Prólogo #4
—Este lugar es para sesenta personas, no para noventa —afirmó—. Y escucha a los niños… ¡Parece un manicomio!, ¡o un transporte de convictos! Y dicen que los hombres están peor que nosotras, que sus hamacas están separadas unas cuantas pulgadas. Con mal tiempo, esto será insoportable.
Jessica no dijo nada. Se sentía mareada y atormentada por el dolor, apenas capaz de concentrarse en lo que le decía su madre.
El chal se le cayó de los hombros cuando, incapaz de mantenerse en pie por más tiempo, se desplomó en la litera inferior, junto a Flora.
La pequeña, a quien por lo visto no perturbaban los gritos y llantos de los otros niños, dormía tan distante como lo había hecho en el carro de equipajes.
Elspeth volvió a percatarse de cuán grave había sido la atroz paliza que había sufrido su hija mayor y, de inmediato, sintió una aguda contrición.
Le dijo a Janet que fuera a quedarse con Morag Macrae hasta que la llamara de nuevo.
Cuando la niña se hubo marchado, Elspeth subió a la dormida Flora a la litera superior y fue en busca de agua.
Regresó con un cuenco lleno y un ungüento calmante que alguien le había prestado.
Se puso a trabajar con pericia. Mientras limpiaba y vendaba los cortes y magulladuras de Jessica, descubría la profundidad de las heridas y chasqueaba la lengua de angustia.
—No tenía derecho a tratarte así —exclamó indignada—. Y tengo ganas de denunciarlo, de verdad. No mide su propia fuerza.
—Si lo denunciaras, nunca te lo perdonaría —objetó Jessica—. Y no le harán nada. Él les dirá que me lo tenía merecido y, como mucho, recibirá una amonestación. Ya sabes cómo son los oficiales, mamá.
El capitán Antill no era así, pensó, pero ni siquiera él se atrevería a interferir en lo que se consideraría un asunto familiar.
Elspeth se limpió el ungüento sobrante de las yemas de sus dedos temblorosos.
—He hecho lo mejor que he podido —dijo—. La verdad es que debería llamar al médico para que te vea.
—¡No! —La negativa de Jessica fue rotunda.— Por favor, no, mamá. Ahora me siento mejor. Que esto quede entre nosotras.
—Muy bien —concedió su madre. Se incorporó, con la obstinación reflejada en el delgado rostro y el frasco de ungüento aún abierto—.
Yo también tengo algunos moratones que curarme.
Pero quédate donde estás, querida niña, y duerme todo el tiempo que puedas.
Los niños llorones estarán pronto en sus literas y quizá nos den un poco de paz.
El Hindostan y el Dromedary zarparon hacia Spithead a la mañana siguiente.
Tras un breve retraso causado por el choque del Dromedary con un banco de arena frente a Old Castle Point, fondearon a unas cuatro millas de la ciudad de Portsmouth.
Allí permanecieron durante una semana, con muchas idas y venidas entre la fragata Hindostan y la costa, pero poca actividad por parte de los oficiales civiles del Dromedary.
Hacía calor y no corría el aire en los aposentos de las familias, además de que el hacinamiento era motivo de quejas interminables.
Jessica durmió durante la mayor parte de la fatigosa espera, indiferente tanto al calor como al ruido, pero poco a poco fue recuperando las fuerzas.
Las magulladuras empezaron a desaparecer.
Una visita del mandamás del barco, el capitán Pritchard, asistido por varios de sus propios oficiales, así como de oficiales del regimiento, dio como resultado que se montara un artilugio de lona.
El mecanismo debía canalizar el aire fresco de la cubierta superior hacia las profundidades de los sollados.
Sin embargo, no sirvió de mucho para dispersar los aires fétidos ni para domar el calor y el humo que emanaban de la cocina.
A medida que los niños se volvían más irritables, las quejas de las mujeres se redoblaban.
El 19 de mayo, el Dromedary levó anclas y puso rumbo a Saint Helens.
Se corrió la voz de que el nuevo gobernador y su séquito subirían a bordo ese mismo día y de que su llegada estaba prevista para las cinco de la tarde.
Por la mañana, el ayudante del 73.º, flanqueado por el sargento mayor del regimiento, el sargento de ordenanza y dos oficinistas, hizo su aparición en el camarote de las mujeres.
—Reúnanse —dijo oficioso—. Tengo que anunciarles algo que concierne a todas. Ha habido quejas de hacinamiento a bordo de este barco, y…
Fue interrumpido por un coro de voces indignadas. Las madres, iracundas hasta la estridencia, reiteraban sus quejas.
Con toda frialdad, él levantó una mano para pedir silencio.
La algarabía cesó e hizo su anuncio: —Las condiciones han sido investigadas y se ha visto que las objeciones están justificadas.
Por lo tanto, el coronel O’Connell me ha ordenado informarlas de que vamos a trasladar a treinta soldados rasos al buque Hindostan de Su Majestad.
Además, serán desembarcados y alojados en Portsmouth dos oficiales, otros cincuenta soldados rasos y cuarenta mujeres y niños.
Ahí permanecerán hasta que puedan ser embarcados en un transporte de convictos que tenga como destino la colonia de Nueva Gales del Sur.
Se leerán los nombres de aquellas que acompañarán a sus maridos a tierra.
Las lanchas del barco comenzarán a descargarlas dentro de dos horas.
Hizo un gesto a uno de los empleados. Este carraspeó nervioso y empezó a leer. El primer nombre de la lista era el de la madre de Jessica. La chica ahogó un sollozo de solo oírlo.
—Elspeth Campbell, esposa del sargento mayor de compañía Duncan Campbell, de la Cuarta Compañía, y tres hijas… —La voz seguía zumbando, pero Jessica ya no escuchaba. Agarró la mano de su madre, entre espasmos, y susurró, agitada: —¡Ay, mamá, mamá! ¡Debemos irnos con él!
—Yo debo ir con las niñas, ya lo sabes. Pero tú…
—Elspeth vaciló y frunció las cejas, preocupada.
El ayudante volvía a dirigirse a las mujeres reunidas y les daba instrucciones sobre dónde dejar su equipaje y esperar las lanchas que las llevarían a tierra.
Fuera del alcance de los oídos del resto, dijo con urgencia—: Los hombres irán primero y, con ellos, tu padrastro.
No podrá venir a buscarte, Jessie, en caso de que quieras quedarte a bordo.
—Tendría que esconderme otra vez, mamá —susurró Jessica insegura. Las lágrimas le escocían en la garganta mientras la chica visualizaba las probables consecuencias que vendrían con la orden de abandonar la nave—. La tomará contigo cuando descubra que no he bajado. Él…
—Eso no importa, muchacha —dijo Elspeth con brusquedad—.
Te irás, y el barco también, si es que tienes el valor de viajar sola.
La señora Macrae estará aquí. Si se lo pido, cuidará de ti.
Te irás a una tierra nueva, con amigos, no con extraños, porque todas estas mujeres te conocen bien.
Sin duda, es preferible a lo que tendrías que afrontar quedándote en Yarmouth, cuando el regimiento ya se haya marchado, ¿no es así? Aquí estarías sola de verdad, Jessie.
Eso era cierto, pensó Jessica, pero seguía aferrada a la mano de su madre. El dolor y el miedo de la separación la atormentaban de nuevo.
—No quiero dejarte, mamá —consiguió decir con la voz entrecortada.
—Estabas a punto de dejarme cuando te encontré escondida en el armario —le recordó su madre.
Sus dedos apretaron la pequeña mano de la joven—.
Además, no será una larga despedida, querida muchacha.
Te seguiremos en cuanto haya un barco. Tú…
—Se interrumpió cuando el ayudante y sus compañeros, terminados sus asuntos, echaron a andar hacia la cubierta superior.
Al pie de la escalerilla, el sargento mayor del regimiento, un hombre voluminoso, cuyos gruesos bigotes negros adornaban una tez morena, rugió para recordarles que las lanchas estarían listas para zarpar dentro de dos horas.
—Aseguraos de estar preparadas —les advirtió—, porque no os esperarán. Y vuestros maridos se habrán ido antes que vosotras.
—¿Lo has oído? —preguntó Elspeth.
—Sí, mamá, lo he oído —reconoció Jessica.
Su corazón se aceleró. Sabía que el viaje al puerto Jackson duraría más de seis meses.
Liberarse de la desagradable compañía de su padrastro durante seis meses era una perspectiva tentadora.
Sus dientes se cerraron con ferocidad sobre su labio inferior, en un vano intento de calmar los temblores—.
Iré a buscar un lugar donde esconderme —dijo—, si estás segura, mamá. Si tú…
—¡Silencio! —susurró la madre, cortándola en seco—. Aquí viene. Ve y que todo el mundo te vea recogiendo nuestras cosas. Déjame hablar con él.
Jessica obedeció. Luego, cuando vio la alta figura de su padrastro avanzar a grandes zancadas hacia donde su madre lo esperaba, la venció el pánico.
Tuvo que luchar contra el impulso instintivo de echar a correr…
a cualquier parte, siempre que fuera lejos de él.
De algún modo, consiguió controlarse. Con los ojos bajos, siguió metiendo en el baúl de madera de su madre, al azar, chales y vestidos junto con la ropa de los niños.
Sentada en la litera inferior, la pequeña Flora la observaba perpleja en un silencio somnoliento.
No se había percatado de la llegada de su padre.
Pero Janet sí que lo vio, y corrió hacia él ansiosa con los brazos extendidos.
La expresión de Duncan Campbell se relajó.
Radiante, el hombrón alzó a la niña en el aire y la estrechó en un cálido abrazo.
Era la imagen misma de un padre cariñoso con su hija.
Jessica volvió a bajar la mirada y siguió empacando, llena de amargos resentimientos. Cuando él llevó a Janet de vuelta a la litera, ella ni siquiera levantó la vista. Temía encontrarse con la mirada de su padrastro y traicionarse a sí misma.
—Tu madre dice que has aprendido la lección, Jessie. Que así sea o habrá problemas. Me marcho con mis hombres. Asegúrate de llegar a la lancha a tiempo.