradecimiento de la chica—, por el bien de los dos.
No te he visto, y por Dios, no te estoy viendo.
Pero cuento contigo y confío en que volverás a tus aposentos una vez que nos pongamos en marcha.
Sin poder contener las lágrimas de gratitud, Jessica se lo prometió.
El joven capitán se detuvo en la puerta. De repente, sonreía.
—Haré lo que pueda por ti, India. La señora Macquarie necesita una segunda criada. Si yo te recomendara a ella, ¿estarías dispuesta a servirle?
Las lágrimas brotaron entonces sin que Jessica pudiera evitarlas.
—Sí, señor —sollozó—. ¡claro que sí!
A la mañana siguiente, con el Dromedary y la fragata Hindostan abriéndose paso por el Canal de la Mancha entre un vendaval, Jessica entró al servicio de la dama del pelo cobrizo y el bonete pasado de moda. Ni siquiera sabía cómo ponderar su buena fortuna.
*
Tras un viaje de más de dos meses sin incidentes, los barcos anclaron el 6 de agosto de 1809 en Río de Janeiro, donde se les unió el transporte Anne.
Mary Jones, la doncella de la señora Macquarie, renunció y fue desembarcada ahí mismo.
Por todas partes se decía que había decidido quedarse con un soldado del 73.
º, un hombre que había desertado poco después de que el Dromedary llegara a puerto.
Invitada a ocupar el puesto de Mary Jones, Jessica aceptó de buen grado. De pronto, por una extraña ironía del destino, se encontró como la legítima ocupante del camarote en el que, dos meses antes, había intentado esconderse de los oficiales.
Fue en Río donde oyó hablar por primera vez del gobernador depuesto de Nueva Gales del Sur y de la rebelión militar que, al parecer, había tenido lugar allí.
Mientras cepillaba el hermoso y brillante cabello de su ama —que, invitada por el príncipe regente de Portugal, se preparaba para asistir a la ópera en un acto oficial—, escuchó el relato.
Ella le habló acerca de dos visitantes procedentes del barco que había recalado en el puerto aquella mañana.
Por lo visto, habían ido a presentar sus respetos al nuevo gobernador.
—El caballero frágil y de pelo blanco era el doctor Jamieson, quien fuera médico general de la colonia.
Su corpulento compañero, el también médico John Harris, nos mostró bocetos de la espléndida casa que posee en Sídney.
Son una extraña pareja. Ricos, por lo visto, y dedicados al comercio aquí…
Los dos, según confesaron ellos mismos, se levantaron contra el exgobernador en la insurrección que dirigió el comandante militar, el mayor Johnston.
Elizabeth Macquarie hizo una pausa, con el ceño fruncido.
Jessica seguía cepillándola, así que el ama continuó, más para sí misma que para su atenta aunque silenciosa oyente: —Le explicaron al coronel Macquarie que el comodoro Bligh era un tirano cruel y que, para asegurar la supervivencia de la colonia, tenía que ser arrestado y depuesto.
También le dijeron que Bligh había roto su promesa de regresar a Inglaterra, cosa que ellos sí están cumpliendo, para que el asunto pueda ser investigado a fondo por el gobierno nacional.
Por lo que han dicho, el señor Bligh se ha llevado el barco del rey, en el que se le dio pasaje, no a Inglaterra, sino a la Tierra de Van Diemen, ¡donde permanece!
Y su hija, la señora Putland, está ahí con él.
Sonrió al espejo y se encontró con los ojos oscuros y desconcertados de Jessica.
—Pero la señora Putland, según todos los indicios, es una joven muy parecida a mí.
El doctor Harris ha dicho que, cuando las tropas marcharon armadas a la Casa de Gobierno con el propósito de arrestar a su padre, ella los recibió sola en la puerta, desafiándolos a entrar, ¡y con una sombrilla como única arma!
Jessica se hizo eco de la sonrisa de su ama, consciente de un sentimiento de admiración por la desconocida señora Putland.
—La joven debe de ser muy valiente, señora —aventuró.
Elizabeth Macquarie se echó a reír, con una risa cálida que expresaba un auténtico placer por la historia que acababa de contar.
—No eres la única que piensa así, Jessica India —afirmó—.
El coronel O’Connell quedó muy impresionado por la descripción que ambos caballeros hicieron de ella…
Y la señora Putland es viuda. Confieso que espero con impaciencia encontrarme con ella.
De hecho, estoy ansiosa por conocerla. Eso, por supuesto, si, cuando lleguemos, ella y el comodoro siguen en la colonia.
Menos ganas tengo de conocer al exgobernador si todo lo que hemos oído de él es cierto.
Estaba al mando del Bounty cuando la tripulación se amotinó.
Según el doctor Jamieson, durante su mandato en Nueva Gales del Sur se dedicó a perseguir sin piedad a uno de los ganaderos de ovejas más prósperos y con más éxito de la colonia, un tal señor John Macarthur.
Como si de repente fuera consciente de lo que la rodeaba y de su público, la esposa del nuevo gobernador hizo una suave mueca, se puso en pie y cogió el cepillo de la mano de Jessica.
—Me has cepillado de más, ¿verdad, niña?
—dijo condescendiente—. Pero no importa.
Me has hecho unos tirabuzones preciosos y tu mano es muy relajante.
De todos modos, el tiempo pasa y debo vestirme para la velada de esta noche.
No estaría bien hacer esperar a Su Alteza el príncipe regente y a su consorte, ¿verdad?
Aunque, a juzgar por su aspecto, el príncipe es un monstruo mucho peor que el comodoro Bligh…
, ¡y debe de pesar once arrobas, lo menos!
Pero, al igual que mi querido marido, Jessica, tengo un deber que cumplir.
Trae mi vestido de baile, por favor, niña, y ve si puedes atarlo con tanta habilidad como solía hacerlo la señora Jones.
—Sí, señora —respondió Jessica obediente—, lo haré lo mejor que pueda.
—Estoy segura de que harás lo mejor que puedas, Jessica India —afirmó Elizabeth Macquarie, con un tono cálido y de aprobación—. Y, ¿quién sabe?, ¡quizás he encontrado en ti un tesoro del que nunca querré prescindir!
—Eso espero, señora.
Jessica llevó el elegante vestido negro. Con las mejillas encendidas, lo descolgó cuidadosa de la percha.
En ese momento, se sentía más feliz de lo que había sido desde su más tierna infancia. Recordaba haber visto los expertos dedos de Mary Jones aplicar presión sobre los lazos del vestido, así que, con mucha decisión, puso manos a la obra.
Aún quedaba un largo camino hasta Port Jackson y la rebelde colonia de Nueva Gales del Sur…, y podría aprender, se dijo a sí misma.
—Está demasiado apretado —le reprochó su ama con gentileza.
Jessica aflojó el cordón insolente y volvió a empezar. En silencio, se juró que aprendería. Con la ayuda de Dios, aprendería…