Los exploradores (Los australianos 7) Prólogo #5
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Prólogo #5

Ella inclinó la cabeza en muda aquiescencia, aún con cuidado de evitar los ojos escrutadores, consciente de lo desconfiado que era él. En presencia de las otras mujeres y niños, no se atrevería a golpearla, así que extendió una mano y la cogió por el hombro en un doloroso agarre.

—¿Me has oído? —preguntó.

—Sí, lo he oído —murmuró Jessica. Había un vestido de su madre por doblar. Lo sostuvo en alto, como una barrera entre los dos y el rostro oculto detrás.

—Sí, padre. ¡Dilo, maldita moza!

Ella habló entre los pliegues del vestido y él la soltó. Luego, por suerte, Jessica oyó los pesados pasos alejarse. Cuando dejó caer el vestido, su madre estaba a un lado, con la cara blanca y sin aliento.

—Tendrás que esconderte bien, Jessie —le advirtió—. Dice que tendrá un hombre apostado en la plancha de embarque para asegurarse de que has abandonado el barco.

—Me esconderé —prometió Jessica, con la resolución fortalecida y el valor restaurado—. Me esconderé donde a nadie se le ocurra buscarme.

No tenía una idea clara de a dónde ir, de cuál sería su escondite.

Desde su salida de Yarmouth, a las familias solo se les había permitido subir a la cubierta expuesta en dos ocasiones.

Ella había escalado a trompicones, tras la estela de una turba de niños emocionados, y había prestado poca atención a las cubiertas que salvaba en el camino.

Pero, según recordaba, la esposa de un cabo había señalado con envidia una hilera de puertas de madera pintadas de blanco, dos cubiertas por encima de los sollados.

Ocupaban la mayor parte de la popa. La mujer había hecho algún comentario sobre los camarotes de los oficiales y las diferencias entre las comodidades de que ellos disfrutaban, comparadas con los aposentos de las familias.

Con suerte, moviéndose con cuidado, podría encontrarlos y…

La respiración de Jessica era rápida e irregular.

Estaba segura de que, si encontrara refugio en el camarote del capitán Antill, él no la obligaría a desembarcar.

El militar había visto los daños que su padrastro le había provocado.

Si ella le contara sus motivos y le suplicara compasión, él, al menos, la escucharía.

No obstante, había un riesgo: era un oficial y tenía un deber.

Sería más seguro, tal vez, encontrar un camarote vacío, si fuera posible. Y…

Su madre, que estaba ocupada en volver a empaquetar el baúl de madera, le hizo un gesto para que la ayudara a cerrarlo.

—Pronto vendrán para llevarse el equipaje pesado.

Debemos estar preparadas. —Cerraron el baúl y Elspeth se sentó en cuclillas.

Con un suspiro de alivio, se secó el sudor del rostro acalorado—.

Esta ha sido la parte más dura; el resto no nos llevará mucho tiempo.

He estado pensando que lo mejor será que vengas con nosotras tres a la plancha de embarque, Jessie, para que puedas responder cuando pasen lista; y también para que te vea el soldado que tengan allí destinado.

Entonces, cuando el soldado esté de espaldas, podrás volver y esconderte.

Estarás a salvo en el momento en que la última lancha se haya ido.

—Y añadió, con una sonrisita despojada de diversión—: Acuérdate de dejar aquí tu propio fardo, porque lo vas a necesitar.

Despidámonos ahora, mejor, antes de que nos llamen.

Jessica se fue con el resto en cuanto llegó la orden de reunirse en la plancha de embarque, un par de horas más tarde.

Después de haber pasado lista, la huida resultó mucho más fácil de lo que había previsto.

Dio un breve y subrepticio apretón a la mano de su madre y se escabulló, sin que nadie lo advirtiera, entre la confusa masa de cuarenta mujeres y niños que, junto con su equipaje, estaban siendo trasladados a los botes.

Nadie la riñó mientras subía de puntillas por la escalera desierta hasta la cubierta superior.

Se encontró entonces frente a las dos filas de puertas pintadas de blanco que se había marcado como objetivo.

Todas estaban cerradas. Los cuatro primeros camarotes, cuyas puertas abrió con cautela, mostraban signos evidentes de estar ocupados.

No el quinto. Ahí no había efectos personales.

Notó que el camarote estaba preparado para un solo pasajero.

Tras echar un rápido vistazo al pasillo para asegurarse de que nadie la estaba viendo, Jessica entró y cerró la puerta.

El corazón le latía con fuerza. Poco a poco recuperó la calma y miró a su alrededor.

Por primera vez, notó que el camarote tenía un ojo de buey a través del cual era posible ver la plancha de embarque.

Con el rostro apretado contra el cristal, vio alejarse por turnos tres lanchas, cada una con un cargamento de mujeres abatidas y niños emocionados.

Reconoció entonces a su madre, con Flora en las rodillas, y las lágrimas afloraron, amargas y angustiadas, Un momento después ya habían desaparecido, engullidas por la bruma azul del mar y el cielo, pero Jessie no se movió de donde estaba, temerosa de que alguien la descubriera.

El legítimo ocupante de uno de los camarotes vecinos podría oír sus pasos, pues entre uno y otro compartimiento solo había una delgada mampara de madera.

Pero nadie fue a disputarle la posesión de ese en el que se encontraba.

Tiempo después (ella no habría sabido decir cuánto), vio regresar dos de los botes, repletos de equipaje.

El del nuevo gobernador, supuso Jessica, y el de su séquito, pues había baúles de cuero y latón de la mejor calidad, así como sombrereras y maletas de uniforme.

Y… ¿no le había dicho su madre que el coronel Macquarie y su esposa embarcarían en Spithead?

Un tercer bote llevó más equipaje. Enseguida, las tres lanchas fueron izadas a bordo, en tanto que se bajaba una barcaza tripulada por marineros con chalecos a rayas y pantalones blancos de lona.

Sentados en la popa viajaban dos oficiales.

La lancha sería para el gobernador. Con tanto dorado encima, no podía ser para otra cosa.

A pesar del cansancio que la abrumaba cada vez más, Jessica se quedó esperando su regreso con ansias.

Llegó por fin, anunciada por el disparo de una pistola de señales.

Por encima de su cabeza, sobre los tablones de la cubierta, resonó el traqueteo de pies a la carrera.

Luego vinieron los gritos de órdenes y el retumbar de las armas al golpear el suelo: una guardia de honor, pensó, acostumbrada como estaba al ceremonial militar.

Era capaz de visualizar la escena que estaba teniendo lugar en el alcázar.

Más cerca del cristal de la portilla pudo distinguir la figura apenas encorvada de un oficial de pelo canoso.

Vestía una casaca escarlata con galones dorados y llevaba sobre la rodilla, un poco ladeado, un sombrero de oficial de campaña, cuyo plumero se agitaba alborotado por la creciente brisa de la costa.

Mirando la barcaza que se aproxima, Jessie supuso que ese hombre era el coronel Macquarie, el gobernador designado para la colonia de Nueva Gales del Sur.

El aspecto del coronel la tenía menos impresionada de lo que había supuesto.

Sentadas a ambos lados de él había dos damas, ambas envueltas en capas oscuras.

La que parecía mayor, de rostro redondo y sonriente, tenía tal vez poco más de cuarenta años.

De los confines del severo y práctico bonete que llevaba bien atado bajo la barbilla, escapaban algunos mechones de pelo cobrizo.

La más joven, unos cuantos años mayor que ella misma, a juicio de Jessica, era delgada y bonita.

En comparación con el bonete de su compañera, el de esta estaba a la última moda.

También había un caballero vestido de paisano, solo que con la cara vuelta.

De él, lo único interesante que pudo ver era que vestía un elaborado chaleco de filigrana.

Llevaba el pelo empolvado y recogido en una larga cola.

La barcaza se acercó y quedó, en parte, oculta por el costado del barco.

Pronto, un agudo chirrido de gaitas navales le anunció que el nuevo gobernador debía de estar a bordo, así que retrocedió.

En ese preciso momento, la venció el pánico y le hizo recordar la precariedad de su propia situación.

El camarote en el que se había refugiado era pequeño y estaba preparado para una sola persona.

Era evidente que el ocupante aún no iba a reclamarlo, pero estaba en la cubierta de oficiales y no cabía duda de que el futuro habitante, quizás un oficial de Estado Mayor o un ayuda de cámara o doncella al servicio del gobernador, aparecería pronto y le daría órdenes de desalojarlo.

Peor aún: quienquiera que fuera esa persona podría interrogarla y, enseguida, denunciarla al ayudante o al sargento de ordenanza y…

El corazón de Jessica se desplomó. Aún había tiempo de enviarla a tierra, pues el barco no había levado anclas.

Se dirigió a la puerta del camarote y la abrió con cuidado de no hacer ruido.

Desde el alcázar le llegó un coro de sonoros vítores.

Eran los hombres del regimiento que daban la bienvenida a su nuevo comandante.

Oyó entonces el ulular de las gaitas montañesas, que interpretaban una melodía que ella reconoció como The Red-Tartaned Army.

Los cumplidos a los recién llegados le darían un poco de tiempo, pensó, pero ¿sería suficiente para permitirle regresar a los sollados sin ser vista?

Y, en caso de que lograra regresar a tiempo, ¿podría estar segura de que ninguna de las mujeres la denunciaría?

Siempre había una o dos, incluidas las de su propia clase, que, por maldad, se empeñaban en causar problemas, pero…